Planeta Ideal.

Capitulo 15

Alaric.
Mi padre no camina, desfila. Desde que regresó, lleva una sonrisa ensayada que solo utiliza cuando el viento sopla a favor de sus cuentas bancarias. No ha dejado de presumir su "descubrimiento" ante el cabildo; los tabloides locales ya hablan de los genios de Alemania con un misticismo ridículo. Para los políticos, Ruc y sus amigos no son personas, son una mina de oro: si en dos días lograron reforestar una hectárea muerta y revivir el suelo con un sistema de riego perfecto, los patrocinadores ya se están frotando las manos.
Y a mí se me revuelve el estómago. Ruc no merece que la arrastre a este fango. Yo la quiero. Pasaría las noches en vela solo para escucharla hablar; sueño con ser su primer beso, el novio que tome su mano frente a los demás, su prometido y, el día que nos graduemos, el esposo con el que despierte cada mañana. Sueño con un futuro donde las amenazas de mi padre sean solo un eco lejano, libre de sus malditas reglas y de ese control que me asfixia el pecho.
—¿Qué otra novedad se le ha ocurrido a tu novia? —La voz de mi padre rompió el silencio del despacho, fría y afilada como un bisturí.
—Déjala respirar —respondí, apretando los puños ocultos en los bolsillos—. Acaba de levantar un bosque entero de la nada.
—Y le estoy profundamente agradecido —replicó, cruzando las piernas mientras se reclinaba en su sillón de piel—. Pero el progreso no espera por nadie, Alaric. Necesito que le asignes otra tarea.
—¿Qué?
—Quiero que ella y su grupo de huérfanos sean el rostro visible de mi campaña. Darán discursos, hablarán de sus patentes, de mi patrocinio y... de su trágica y conmovedora historia de superación. El electorado se hace preguntas. Quieren verlos.
—Ruc y los demás son tímidos. No se van a prestar para tu circo mediático.
—Tu único trabajo es convencerlos. Hazlo, hijo —dijo, y su mirada se volvió densa, calculadora—. Si ella demuestra ser una mujer que sume a nuestra imagen, consideraré darles mi bendición para que se casen en el futuro.
El aire pareció congelarse en mis pulmones. Intenté que mi voz no temblara:
—¿Por qué asumes que quiero casarme con ella?
—Vamos, Alaric, no me insultes. Te conozco desde el día en que naciste; sé perfectamente que nunca te ha importado nadie más que tú mismo. Pero bastó con que soltara una sutil amenaza sobre la chica para que te pusieras de rodillas. Vi cómo la vigilabas en el hotel, cómo la buscabas en el jet y el lenguaje corporal del maldito video que les filtraron. —Se puso en pie, caminó hacia mí y dejó caer una mano pesada, casi paternal, sobre mi hombro—. No te juzgo. Es preciosa, brillante y tiene ese toque caritativo que adora la prensa. Elegiste a la primera dama perfecta.
—No voy a ser como tú —siseé, apartándome de su agarre con un movimiento brusco—. No seré presidente. Lo hemos discutido un millón de veces.
—Puedes patalear todo lo que quieras, pero tu apellido ya firmó ese contrato. Serás presidente y fin de la conversación. —Me dio la espalda, dando el asunto por terminado—. Ahora ve y haz lo que te ordené. Ah, y llévate a la escolta. Ante todo tu seguridad.

El trayecto a la casa de Ruc se me hizo eterno. Sentía el peso de la culpa en la garganta; no tenía cara para mirarla a los ojos sabiendo lo que mi padre planeaba.
Cuando crucé el umbral, Maro me cortó el paso. Su mirada no tenía odio, era algo peor: una evaluación fría, mecánica, como la de un juez que analiza un espécimen defectuoso.

—Tus latidos registran una frecuencia demasiado tensa —soltó Maro sin preámbulos, con esa voz extrañamente modulada que jamás cambiaba de ritmo—. Te recomiendo una secuencia de inhalación y exhalación profunda. Ayuda a que el organismo se adapte al entorno.
Me quedé estático, mirándolo con el ceño fruncido.
—¿Todos ustedes son genios o qué?
—Operamos en diferentes campos de especialización.
—¿Y cuál es tu campo?
—Esa información no es pertinente para ti —cortó en seco, dando media vuelta—. Llamaré a Ruc. Su sistema registrará alegría al verte.
—Maro... —lo detuve, antes de que avanzara por el pasillo—. ¿Tú consideras a Ruc tu hermana?
Se detuvo a medio paso. Lentamente, giró el cuello hacia mí, analizándome como si mis palabras fueran un código difícil de descifrar.
—Yo no emplearía el término "hermana". Es una unidad de compañía, una buena aliada... un buen rami... una buena humana. Su fijación contigo nos genera dudas, pero su bienestar es prioritario. Todos aquí esperamos que no le causes un daño colateral, que la preserves y la trates bajo los estándares correctos. Porque si solo la percibes como una humana más del montón, es estadísticamente mejor que se lo dejes claro ahora.
El pulso me dio un vuelco. El lenguaje que usaba me erizaba la piel.
—No entiendo ni la mitad de las cosas que dices, Maro.
—Digo que tus emociones biológicas te hacen tomar decisiones erráticas —sentenció, dando un paso hacia mí que me obligó a tensar la espalda—. Por el bienestar de la ecuación, infórmale ahora mismo lo que experimentas.
—¿Qué quieres que le diga?
—¡Dile que la amas! —exclamó de pronto, rompiendo por un milisegundo su perfecta postura robótica con un ademán casi desesperado—. Si eso es lo que dictan tus impulsos, dilo. Nos harías el trabajo mucho más sencillo a todos.

El eco de las palabras de Maro aún flotaba en el aire cuando la puerta trasera se abrió con un suave clic.
Ruc apareció en el umbral. Llevaba el cabello un poco revuelto y las mejillas ligeramente encendidas, el vivo retrato de alguien que venía de trabajar bajo el sol, pero sus ojos se iluminaron por completo en cuanto me vio. El contraste entre su calidez y la fría rigidez de Maro era casi ridículo.
—¡Alaric! —dijo mi nombre como si verme le devolviera el alma. —. No esperaba que vinieras a está hora.

Maro dio un paso atrás, recuperando su postura imperturbable en un pestañeo.
—El espécimen... el invitado, acaba de llegar. Su frecuencia cardíaca ya se está estabilizando —anunció Maro, mirándome de reojo antes de dirigirse a la salida




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