Planeta Ideal.

Capitulo 3

Sigo los pasos del administrador sin oponerme. Los pasillos de la instalación parecen encogerse a nuestro paso, asfixiándome. Las oficinas son subterráneas, excavadas en las profundidades del planeta, lo que convierte el descenso en una lenta cuenta regresiva. Cuando las puertas de la oficina principal se deslizan, el silencio es absoluto.
—Ruc.
—Administradora Guhea —pronuncio, forzando mis dedos a replicar el saludo en su frente—. ¿He cometido alguna falta?
—Tranquila, mi ramiana. Tu expediente está limpio —su voz es pausada, casi clínica. Me indica un asiento de metal con un leve gesto—. He ensayado esta conversación durante 23 años. No sabía a quién iría dirigida, pero intentaré ser lo más clara posible para no alarmarte.
—¿Alarmarme? ¿Qué significa ese término?
Guhea suspira y se da un leve golpe en la frente, un ademán arcaico y ajeno que me obliga a clavar la mirada en ella.
—Veo que los módulos de psicología humana siguen siendo deficientes —esboza una sonrisa cansada que le arruga las comisuras de los ojos—. Ordenaré que actualicen el plan de estudio mañana mismo. Pero hoy, el tiempo nos apremia. Debo contarte una historia que te pertenece.
—La escucho.
—Hace 23 años, en el gran ciclo de nacimientos, la natalidad de Ramhl fue matemáticamente perfecta, como siempre: el mismo número de varones y mujeres.—hace una pausa densa, y un nudo helado se me instala en el estómago—. Sin embargo, uno de los neonatos falleció esa misma noche. Me temo, Ruc, que ese bebé era tu contraparte. Tu pareja destinada.
El impacto me empuja contra el respaldo de la silla. Las palabras rebotan en las paredes de mi cráneo. Mi pareja murió. Mi pareja está muerta. Mi pareja nunca existió.
—Lo lamento profundamente —continúa Guhea, rompiendo el silencio—. El protocolo de cuidado era impecable; simplemente... su sistema colapsó.
—¿Por qué se nos ocultó algo así? —mi voz suena extraña, desprovista de su tono habitual.
—El pánico social. Decidimos esperar al día del emparejamiento. Sé perfectamente cómo te sientes, Ruc. Eres una anomalía, la primera ramiana biológicamente solitaria de la historia. Pero el Consejo se encargará de ti. Compensaremos tu pérdida con otros recursos...
—Usted no sabe cómo me siento —la interrumpo, y la audacia de mis propias palabras me asusta. Mis emociones se han derrumbado en un abismo negro. No hay dolor, hay un vacío absoluto—. Toda nuestra existencia está diseñada alrededor de este día. Nos programan para buscar «la necesidad del otro». Ahora, nunca sabré qué significa. Nadie me mirará con la devoción con la que mi padre mira a mi madre. Nunca cuidaré de la vida de alguien, ni nadie se preocupará por la mía. Estoy fuera del diseño.
Guhea se inclina hacia adelante, adoptando una postura protectora.
—Ser diferente no es un error de fábrica, Ruc. Hay horizontes más amplios fuera de Ramhl. Si vieras las dinámicas de los planetas exteriores que he visitado, entenderías que tu condición no es una desdicha.
—Sigue usando palabras que no comprendo. No sé qué es la «desdicha». Con su permiso, debo retirarme.
Me pongo en pie antes de que pueda autorizarlo y abandono el búnker subterráneo a marchas forzadas. Siento una presión física en el centro del pecho; el corazón me late con una violencia irregular. Asustada por el síntoma, desvío mis pasos hacia el bloque de sanidad. Jamás he ingresado a este edificio sin una cita previa programada por el sistema. Mi evaluación biológica familiar estaba fechada para dentro de dos semanas... una revisión que se suponía que haría del brazo de una pareja que hoy es polvo.
En mi mente florece un pensamiento oscuro, un impulso egoísta que jamás había experimentado: desearía que el destino se hubiera ensañado con otra persona. Desearía que otra ramiana estuviera en mi lugar para yo tener lo que me corresponde. La mezquindad de mi propio cerebro me aterra.
Al cruzar el umbral del ala médica, el curador de turno levanta la vista del escáner, desconcertado.
—Ruc. Es inusual tenerte aquí en un día de celebración. ¿Sufres algún contratiempo?
—Me duele el pecho —confieso, sentándome en el diván de diagnóstico. Él aproxima el sensor cuántico a mi caja torácica.
—Las lecturas de presión son estables, pero el ritmo está alterado... —el curador se detiene, frunciendo el ceño mientras observa los monitores—. ¿Dónde está tu contraparte? ¿Por qué no te acompaña en el registro?
El pánico me muerde la garganta. ¿Debería revelar la verdad? Aquello pertenecía al submundo confidencial de las oficinas de Guhea. Pero el curador no aparta sus ojos de los míos; hay una chispa de comprensión en su mirada.
—¿Eres tú...? —pregunta en un susurro—. ¿La ramiana sin pareja de la que hablaba el informe médico confidencial?
El aire se vuelve de hielo.
—¿Usted... ya lo sabía?




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