Ruc.
Vuelvo a mi lugar seguro. En la entrada, la postura rígida de mis padres delata que ya lo saben todo; la noticia de mi fracaso debió viajar más rápido que mi propio regreso. Ambos me rodean en un abrazo, sus manos juegan con mi cabello y sus bocas emiten susurros automáticos, asegurándome que todo estará bien. No les creo.
De pronto, pierdo una fracción de mis horas. Una brecha negra en mi memoria me transporta directamente a mi cama. Despierto con la mirada fija en el techo, sin registrar el trayecto. Deduzco que mis padres tuvieron que cargar mi cuerpo inerte hasta aquí.
—La administradora nos contó lo que ocurrió —dice mi madre desde el umbral.
Su rostro presenta una contracción involuntaria de los músculos faciales y un descenso evidente en su brillo natural. Es una expresión rara que estudié hace unos años en el tercer ciclo de comportamiento biológico: se llama tristeza. El manual la definía como un mecanismo de respuesta ante la pérdida, pero verla en los ojos de mi madre la hace ver mucho menos científica y mucho más dolorosa.
—No sé qué palabras debo usar en este momento —admite, con la voz quebrada—. Se suponía que volverías con una pareja.
Yo tampoco sé cómo explicarle lo que siento. Es imposible narrar emociones para las que mi vocabulario no tiene etiquetas; no puedo nombrar lo que nunca antes había existido en mi sistema.
—La administradora vendrá mañana —continúa ella, buscando un consuelo que no existe—. Creo que te compensarán de alguna manera.
¿Y qué clase de compensación física cubre una ausencia biológica? ¿Me van a construir un ramiano artificial que simule la frecuencia de mi pareja perdida? ¿Le ordenarán a otra ramiana que me comparta al suyo? Nada funcionaría. En Ramhl la lealtad no es una elección moral, es un diseño genético: todos tienen ojos y corazón únicamente para su alma gemela.
...
Normalmente estoy rebosante de energía. En mis ciclos de vida jamás me había levantado con el deseo de volver a las cobijas y apagar mi conciencia por el resto del día, ni siquiera cuando la temperatura ambiental baja a -1 °C. Pero hoy mi cuerpo pesa el doble.
La visita de Guhea rompe mi letargo con una notificación oficial: fui seleccionada para una misión expedicionaria a un planeta llamado Tierra. Viajaremos once ramianos en total: cinco parejas estables y yo. Es la famosa compensación de la administración; no lo admiten en el reporte, pero la culpa de su burocracia se lee entre líneas. A pesar del vacío en mi pecho, la perspectiva de la Tierra enciende un remanente de energía en mis circuitos; mi corazón da un vuelco cada vez que reviso las coordenadas del viaje.
Las clases de preparación se intensifican antes del despegue. Los archivos oficiales sobre nuestro destino son alarmantemente escasos: solo registran que su población es de 8300 millones de habitantes, una cifra irracionalmente colosal y densa para un planeta tan pequeño. Ramhl es doce veces más grande que la Tierra y nuestra densidad poblacional es apenas una fracción de la suya.
Los datos comparativos se memorizan rápido en mi cabeza:
El tiempo: Un año terrestre dura 365 días, mientras que el nuestro se extiende a 500.
El entorno: Su gravedad es menos intensa, la flora es hiperactiva y su fauna comparte estructuras morfológicas compatibles con las de Ramhl.
La directriz de la administradora es estricta: camuflaje absoluto. Los humanos ignoran la existencia de vida exterior y un contacto abrupto alteraría su frágil equilibrio social. Viviremos como ellos, nos mezclaremos en sus ciudades y, a cambio de nuestra ayuda discreta en el desarrollo de su tecnología, extraeremos los recursos que nuestro planeta necesita.
...
Llevamos dos meses navegando en el vacío y la convivencia dentro de la nave se ha vuelto claustrofóbica. Mi equipo está conformado por Azela y Kos, Tali con Maro, Dansy con Oslo, Barty con Kilio, además de Zuna y Thed. Cinco parejas perfectas. Y yo.
Las paredes de metal de la nave no aíslan los susurros ni las risas compartidas. En el comedor, las mesas están diseñadas para dos; me he acostumbrado a sentarme frente a una silla vacía, ignorando las miradas de sutil lástima de los demás. Mientras ellos pasan las horas en sus camarotes practicando la creación de nuevas vidas —un protocolo biológico avanzado que solo se nos enseña tras consolidar el vínculo de pareja—, yo me refugio en la cabina de mando.
—No me gusta verte así —me dice Azela una tarde, interrumpiendo mi lectura de mapas estelares—. Has perdido el brillo característico de tus ojos.
—Y según los registros médicos, ya no podré recuperarlo —respondo sin apartar la vista de los monitores.
Piloteo la nave para mantener mi mente ocupada, apoyada por Kos. Él obtuvo el promedio más alto en ingeniería aeroespacial de nuestra academia; sé que se esforzó el doble en sus exámenes solo para asegurar su lugar en la tripulación cuando supo que Azela, mi amiga y experta en reparaciones tecnológicas, había sido asignada al viaje. Verlos funcionar como un engranaje perfecto solo acentúa mi soltería forzada.
El aterrizaje se consolida en los Estados Unidos, una de las regiones con mayor concentración tecnológica y extensión territorial del planeta.
Descendemos en una zona desértica. El escáner de mi reloj de pulsera parpadea en rojo, advirtiendo sobre fauna venenosa y vegetación no apta para el consumo. Mientras Azela activa los protocolos de invisibilidad de la nave, el grupo se moviliza en un vehículo terrestre con camuflaje adaptativo que nos vuelve indetectables para los radares humanos.
Observo las transmisiones locales para analizar a los nativos. Su estructura ósea es similar a la nuestra (cuatro extremidades, receptores auditivos laterales), pero carecen por completo de uniformidad. Su piel abarca una gama cromática inmensa y el color de sus ojos varía entre el marrón común, el verde, el azul, el gris y el ámbar. En Ramhl esa diversidad no existe: todos compartimos la mirada violeta, el cabello oscuro, la piel pálida y la complexión delgada debido a nuestra dieta sintetizada. En la Tierra, la distribución de la masa corporal es caótica; veo individuos con excedente de tejido y otros con siluetas casi esqueléticas.
—Atención, equipo —la voz de Tali resuena nítida a través de nuestros comunicadores—. Cruzaremos el perímetro de la ciudad principal en cinco minutos. Nuestro color de ojos nativo dispararía las alertas de anomalía médica. La administradora nos equipó con esto: lentes de contacto artificiales.
Nos muestra el procedimiento de aplicación en la pantalla. Uno a uno, deslizamos las membranas sintéticas sobre nuestras córneas, sepultando el violeta de Ramhl bajo un marrón genérico. Con la mirada oculta, nos adentramos en su civilización.
#1082 en Fantasía
#117 en Ciencia ficción
extraterrestres accion aventuras, extraterrestre humano amor
Editado: 10.08.2026