Alaric.
Pasar el día con Ruc es maravilloso, sobre todo ahora que por fin puedo llamarla mi novia. Sus amigos, por suerte, no son nada entrometidos; cada uno parece habitar en su propio universo, absorto en sus propios pensamientos.
El único que me inquieta es Nicolás. Ni siquiera hace el intento de disimular la fascinación que le produce Barty. Lo observa con una fijeza que me resulta incómoda.
—Tienes suerte de que los alemanes no sean celosos —le digo a media voz, buscando que capte la advertencia.
—¿Lo dices por qué? —pregunta él, sin apartar los ojos de su objetivo.
—No has dejado de coquetear con ella en toda la tarde.
—Me gusta. ¿Tiene algo de malo?
—Olvídate de ella, Nicolás. Nunca te hará caso.
—Su novio ni siquiera la mira —responde con una sonrisa de suficiencia—. Yo creo que tengo oportunidad.
Pobre ingenuo. Debería darse cuenta de que la forma en que esas parejas se miran no es de este planeta. Jamás había visto a personas tan jóvenes contemplarse con esa devoción absoluta, como si tuvieran la certeza matemática de que el otro es su alma gemela. Es algo que me fascina y, al mismo tiempo, me aterra.
Sé que yo mismo estoy mirando a Ruc de esa manera. Con ella, el ruido de mi apellido y el peso de mi tarjeta de crédito se desvanecen. Bajo su mirada no soy el hijo del presidente, ni el heredero de un estatus que no pedí; en sus ojos, yo valgo simplemente por ser Alaric. Eso fue lo que sentí la primera vez que la vi, cuando sus ojos se fijaron en mí con ese insólito tono violeta. Sé que no aluciné. No estaba borracho; los vi con total claridad.
—Mira, Alaric —la voz de Ruc me saca de mi monólogo interno mientras despliega un plano sobre la mesa—. Mis amigos diseñaron esto. Es un robot que recolecta basura. Va a tener cuatro compartimentos: aquí pondrá el plástico, aquí el aluminio, acá la basura inorgánica y de este lado la biodegradable. Además, funcionará con paneles solares. ¿No es genial?
—¿De verdad pueden construir algo así? —pregunto, genuinamente asombrado por la complejidad del bosquejo.
—Con el material adecuado, mucho esfuerzo y algo de paciencia, claro que sí.
—Ustedes son unos verdaderos genios.
Acerco mi mano y acaricio su cabello con suavidad, un gesto espontáneo que me nace del pecho. A veces siento que actúo como ellos; tal vez, de tanto convivir con los alemanes, se me están pegando sus costumbres.
Al final del día, llevo a los chicos de regreso. Esta semana nos veremos seguido, ya que comenzarán a trabajar en los talleres de una empresa de transportes. Me alivia saber que la paga es justa; al menos no los explotarán por una miseria.
—Ruc, espera un momento —le pido, tocándole el hombro suavemente mientras dejo que sus amigos se adelanten hacia la entrada.
—¿Pasa algo? —pregunta, girándose hacia mí. La luz de la tarde moribunda le ilumina el rostro.
—Bueno... La primera vez que te vi... esa noche, tus ojos... —Las palabras se me traban en la garganta y de pronto me siento como el peor de los idiotas. Quizás sí estaba borracho después de todo—. Me pareció que eran de otro color —suelto al fin, casi en un susurro.
El efecto es inmediato. La sangre se drena de su rostro en un segundo, dejándola de una palidez fantasmal.
—No quiero incomodarte —me apresuro a decir, dando un paso hacia ella para mitigar el impacto de mis palabras—. Es solo que me parecieron hermosos, los ojos más bellos que he visto en mi vida. Me encantaría volver a verlos.
—Te los mostraré en otra ocasión, ¿sí? —responde con un hilo de voz, y noto un ligero temblor en sus manos—. No quiero que nos tomen más fotos y que el mundo me vea como si fuera un espécimen extraño en un laboratorio.
—No tienen por qué verte así.
—Los ojos violeta son demasiado raros aquí. Todo el mundo hablaría de eso, y ya no puedo soportar más la presión de la prensa.
Su angustia es tan real que me muerdo la lengua para no insistir.
—Lo entiendo. Será en otra ocasión.
—No se lo digas a nadie, Alaric. Lo de mis ojos... por favor —Su mirada se clava en la mía, cargada de un ruego casi doloroso.
—No te preocupes, morita. Es nuestro secreto —le aseguro. Me inclino y deposito un tierno beso en su mejilla; su piel aún está fría por la sorpresa, pero se relaja al tacto de mis labios.
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Editado: 10.08.2026