Planeta Ideal.

Capítulo 16

Ruc.
Cuando Alaric me reveló los planes de su padre, sentí un frío muy poco científico recorrerme la espalda. No era sensato. Ya le habíamos causado suficientes dolores de cabeza a Tali. Aunque cursé un año estándar en la academia de protección de mi planeta, sabía que mis habilidades teóricas no bastarían contra un especialista de verdad. Maro, con su entrenamiento, se encargaría de darme una lección avanzada —léase: una paliza implacable— si yo terminaba exponiendo o arriesgando a su eterna.

—Lo siento, Alaric. Me encantaría ayudarte, de verdad que sí —dije, apartando la mirada—. Pero no puedo. Lo último que mi grupo necesita es convertirnos en el foco de atención.

—Por favor, morita —suplicó él. Sus manos, cálidas y de una textura ásperamente humana, envolvieron las mías con urgencia—. El público está ansioso por conocerlos. Hay demasiada curiosidad. Solo tendrías que presentarte, contar un poco de su historia, de dónde vienen y cómo es que poseen esos conocimientos.
—No es tan simple, Alaric. Tendría que consultarlo con ellos. No estoy sola en esto; sus opiniones y su seguridad también importan.

—Lo entiendo —murmuró, desviando la mirada con desilusión.

Odiaba ver esa sombra en sus ojos. Alaric es mi eterno, mi coordenada en este universo; me resulta biológicamente imposible ser feliz si él no lo es.
—Haré todo lo posible por convencerlos —añadí en un susurro, aunque por dentro sabía que el intento estaba condenado al fracaso—. No te desanimes antes de tiempo.
Me incliné para dejar un beso suave en su mejilla. Al hacerlo, una vibración sutil sacudió mi muñeca. Miré de reojo la pantalla táctil de mi reloj: los caracteres rúnicos de Ramhl parpadeaban en un naranja de advertencia, indicando que el pulso del humano se había disparado a niveles de estrés. El software me sugería iniciar un protocolo de estabilización térmica para calmarlo. Por fortuna, él no sabía descifrar la caligrafía de mi mundo, y mucho menos comprender la tecnología que llevaba encima.
—¿Te sientes bien? —pregunté, acariciando su hombro para intentar bajar su ritmo cardíaco de forma natural.
—Mejor que nunca, morita.
Alaric se acercó con una lentitud casi reverente. Con dedos temblorosos, colocó un mechón de mi cabello detrás de la oreja y me depositó un beso en la frente que me hizo contener el aliento.
—Eres hermosa, Ruc. Ojalá un día aceptes ser mi novia.
«Ojalá un día tú entiendas lo que es ser mi eterno», pensé, sintiendo una punzada de melancolía en el pecho.
Para los humanos, una "novia" es un concepto efímero, casi un experimento de ensayo y error. Salen, se divierten y, si la química se agota, simplemente se despiden. Yo no podía entregarme a un vínculo tan desechable. Yo necesitaba escuchar que me amaba, que deseaba entrelazar su existencia terrestre con la mía, construir un hogar y quererme hasta el último de sus días. Una promesa de esa magnitud me daría el valor para confesarle mi mayor secreto: que soy una ramiana especializada en investigación y mejoramiento exobiológico, que mi misión es restaurar el equilibrio en mundos en crisis, y que fue precisamente ese deber el que me arrastró hasta su gravedad.
—Eres sumamente importante para mí, Alaric.
—Si de verdad lo soy... ¿por qué te asusta tanto ser mi novia?
—Quizás porque aspiro a algo mucho más permanente que un título temporal.
Alaric arqueó una ceja, con una mezcla de sorpresa y diversión pintada en el rostro.
—¿Te quieres casar conmigo?
—¿Eso es una pregunta hipotética o una propuesta real? —Mi pulso imitó al suyo, acelerándose de golpe. Según las novelas humanas que había analizado, el matrimonio era el pacto definitivo de entrega absoluta. El paso que daban cuando el amor superaba la lógica.
—Dios... ¿De verdad lo considerarías?
—Bueno... sí.
—Ruc, me fascinaría pedirte que seas mi esposa —admitió, rascándose la nuca con ese gesto tan terrestre que denotaba nerviosismo—. Pero la realidad es que apenas nos estamos descubriendo.
Sentí el choque cultural como un muro invisible. En Ramhl, basta con entrelazar las palmas de las manos: si la frecuencia de tu esencia resuena con la del otro, el lazo queda sellado para siempre. No hay dudas, no hay períodos de prueba. —Además, no tengo nada propio que ofrecerte todavía —continuó él, bajando la mirada—. Sí, soy el hijo del presidente, pero nada de ese poder me pertenece. Y somos increíblemente jóvenes, apenas tenemos diecinueve años.
«Yo tengo veintitrés en mi ciclo solar, que equivalen a muchos más en tu escala terrestre», pensé, tragándome las palabras.
—Seamos novios, Ruc —insistió, tomando mi rostro con delicadeza—. Déjanos aprender el uno del otro, enamorarnos día a día. Y te prometo, que más adelante te pediré que te cases conmigo.
Sostuve su mirada, buscando cualquier rastro de vacilación en sus pupilas. No lo había. Solo una honestidad cálida que me desarmó por completo.
—Está bien —acepté, sellando el trato—. Pero tienes que cumplir tu promesa. Yo seré tu esposa.
Alaric sonrió, y el brillo de su alivio iluminó la habitación.
—Lo serás, Ruc. Te lo aseguro.




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