Planeta Ideal.

Capitulo 1

El planeta Ramhl.

¿Alguna vez has imaginado un mundo perfecto?
Yo sí. Un lugar libre de la densa niebla de la contaminación, del veneno de la corrupción, de delincuentes y de guerras. Un mundo sin el peso de los gobiernos, sin la asfixia del estrés y sin el miedo al bullying en las aulas o los talleres. Imagina un sitio donde cada persona despierta para realizar el trabajo de sus sueños, donde ninguna profesión es más valorada que otra, donde los bolsillos cargan la misma cantidad de dinero y las familias habitan hogares idénticos. Aquí no existen las clases sociales, las diferencias de piel, las básculas que juzgan el peso ni los crueles estándares de belleza. Es un mundo diseñado con un único propósito: ser feliz.
Muchos pensarán que un lugar así es una hermosa locura de ciencia ficción. Sorprendentemente, ese sitio respira. Es el planeta Ramhl, y te invito a caminar por sus calles.

Ruc
La luz dorada del sol se filtró por las persianas, dibujando líneas perfectas sobre el suelo de mi habitación. Me levanté sin prisa, contagiado por la calma matutina, y comencé a guardar mis libros en el bolso, asegurándome de que cada lomo encajara con simetría.
Al cruzar el umbral hacia la cocina, el aroma del desayuno me dio la bienvenida: el olor terroso del brócoli al vapor mezclado con el dulzor de la mermelada de frambuesa, huevos revueltos y rebanadas de pan perfectamente tostadas. Mis padres ya estaban sentados. Tomé una de las sillas libres al azar —en Ramhl no existen los lugares asignados ni las jerarquías en la mesa— mientras mamá llamaba a Herc hacia el comedor.
Mi hermano apareció arrastrando los pies, con los ojos entrecerrados por el sueño; seguro se había quedado leyendo hasta la madrugada. Lejos de reprenderlo, mis padres le sonrieron con calidez y le indicaron su asiento. En cuanto se acomodó, la mano de Herc se estiró sigilosamente hacia mi plato para robar un trozo de pan. Sonreí de lado y le acerqué el plato; en nuestro planeta, el amor se mide en porciones compartidas. Desde que nacemos, nos inculcan que el desapego es la mayor virtud, y es algo que nos sobra. Jamás he conocido a un ramiano mezquino. Somos una sociedad de mentes tranquilas que avanzan al mismo compás.
—Miren la hora —advirtió mamá, señalando el cronómetro de la pared—. El solabus llegará en cinco minutos exactos. Vayan a esperar.
Herc y yo salimos al vestíbulo de nuestro edificio de color crema, idéntico en estructura y tono a los que se alineaban a lo largo de la avenida. En cada bloque habitaban complejos diseñados para cuatro personas: la estructura familiar perfecta de una madre, un padre y dos hijos. En la planta baja, varios jóvenes ya utilizaban las máquinas de resistencia y las piscinas climatizadas, fortaleciendo sus cuerpos en un silencio armonioso.
Más allá de los límites del vecindario, donde los edificios cedían su lugar a los árboles perfectos del bosque, se alcanzaba a ver la silueta de la casa de aprendizaje. Allí, además de las matemáticas y la escritura, recibíamos la materia que se había convertido en mi obsesión: idiomas antiguos. Nos enseñaban lenguas muertas como el español, el inglés, el francés y el mandarín. En la clase de Universal nos explicaban, de forma muy superficial, que aún existían planetas distantes donde esos dialectos seguían vivos. Los profesores nunca ahondaban en los detalles de esos mundos, dejándolos como un misterio lejano, pero sabíamos que estaban ahí fuera.
A veces, nuestros viajeros galácticos cruzaban el cosmos para traer recursos de esos lugares. El año pasado regresaron con el Azulen, una planta de destellos azulados cuyas hojas curaban cualquier herida al tacto. El problema era que el suelo de Ramhl parecía rechazarla; los jardineros sudaban intentando emular su ecosistema nativo sin éxito.
En dos años se abriría una nueva convocatoria para un viaje galáctico. El destino final todavía era un secreto celosamente guardado en los laboratorios de investigación, pero una certeza me aceleraba el pulso: para entonces yo tendría veintitrés años. La edad de la transición. La edad en la que puedes alistarte como tripulante y, además, el momento exacto en el que el sistema te presenta a tu pareja eterna.

El próximo viaje galáctico zarpará en dos años. Nadie sabe aún qué planeta nos aguarda en los mapas estelares, pero hay una certeza que me acelera el pulso: para ese entonces habré cumplido los veintitrés. En Ramhl, esa es la edad frontera donde el destino se consolida en dos hitos irrevocables: te vuelves elegible para abordar las naves exploradoras y, finalmente, conoces a tu pareja eterna.

—Ruc, ¿quién crees que sea tu otra mitad? —La pregunta de Herc rompió el silencio de la espera. Miró hacia el horizonte de la estación; al solabús le restaban cinco minutos para llegar y él solo buscaba un anzuelo para matar el tiempo.

—No lo sé. Me lo pregunto cada noche —admití, apartando la mirada. Es de las pocas incertidumbres que logran robarme el sueño.

En nuestro mundo, el azar no existe. Ramhl opera bajo una simetría matemática perfecta: existimos exactamente la misma cantidad de hombres y de mujeres, y cada ciclo registramos el mismo número de nacimientos. Todo está calculado para que, al alcanzar los veintitrés, las piezas encajen y no quede un solo ramiano en soledad. La vida sigue un guion predecible: a los veintisiete engendramos al primer hijo; a los treinta y dos, al segundo. Tu pareja destinada no es solo un romance, es tu espejo. Comparten la misma estructura de pensamiento, los mismos refugios y casi siempre, la vocación. Mis padres son el vivo ejemplo: ambos son historiadores galácticos en el Centro de Información Alienígena. Pasan los días desenterrando la verdad de especies remotas a través de datos puros y verificados, registros que los viajeros galácticos rescatan del vacío del espacio.

—Ruc —una voz familiar interrumpió mis pensamientos.
Era Azela. Ella es mi mejor compañera. Compartimos las extenuantes sesiones de condición física, las aulas de historia, los laboratorios de investigación universal y el descifrado de lenguas antiguas. Nuestra historia comenzó a los doce años, la edad exacta en que nos integrarnos a la colmena escolar.




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