Dos años después.
Ruc.
Hoy es el gran día. Al fin conoceré a mi pareja; es probable que sea un compañero de mi propia casa de aprendizaje, aunque la llamada de la sincronía también podría arrastrarme hacia un desconocido de otro sector. El planeta Ramhl funciona con la precisión de un reloj: diez millones de habitantes, de los cuales seis millones son adultos perfectamente emparejados. Los cuatro millones restantes somos jóvenes de entre uno y 23 años, distribuidos en cinco mil casas de estudio. Hoy, cada ramiano que comparte mi edad se reúne en el centro de convivencia.
El proceso es un ritual mecánico. Introducimos en la máquina nuestra vocación, comida, deporte, color y libro favoritos. Aquellos que obtienen el mayor número de coincidencias simétricas son arrojados a una habitación en penumbra. Allí, despojados de la vista, es el tacto el que dicta la sentencia definitiva.
Papá y mamá siempre me hablaron de ese instante como una colisión inexplicable. Una corriente fascinante que te recorre la piel. Nunca encontraron las palabras exactas para describirla, pero les bastaba con mirarse a los ojos para que yo entendiera su peso. Aquí lo llamamos «la necesidad del otro». Una gravedad de la que nadie escapa.
Hasta hoy.
Cuando llega mi turno frente a la máquina de selección, la pantalla parpadea con la primera pregunta y, de pronto, mi mente se queda en blanco. El pecho me oprime con una pesadez extraña, un vacío frío que nadie más parece compartir. A mi alrededor, el aire vibra con risas y murmullos ansiosos; todos lucen radiantes, como si este fuera un día cualquiera en la coreografía de Ramhl. Soy la única pieza defectuosa en el engranaje, atrapada en una emoción abstracta que no sé cómo nombrar porque el diccionario de nuestro planeta no la contempla.
Azela resplandece a mi lado mientras avanza el emparejamiento. Poco después, nos separan en habitaciones distintas. Eso ya es el primer error: siendo mejores amigas, jurábamos que compartiríamos los mismos gustos exactos.
La oscuridad de la sala de emparejamiento es absoluta. Espero. Una mano me toca el hombro y se retira de golpe, con una brusquedad violenta, como si mi piel quemara. Otra palma roza mis dedos y retrocede con la misma repulsión. Mi cabeza empieza a dar vueltas en el vacío. El tiempo se dilata y la habitación se va quedando en un silencio sepulcral. Me he quedado sola. «Seguro se han equivocado de sector», me consuelo en un susurro.
Pero en Ramhl las máquinas no fallan. Bueno... siempre hay una primera vez para el caos.
Al salir al vestíbulo, la realidad me golpea de frente. La multitud es un mar de abrazos y miradas cómplices. Azela ya está besando a un chico; sé que pertenece a otra casa de aprendizaje por el color de su uniforme, el único rasgo de individualidad textil que nos permiten.
Al verme aparecer en solitario, el entusiasmo de su rostro se apaga.
—¿Qué pasa? ¿Dónde está tu pareja?
—Eso quisiera saber yo.
Antes de que pueda procesar mi propia respuesta, una silueta irrumpe entre la multitud. Es un administrador de alto rango. Viste el imponente traje de gala verde viejo, con la chaqueta abotonada rígidamente hasta el mentón. Su presencia aquí es el sinónimo universal de una mala noticia.
—Ruc —su voz es un corte seco. Dobla los dedos de su mano derecha, dejando erguidos únicamente el índice y el medio, y los presiona contra mi frente en el saludo tradicional. Devuelvo el gesto de manera automática, con el cuerpo entumecido—. La administradora Guhea solicita tu presencia inmediata en su oficina.
El aire se me escapa. ¿La administradora Guhea? Es la ramiana más antigua de nuestro mundo, una figura mitológica que vive recluida, entregada por entero a la ingeniería social, los experimentos biológicos y los viajes interespaciales. ¿Qué interés podría tener en una estudiante promedio?
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Editado: 21.07.2026