Alaric.
Los amigos de Ruc parecen extraídos de otro planeta. Se la han pasado recorriendo el invernadero con una fascinación casi infantil, tocándolo todo, mientras Kos no deja de refunfuñar, indignado por la arcaica tecnología de nuestras palas de metal. No sé cómo serán las herramientas en su mundo, pero a mis ojos terrícolas, una pala no tiene mucha ciencia.
—Mis amigos van a reparar esto —anunció Ruc, sacándome de mis pensamientos—. ¿Te molestaría si Barty y Kili toman algunas de tus plantas? Son devotos de la naturaleza. Te las devolverán intactas.
— No hay problema.
Ruc.
Barty no es experta en disimular emociones.
—¿Has visto estas flores, Ruc? — Su grito resonó bajo el techo de cristal, desbordante de emoción—. Son preciosas. Me las quiero llevar todas.
—Puedes tomarlas —respondió Nicolás con suavidad—. Todas las que quieras.
—¿De verdad? —La sonrisa que iluminó el rostro de mi amiga pareció jugarle una mala pasada al pulso del humano; juro que sus latidos se aceleraron tanto que temí por su salud. Los humanos parecen propensos a los paros cardíacos—. Muchas gracias. Prometo que cuidaré bien de cada brote y cada árbol que me lleve. ¿Cuánto debo pagar?
—Está bien. Tómalas como un regalo.
—Kili, podemos llevarlas, no hay problema —le aseguró Barty a su pareja al reunirse con él.
El semblante de Kili se encendió al verla tan contenta. Le rozó la cabeza con un gesto tierno, murmurando palabras que no alcancé a escuchar. Ella se relajó al instante. Supongo que entre ellos la calma es un refugio necesario ante lo desconocido; a fin de cuentas, nuestras reacciones nos delatan demasiado cuando algo nuevo nos asombra.
—¿Qué tipo de relación tienen? —preguntó Nicolás, observándolos de reojo.
—Es su novia —intervino Alaric, contemplándolos con una mezcla de orgullo y nostalgia—. Nacieron el uno para el otro, míralos. Les fascinan exactamente las mismas cosas.
—¿Llevan mucho tiempo juntos?
—¿Sería grosero de mi parte reservarme esa información?
El humano asintió, captando la advertencia.
—Entiendo. Respetas su privacidad.
A unos metros, el eco metálico de una herramienta interrumpió la tensión. Kos examinaba el mecanismo con desdén.
— Esta chatarra tomará más tiempo del que creímos. Es un diseño absurdamente anticuado.
— Mi plan original era plantar un par de árboles, no reforestar un ecosistema entero —replicó Alaric, cruzándose de brazos.
— No te tomas en serio tu labor. —Lo reprendió Azela, plantándole en el pecho un trozo de papel densamente escrito—. Consigue lo que está en la lista. Es indispensable.
Alaric arqueó una ceja, conteniendo un gesto de incredulidad ante la magnitud de las exigencias, pero terminó por suspirar.
—Bien.
Mis amigos se entregaron a la reconstrucción con una destreza impecable, ejecutando un trabajo de ingeniería perfecto. Para cuando los últimos detalles quedaron listos, la noche ya había caído sobre nosotros, obligándonos a postergar la plantación para el amanecer.
A la mañana siguiente, bajo la guía de Alaric, seleccionamos el terreno devastado que reforestaríamos. Antes de internarnos en la naturaleza, hicimos una parada en un rústico restaurante local donde devoramos varias bandejas de pollo frito —una experiencia culinaria que dejó a más de uno sin palabras—.
Cuando el sol comenzó a teñir el cielo de matices dorados y rojizos, finalmente llegamos al linde del bosque. El artefacto que Kos y Azela habían modificado resultó ser una genialidad: perforaba la tierra a una velocidad inverosímil, abriendo surcos perfectos en segundos. El resto de nosotros nos limitamos a seguir su rastro, enterrando las raíces, asegurando la tierra y desplegando un sofisticado sistema de irrigación de alto rendimiento que diseñaron en el momento para optimizar cada gota de agua.
Sin embargo, el triunfo nos duró poco. La atmósfera festiva se evaporó en el instante en que cruzamos el umbral de la casa y encontramos a Tali. Estaba de pie en el centro de la sala, con el rostro completamente deslavado, sin una pizca de color.
—¿Tienen la más mínima idea de lo que acaban de hacer? —su voz era un susurro tembloroso, cargado de una furia contenida.
Nos quedamos congelados en la entrada. Nadie lograba descifrar su hostilidad. Habíamos sanado un pedazo de su tierra y, en el proceso, recolectado especies botánicas fascinantes que jamás habríamos visto en Ramhl. Había sido un buen día. O eso creíamos.
—Pasar desapercibidos... La única regla era pasar desapercibidos —repitió, apretando las sienes como si le estallara la cabeza—. Ahora el problema no es solo Ruc. Azela, Kos, Barty, Kili... Todos ustedes están en boca de medio mundo.
Encendió un dispositivo y las pantallas holográficas inundaron la habitación con destellos de luz. Los titulares de las cadenas de noticias humanas parpadeaban en letras escarlatas: nos describían como un grupo de «mentes brillantes de Alemania». Los presentadores hablaban con asombro del artefacto de perforación, especulaban sobre las preparatorias donde supuestamente nos habíamos graduado y celebraban los beneficios que nuestra mente traería al país. Para rematar, un portavoz del gobierno ya anunciaba en vivo un patrocinio para financiar nuestros próximos proyectos.
—Están jugando con la paciencia de Tali —la voz de Maro emergió desde las sombras, arrastrada y peligrosa. Sus ojos nos recorrieron con una advertencia silenciosa. Si no fuera nuestro protector asignado, nos habría dado una lección avanzada; en el burdo idioma de los humanos, una paliza.
—No lo planeamos así —intenté defenderme, sintiendo un nudo en el estómago—. Pensamos que...
—Se acabó —sentenció Tali, apagando las pantallas de un golpe—. Dejaremos a cuatro fuera del radar. Ustedes cinco, Maro y yo nos expondremos: iremos a esa universidad, vamos a cooperar con el desarrollo tecnológico de los terrícolas. Mantendremos sus ojos sobre nosotros. Hizo una pausa, mirando hacia el pasillo trasero de la casa. — Dansy, Oslo, Zuna y Thed no saldrán de aquí, no tienen atención mediática. No quiero ser pesimista, pero si las cosas se complican con el gobierno, es vital tener un plan de respaldo.
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Editado: 10.08.2026