Ruc.
Un golpe seco en el marco de la puerta nos separó.
—Ruc, tienes una visita —anunció Oslo. Su expresión era de absoluto desprecio.
La atmósfera terrestre estaba alterando nuestra neutralidad original: el asco biológico de Zuna por los humanos, nuestro miedo latente, la hostilidad de Oslo... Éramos náufragos emocionales.
—No tiene el perfil de los que saben esperar. Ve abajo.
Mi sistema cardiovascular se desbocó. El pulso se aceleró de forma violenta cuando mis ojos lo encontraron en la estancia: la simetría de sus ojos verdes, el cabello rubio capturando la luz de la tarde, la mandíbula firme y esos labios gruesos que mi mente pedía delinear con los dedos.
—Te extrañaba —soltó. La crudeza de su honestidad me pareció un rasgo de locura hermoso—. No iba a tolerar todas las vacaciones sin mirarte.
—¿Cómo localizaste esta coordenada?
—Siempre investigo a fondo lo que capta mi atención.
—¿Has investigado a muchas humanas? —Un sabor ácido, parecido a la bilis, me inundó la boca.
Alaric contuvo una sonrisa, divertido por mi reacción.
—¿Estás celosa? —preguntó. Recordé una escena de sus pantallas donde una humana gesticulaba igual ante un humano, pero asumí que era un comportamiento primitivo—. No te creía de ese tipo, morita. Me agrada.
—¿Qué te agrada?
—Ver que te importo a ese nivel. ¿También te gusto, Ruc?
—No —mentí, desviando la vista.
El término "gustar" se quedaba corto, era una definición precaria. Lo que experimentaba era el equivalente terrestre al amor, lo que en Ramhl entendíamos como la necesidad del otro: la fusión inevitable de dos gravedades.
—Ruc, Tali y yo calculábamos que deberíamos... —Maro se congeló en el umbral al notar la presencia extraña—. ¿Qué hace este espécimen humano aquí?
Alaric lo escaneó con la mirada, tratándolo como a un organismo invasor.
—¿Te refieres a mí? —La temperatura periférica de Alaric subió dos grados de golpe; lo registré a través del sensor térmico integrado en la palma de mi mano—. ¿Vives con él? ¿Qué relación tienen?
—Él es mi protector. —declaré. El cambio térmico de Alaric me indicó que mis palabras no habían sido óptimas; su molestia seguía en aumento.
—¿Protección de qué? ¿Estás bajo alguna amenaza?
—¡Maro, mi vida! —Tali intervino, bajando las escaleras con una ligereza ensayada—. Oh, vaya, no sabía que teníamos invitados.
—¿Ella también es parte del grupo? —exigió Alaric, confundido por el hacinamiento.
—Todos vivimos aquí. Somos compañeros. Maro es mi eter... —se frenó justo a tiempo—. Mi novio.
—¿Entonces Ruc y él...?
—Ruc es como una hermana para el nosotros. Todos aquí tenemos una pareja, excepto ella; es la solterona. —Tali desplegó su mejor imitación de la conducta terrícola, adaptándose al argot local sin pestañear—. Jamás ha tenido una relación romántica, ni siquiera ha entrelazado sus dedos con un chico.
—Creo que los detalles no son necesarios. — Interrumpí, la temperatura de Alaric se volvió normal, y una sonrisa profunda reformó sus facciones, hundiendo la piel de sus mejillas. Me acerqué, hipnotizada por esa deformación dérmica que no existía en nuestra especie. Extendí la mano y le toqué el rostro. — Qué bonitos.
—¿Nunca los habías visto? —preguntó con la voz más suave.
—No.
—Se llaman hoyuelos. Es un rasgo genético selectivo —presumió, inclinando la cabeza hacia mis dedos.
—Es un defecto estructural del músculo cigomático mayor que no se elonga correctamente —sentenció Maro con su habitual tono plano. Alaric lo fulminó con la mirada, pero Maro permaneció inmune al lenguaje corporal—. Es anatomía básica de sus propias bases de datos. ¿Por qué te genera hostilidad?
—Ignora a mi novio —intervino Tali, dándome un empujón sutil para romper la tensión—. ¿Por qué no llevas a Ruc a explorar el exterior? Ha estado demasiado aislada.
—Me parece un plan excelente —coincidió Alaric, sin apartar los ojos de mí.
Examiné mi vestimenta con desconfianza.
—¿Esta cobertura textil es adecuada para el entorno?
—Te ves preciosa.
La palabra reverberó en mis canales auditivos, expandiéndose por la sala. Mis amigos me miraron con aprobación, dándome la orden silenciosa de avanzar.
—Vamos —Alaric extendió la palma de su mano, ofreciéndomela—. Quiero ser el primer humano que sostenga tu mano.
En ese microsegundo, mi percepción del entorno se alteró. Sentí una oleada de energía tan intensa que habría sido capaz de romper a correr sin agotar mi reserva de oxígeno, o de sumergirme en el océano ignorando la presión del agua. Él operaba en mí como un catalizador atmosférico: era mi aire, el eje que estabilizaba mi gravedad y la descarga eléctrica que me hacía sentir viva. Por primera vez, el comportamiento de mis compañeros cobró sentido científico; entendí el porqué de sus contactos, de sus frecuencias de voz particulares, de sus miradas fijas. Me invadió un impulso desesperado por confesarle a mi humano cuánta necesidad biológica tenía de su existencia.
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Editado: 10.08.2026