Planeta Ideal.

Capitulo 10

Ruc.
Al salir del edificio, el panorama me congela: varios autos negros y un despliegue de hombres con trajes a juego rodean un vehículo rojo. Alaric tiene la mandíbula tensa; su expresión se ha endurecido por completo al verlos.
—¿Los conoces? —le susurro.
—Algo así.
Uno de los hombres da un paso al frente y abre la puerta del auto rojo.
—Señor Cavendish. Permítanos escoltarlo a su cita.
—No necesito que ninguno de ustedes me escolte —responde Alaric, cortante.
—Son órdenes de su padre.
—Dígale al presidente que no quiero su protección. No me sigan.
—No podemos desobedecer las órdenes, señor.
Sin darles opción a réplica, Alaric me guía con firmeza para que entre primero al auto. Rodea el capó a zancadas y se desliza en el asiento del conductor. El motor ruge de inmediato.
—¿Pasa algo malo? —pregunto, asimilando sus palabras—. ¿El presidente? ¿No deberías llamarlo «papá»?
— Es entre él y yo —evade la pregunta, lanzándome una mirada rápida—. ¿Te gusta la velocidad?
—No lo sé. ¿Debería?
Antes de que pueda procesarlo, él se inclina sobre mí. Su olor a frutos rojos me inunda los pulmones, tan fresco y agradable que inhalo profundamente sin poder evitarlo. Escucho el clic del cinturón de seguridad.
—Tu seguridad es lo primero —murmura, a milímetros de mi rostro.
—Te agradezco.
—Aquí, normalmente, se agradece con un beso.
Sus ojos bajan a mis labios. Trago saliva, con el corazón desbocado. En mi mundo, esto es algo que solo hacemos después de convertirnos oficialmente en pareja, y Alaric y yo no somos eso... todavía. Él se muerde el labio inferior e inclina la cabeza. Mis ojos se cierran en automático mientras mis manos aprietan la correa del cinturón con fuerza.
—Me gustas mucho —susurra contra mi piel.
—Lo sé —logro responder. Él suelta una pequeña risa.
—Quiero gustarte a ti.
—Y yo quiero...
¡PUM!
Un disparo resuena en las afueras, cortando el momento. Uno de los hombres de negro ha disparado al aire, o a las llantas, no lo sé. Alaric se acomoda de golpe, mete el acelerador y el auto sale disparado. No soy experta en vehículos terrestres, pero tengo la clara certeza de que estamos excediendo cualquier límite permitido.
—¿No vas muy rápido?
—La adrenalina es buena en ocasiones.
—Parece que huyes.
—Es exactamente lo que hago.
—¿Por qué? ¿No se supone que son quienes te protegen? ¿Por qué escapas de ellos?
—Cosas que alguien como tú no entendería.
—¿Alguien como yo? —Esa frase me cala de mala forma, suena casi despectiva.
Alaric no responde. Se concentra en zigzaguear entre el tráfico, rebasando autos para dejar atrás la escolta que envió su padre.
Terminamos en un aeropuerto. El caos no disminuye cuando me pide mi identificación; algo que no tengo conmigo. Tali me consiguió una falsa, pero la dejé olvidada en casa.
Alaric nota mi pánico, me hace a un lado y encara a la empleada.
—Soy Alaric Cavendish, y ella es mi novia.
—Lo siento, señor Cavendish, pero son políticas estrictas del aeropuerto. Sin identificación no hay viaje.
—Mi política es que necesito un pase de abordar ahora mismo —su voz se vuelve gélida—. ¿Me lo da, o prefiere que hable directamente con su jefe?
La mujer del mostrador empieza a sudar de los nervios.
—Alaric, no creo que debas hablarle así —le pido en un susurro, incómoda.
—No te preocupes por nada, morita. Yo lo arreglo —me dice, suavizando el tono solo para mí, antes de volver a clavarle la mirada a la empleada—. ¿Está listo?
—Sí... sí. Tengan un agradable viaje —balbucea ella, entregando los pases con manos temblorosas.
Un guardia nos guía de inmediato por pasillos privados. Al pasar al lado de una larga fila, la gente se hace a un lado al reconocer a mi acompañante.
—¿Está bien que pasemos primero que ellos? —pregunto, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda.
—Estás con Alaric Cavendish. Todo lo que hagas conmigo está bien.
Abordamos un avión que, según los pilotos, cuenta con la tecnología más avanzada de este planeta. En el mío, los transportes son muy diferentes: no necesitas una identificación para abordar, ni pagas por trasladarte; simplemente subes a la nave y esta teletransporta a tu destino. Mis padres viajaban seguido por sus investigaciones y casi siempre nos llevaban con ellos. Esto se siente primitivo.
—¿Es normal que un viaje demore tanto? —pregunto tras lo que se sienten como horas.
—Vamos a Nueva York, ya no falta mucho.
Mis pies se mueven de arriba abajo en un golpeteo ansioso. Estoy experimentando una emoción nueva y sofocante: la desesperación. De pronto, el avión se inclina bruscamente hacia abajo. Mi mente, traicionera, empieza a plantear los peores escenarios. Nos vamos a estrellar.
—Se está cayendo. ¡Nos vamos a caer! —exclamo, aferrándome al asiento.
—Oye, tranquila. Esto es normal.
—¿Normal? ¿Los aviones se caen a diario aquí?
—No nos estamos cayendo, estamos aterrizando —explica él, soltando una risa suave—. ¿Nunca te has subido a un avión? ¿Llegaste en barco o algo así?
—Llegué en un avión distinto —respondo entre dientes. Aterrizar en este planeta desde el espacio exterior fue mucho menos turbulento que esto—. Tengo miedo.
Alaric no se burla. Pasa un brazo sobre mis hombros y me rodea, pegándome a su pecho. En cuanto mi piel entra en contacto con la suya, el pánico empieza a disiparse. Las leyendas de mi mundo eran reales: tu pareja predeterminada tiene el poder de hacerte sentir protegida. Un simple abrazo de Alaric basta para calmar mis nervios... aunque también enciende mi respiración de una forma completamente distinta.




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