Ruc
Nueva York es un monstruo caótico. Las calles hierven con un mar de humanos, el ruido de los puestos ambulantes y tiendas atestadas de mujeres que se disputan las prendas como si les fuera la vida en ello. Me pegué a Alaric, abrumada.
—¿Por qué vinimos aquí? —le pregunté, alzando la voz sobre el bullicio.
—Es la ciudad perfecta para pasarla bien —respondió con una sonrisa confiada mientras me guiaba hacia la imponente entrada de un hotel—. Una habitación matrimonial, por favor —le pidió a la recepcionista.
Sentí un vuelco en el estómago.
—Tú y yo no estamos...
—Eso no importa, morita —me interrumpió, dedicándome una mirada cómplice.
La recepcionista nos observaba con una sonrisa enternecida, como si fuéramos una pareja de enamorados en su luna de miel.
—Aquí tiene su llave. Disfruten su estancia.
—Gracias, señora humana —respondí por puro instinto.
Alaric y la mujer me miraron con una mezcla de sorpresa y extrañeza. Al darme cuenta de mi error, fingí una timidez nerviosa:
—Lo siento... El inglés no se me da muy bien, vengo de Alemania.
—No se preocupe, querida. Tiene un acento hermoso —respondió la recepcionista, suavizando el gesto.
—Gracias.
Alaric me tomó del brazo y me guió hacia el elevador. El cubículo de metal ascendió a una velocidad vertiginosa hasta el último piso. Al abrirse las puertas, nos recibió una suite preciosa, decorada con una elegancia sobria en tonos neutros, azules y grises. El lujo se respiraba en cada rincón.
—¿Quieres algo de cenar? —preguntó Alaric.
—Sí. Mi estómago requiere alimentos.
—¿Qué se te antoja? ¿Te gusta la langosta?
—No lo sé. Jamás la he probado.
—Pediré que traigan una variedad de platillos. Vas a probar de todo un poco.
—Gracias.
Media hora después, el despliegue de comida me pareció casi ofensivo. Jamás en mi vida había presenciado un banquete tan escandaloso para solo dos personas. Alaric, entusiasmado, se dedicó a presentarme cada opción: desde sopas exóticas hasta cortes de ternera perfectamente cocinados. Algunos sabores despertaban una extraña familiaridad en mi paladar; otros se sentían completamente ajenos.
—¿Y bien? ¿Qué opinas? —preguntó, observando mis reacciones.
—Todo es delicioso —admití, dejando los cubiertos de lado—. ¿Dónde ponemos los restos?
Alaric frunció el ceño, confundido. —¿Cómo que los restos?
—Vamos a guardarlos para mañana, ¿verdad?
—No. Mañana nos traerán comida nueva y fresca.
—¿Y qué pasará con todo esto? —señalé las bandejas medio llenas.
—Se va a la basura, Ruc.
El estómago se me contrajo, pero esta vez de indignación.
—De ninguna manera. Hay humanos ahí afuera que se están muriendo de hambre. ¿Por qué no la regalamos? Dejamos muchas cosas intactas. Podemos ponerla en recipientes y...
—No haré tal cosa —me cortó él, su tono volviéndose frío—. ¿Qué piensas que soy? ¿La beneficencia pública?
—Eres un humano con los recursos necesarios —le reproché, sosteniéndole la mirada—. Quiero que salgamos a la calle y regalemos comida a los necesitados. Si no vienes conmigo, iré yo sola.
Alaric no cedió a mi amenaza, se limitó a cruzarse de brazos. Sin dudarlo, bajé sola al vestíbulo. Afortunadamente, encontré a un botones muy amable que, tras escuchar mi petición, me contactó con un mesero dispuesto a empacar todo en contenedores para llevar.
