Planeta Ideal.

Capitulo 6

Ruc.
La mañana comenzó con una sacudida de locura. Un alboroto violento, lleno de gritos y pisadas fuertes proveniente del piso de arriba, me despertó de golpe. De pronto, mis sentidos captaron un aroma exquisito que flotaba en el aire, una mezcla de frutos rojos y vainilla; cerré los ojos e, instintivamente, me acerqué a la ventana para rastrear el origen.
—¡Cuidado! —bramó una voz varonil.
Antes de que pudiera reaccionar, el cristal de la ventana se fracturó y un humano cayó encima de mí, arrastrándome al suelo en un torbellino de extremidades. Quedé atrapada e inmóvil bajo el peso de al menos setenta y nueve kilos de puro músculo e impacto.

—Eres la chica más hermosa que he visto en toda mi vida —susurró él, a escasos centímetros de mi rostro, con la respiración agitada golpeando mi piel.
Nuestras miradas se cruzaron y el universo pareció detener su rotación. Sus ojos, de un verde esmeralda profundo y brillante, me miraban de una forma que reconocí al instante en mis genes... Como papá mira a mamá. Con esa devoción absoluta y ciega. Como cada ramiano mira a su eterno al encontrarlo.
Tengo pareja. ¿Y es... un humano? Mi núcleo tembló ante la imposibilidad cósmica.
—Hola, hermosura —dijo él, rompiendo el hechizo con una sonrisa audaz mientras extendía una mano cálida para acomodar un mechón de mi cabello—. Me llamo Alaric, ¿y tú?
—Ruc. Mi nombre es Ruc —respondí, con la voz más aguda de lo normal.
—¿Eres de aquí? Nunca había visto unos ojos como los tuyos. Tienen un brillo que no es de este mundo.
Mis ojos. Entré en pánico. Sin los pupilentes, mis verdaderos ojos ramianos estaban completamente expuestos y los humanos no debían verlos bajo ninguna circunstancia. Lo aparté con una fuerza superior a la de una mujer terrestre y me puse de pie de un salto, intentando recuperar la compostura.
El humano se levantó despacio, revelando un atuendo caótico: la camisa de lino blanco estaba a medio abotonar, dejando al descubierto un torso firme, y en lugar de pantalones, llevaba una tela blanca amarrada a la cintura que parecía una toalla; su cabello oscuro estaba empapado, goteando sobre sus hombros. Sin embargo, su mirada no se desviaba. Detallaba las facciones de mi rostro, la línea de mi cuello y la curva de mis hombros con una fijeza tan intensa que llegué a sentir un calor abrasador recorriendo mis venas.

—¿Pasa algo? —pregunté, tratando de sonar calmada.

—No puedo dejar de mirarte. Eres tan bella que pareces una fantasía de la que no quiero despertar.

—Escuché ruidos. ¿Está todo bien aquí? —Maro apareció de imprevisto en el marco de la puerta, con el cuerpo tenso y el ceño fruncido. Como encargado de nuestra seguridad militar y tras haber salvado la vida de Kos ayer, era lógico que estuviera con los niveles de alerta al máximo.

Alaric lo midió con la mirada, sin intimidarse por el tamaño de Maro, y le dedicó una sonrisa de medio lado, cargada de una confianza arrogante.

—Si eres su pareja, te informo desde ahora que te la voy a robar —le dijo al pasar por su lado con total desparpajo. Luego se giró hacia mí, clavando esos ojos verdes en los míos—. Dame tu número de teléfono. Necesito verte otra vez.
—No tengo teléfono —contesté con total honestidad.
—No importa si me lo niegas ahora. El destino ya se dio cuenta de nosotros. Más adelante serás mía, morita.
Se acercó un paso más rápido de lo que pude prever y rozó mi mejilla con sus labios cálidos y húmedos al despedirse. En ese milisegundo de contacto, sentí una descarga eléctrica, como si una luz incandescente me atravesara el pecho de lado a lado, anclándose en mi corazón. ¿A esto es a lo que llamamos la necesidad del otro? ¿ésto se siente por un eterno?

Alaric salió al pasillo soltando una risa ligera. Maro se acercó a mí, examinándome el rostro con profunda confusión y sospecha.

—Te ves diferente, Ruc. Tus pupilas se dilataron y tus ojos recuperaron el brillo ancestral de nuestro planeta.

—Es mi pareja —susurré, tocando la mejilla donde aún sentía el calor de su piel.
—¿El humano? —Maro abrió los ojos, estupefacto.

—Eso creo.




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