Planeta Ideal.

Capitulo 5

Ruc.
Unos pasos adelante nos topamos con una ciudad desborante de luces que herían nuestras pupilas habituadas a la penumbra del espacio; aquí nada nos resulta familiar. Hay edificios enormes que rasgan el cielo y otros pequeños, apiñados como colmenas de concreto. El brillo artificial de los letreros de neón transforma la noche en un día radiante y falso, pero abajo, a ras de suelo, las calles están cubiertas de basura en descomposición y los autos contaminan el aire con un humo denso que se clava en la garganta. Es preocupante y asfixiante su forma de vivir.
Continuamos caminando, esquivando a la multitud, hasta llegar a un lugar custodiado por dos hombres de hombros anchos y miradas severas.
—Excelentes disfraces —nos abordó uno de ellos, barriendo con la mirada nuestras túnicas y rasgos—. Déjalos pasar, hermano. Vienen conmigo.
—No lo conocemos, señor humano —respondimos al unísono, con nuestra característica sincronización ramiana.
El hombre soltó una carcajada estruendosa que retumbó en la calle.
—Sí que están metidos en su papel. Vengan conmigo, la mejor parte de la fiesta está por comenzar.
Adentro el ambiente era desconcertante y sofocante. El aire vibraba con frecuencias bajas que hacían retumbar nuestros órganos; todos brincaban y bailaban de forma exagerada, sudorosos, moviéndose sin ritmo aparente bajo ráfagas de luces estroboscópicas. El ruido empezó a aturdirme y supe, por la rigidez de sus rostros, que mis amigos experimentaban la misma repulsión.
—¡Escuchen todos! ¡Traje a unos amigos para animar el ambiente! —gritó el guía, subiéndose a una plataforma.
Las luces del escenario se concentraron y nos enfocaron de golpe. Los once ramianos quedamos expuestos bajo el reflector, completamente vulnerables cuando se ponía que debíamos pasar desapercibidos. Una potente luz azul, cargada de una radiación imprevista, impactó directo en el rostro de Kos. Sus ojos se dilataron, perdió el color de la piel y cayó debilitado en cuestión de minutos. Azela lo sostuvo de inmediato, emitiendo un gemido de angustia mientras lo protegía contra su pecho. Todos exigimos a gritos que alejaran esa luz, pero la masa humana enloquecida solo aplaudía. Nadie nos hizo caso. No entiendo cómo razonan estas criaturas tan ajenas a la empatía.
Kos estaba dejando de respirar, sus canales de energía se cerraban. Maro, reaccionando con la velocidad de un guerrero, tomó una botella de vidrio pesado de una mesa cercana y la estrelló con fuerza contra la linterna del reflector, desatando una lluvia de chispas que apagó el artefacto. Al mismo tiempo, Kili le suministró oxígeno puro de emergencia con su dispositivo de pulso. Solo entonces mi amigo expandió los pulmones y regresó a la normalidad.
Esa frecuencia de luz es altamente dañina para nuestra biología, tomé nota mentalmente, registrando el peligro.
—Lamentamos los inconvenientes. Pagaremos los daños —intervino Dansy con voz firme y gélida, dando un paso al frente antes de que la seguridad del local nos rodeara. Ella viajaba con nosotros en el rol de tesorera y abogada, cargada con las divisas locales.
Tras saldar la deuda con un fajo de esos extraños papeles verdes, nos retiramos enseguida. Ese lugar era un auténtico caos primitivo.
...
Dansy propuso que buscáramos un refugio para pasar el ciclo de oscuridad. En este planeta existen establecimientos comerciales donde pagas y te permiten ocupar una habitación por una noche; los llaman hoteles.
—Creo que debemos cambiar nuestro atuendo. Esto llama demasiado la atención —sugirió Tali, observando cómo los nativos se nos quedaban mirando en las calles. Nos guió hacia una tienda de textiles donde conseguimos ropa adecuada para mimetizarnos. Cada uno eligió las prendas de fibras sintéticas que más le gustaban y Dansy se encargó de la transacción.
En el hotel, un edificio de pasillos angostos y olor a desinfectante químico, no había una sola habitación disponible para alojar a once personas juntas. Dansy organizó la distribución en parejas, excepto a mí. Al quedar impar en el conteo, me tocó dormir sola.
El cuarto era pequeño y austero. Tenía una cama de colchón rígido, un baño con un retrete de mecanismo anticuado y ruidoso, y una fuente de agua corriente que salía por un grifo metálico, la cual no parecía estar del todo purificada según mis sensores olfativos. El jabón en barra desprendía un aroma floral artificial demasiado penetrante, pero me di un baño rápido para quitarme la suciedad, y quedé lista para descansar. Como los pupilentes me causaban incomodidad en las córneas, los retiré con cuidado, los guardé en su estuche y finalmente me entregué al sueño.




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