Minutos más tarde, me encontraba de pie en una de las avenidas más oscuras y desfavorecidas de Nueva York. Alaric estaba a mi lado; no había querido dejarme ir sola, pero su rostro reflejaba un fastidio absoluto. Aun así, sentí una profunda gratitud por su presencia. Me acerqué a él, le toqué el brazo con suavidad y le susurré que relajara los hombros y sonriera. Él, soltando un bufido resignado, terminó por regalarme una sonrisa genuina.
La gente de la calle comenzó a formar una fila ordenada. Recibían los recipientes calientes con una chispa de luz en los ojos y sonrisas llenas de agradecimiento.
—Eres una chica muy extraña —comentó Alaric, mirándome de una forma nueva, casi fascinado.
—¿Eso es bueno o malo?
—No lo sé —confesó, entrelazando sus dedos con los míos—. Pero me gusta.
Le sonreí con total franqueza, mostrando todos los dientes. Alaric me acarició el rostro con ternura, me besó la mejilla y luego inclinó la cabeza para dejar un beso suave en mi frente.
—Eres bella, Ruc. Por dentro y por fuera.
Alaric
Ruc es un enigma, un misterio que no logro descifrar. Al momento de ir a dormir, se negó en redondo a compartir la cama conmigo. Alegó que, debido a sus costumbres, no podía romper una estricta norma familiar. Estuve a punto de preguntarle a qué familia se refería; según los informes que tengo, es completamente huérfana. Sin embargo, el sentido común me detuvo a tiempo. Recordarle su soledad en ese momento habría sido una crueldad innecesaria.
Me guardé mis dudas y opté por cederle la cama. Ella insistió en que intercambiáramos y que yo tomara el colchón, pero ¿qué clase de hombre sería si la dejara dormir en un sillón?
La noche transcurría en una calma perfecta, hasta que la realidad me golpeó la puerta de la peor manera. Al abrir, me encontré cara a cara con el mismísimo presidente de la nación.
—¿Qué haces aquí? —le reclamé, bloqueando el umbral—. ¿No deberías estar en una de tus aburridas reuniones con el gabinete?
—Eres un irresponsable —me espetó, clavándome una mirada asesina que pretendía hacerme temblar—. ¿Tienes la menor idea del peligro al que te expones al salir del perímetro?
—No me gusta que me sigan las veinticuatro horas —respondí, cruzándome de brazos—. Necesito privacidad para estar con mi novia.
—¿Tu novia? ¿Así que esa es la chica por la que huiste como un adolescente? —Miró a Ruc por encima de mi hombro. El desprecio en sus ojos era tan denso que casi se podía cortar—. No voy a impedir que te diviertas, Alaric. Solo hazlo en un lugar donde mis hombres puedan protegerte.
Ruc, que observaba la escena con los ojos muy abiertos, dio un paso al frente.
—Lo siento, señor presidente. Yo no sabía que Alaric me subiría a un avión de imprevisto.
—No le des explicaciones —la interrumpí, tomándola suavemente de la muñeca para apartarla—. El presidente tiene un país que gobernar y demasiadas cosas de qué encargarse como para perder el tiempo escuchándote.
—Deberías ser más respetuoso con él —me reprendió Ruc, plantándose firme frente a mí—. Es tu padre y no está bien que lo llenes de preocupaciones.
Mi padre la observó en silencio, y por primera vez, el desprecio de su mirada se transformó en un destello de genuino interés.
—No se preocupe, señor presidente —continuó ella, con una madurez que me descolocó—. A partir de hoy, Alaric llevará a su cuerpo de seguridad a todos lados. Y no volveremos a escaparnos sin pedir permiso primero.
Mi padre soltó una pequeña risa seca. —Vaya. Resulta que es sensata. ¿De dónde sacaste a esta novia, Alaric?
—Eso no te incumbe —respondí, sintiendo cómo la mandíbula se me tensaba. Luego me giré hacia la pequeña—. Y tú, deja de hablar por mí.
—Lo que haces no está bien, Alaric —insistió ella, ignorando por completo mi tono de advertencia—. Si tu vida está en peligro, obedece las órdenes. No te cuesta nada ser razonable.
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Editado: 10.08.2026