Ruc.
Está semana el trabajo en el taller nos tiene consumidos. La construcción del robot es una tarea titánica, pero vital: los niveles de contaminación de este planeta son verdaderamente inquietantes.
Zuna y Thed son los mejores arquitectos en robótica que tenemos; Azela y Kos no se quedan atrás, pero carecen de esa especialización tan necesaria. No tenerlos aquí ralentiza todo. Por suerte, Tali siempre guarda una carta bajo la manga y ellos nos asesoran desde las sombras, a salvo de los científicos locales que merodean intentando «ayudar». No entienden que su presencia solo altera nuestros sistemas. Se supone que son las mentes más brillantes de su especie, pero sus conocimientos nos resultan casi nulos; no comprenden ni la mitad de lo que les explicamos con extrema paciencia.
—¿Quién es Barty? —preguntó uno de los científicos, interrumpiendo mis pensamientos.
Mi amiga se puso de pie de inmediato.
—Soy yo.
—Un repartidor dejó esto para ti.
Al ver el enorme ramo de flores, Barty soltó un grito. No era de emoción, sino de absoluto terror.
—¿Por qué alguien le haría algo tan atroz a un ser tan hermoso? —preguntó, al borde del llanto. Kilio se apresuró a rodearla con un abrazo protector mientras ella acariciaba los pétalos. —. Miren lo que les hicieron. Las decapitaron.
—No llores, por favor. Buscaré la manera de revertir el daño celular y revivirlas, ¿de acuerdo? —prometió Kilio. Los científicos los miraron como si hubieran perdido el juicio por completo.
—Hola, mi morita —susurró Alaric, abrazándome por la espalda.
Frente a mí depositó un ramo de rosas rojas. Me apresuré a cubrirlo con mis manos; si Barty veía otro ser vegetal mutilado, sufriría una crisis.
—Gracias. Son... hermosas —Dije suavemente, girándome en sus brazos.
Estar tan cerca de él me permitía embriagarme con su perfume, una mezcla cálida que ya reconocía como suya.
—Señor Cavendish, por favor no distraiga a su novia. Estamos en horario laboral —intervino uno de los científicos.
Alaric lo fulminó con la mirada. Yo también deseaba hacerlo, pero mi naturaleza me impide procesar hostilidad hacia los humanos; simplemente no puedo mirarlos con malos ojos.
—¿Quieres ir a cenar esta noche? —me preguntó Alaric, ignorando al hombre.
—Sí, me encantaría.
—Paso por ti a las siete.
—De acuerdo.
El beso en la mejilla ya se había convertido en nuestro tierno ritual de despedida. Me fascinaba sentir su temperatura corporal; a los humanos parece gustarles el tacto, pues él siempre buscaba el contacto con mi rostro.
...
Para financiar nuestra estancia, Tali vendió uno de los diamantes que nos entregaron en Ramhl. Nos habían asegurado que aquellas rocas carbonizadas eran muy valiosas aquí, pero no lo creí hasta que el joyero nos ofreció una cifra astronómica por ella. Con esos recursos pagamos los servicios de la casa y compramos un vestido elegante. A mi «eterno» parece atraerle mucho el color violeta, así que seleccioné ese tono para la tela.
Todos en el refugio coincidieron en que el color me sentaba de maravilla. Hoy era el día en que, según mis cálculos estadísticos, quizás ocurriría mi primer beso. Dansy me ayudó con el cabello; había aprendido técnicas complejas observando los hologramas de una estilista humana llamada Abigail, una mujer sumamente talentosa.
—Ruc, encontré esto en una boutique de humanas refinadas. La vendedora insistió en que es el aroma ideal para el cortejo —dijo Azela, rociándome un poco de loción.
Huele delicioso, a vainilla y frutos del rojos. Curiosamente, se parece mucho al aroma que percibí en Alaric nuestro primer día.
—Gracias, Azela.
—Ve y, como dicen los nativos, «déjalo con el ojo cuadrado» —añadió entre risas, orgullosa de su nuevo modismo terrestre.
Alaric llegó con una puntualidad milimétrica. Me recibió con un abrazo y una caja de chocolates. En mi muñeca, mi reloj biológico parpadeó en rojo, advirtiéndome sobre un exceso inminente de calorías, grasas saturadas y un posible pico de glucosa. Decidí ignorar la alerta.
—Te ves preciosa. El violeta es definitivamente tu color.
—Gracias.
El trayecto, sin embargo, perdió encanto. Dos camionetas blindadas nos escoltaron y los guardaespaldas se apostaron tan cerca de nuestra mesa que la falta de privacidad resultaba incómoda.
—Lo siento, morita —se disculpó Alaric, tomando mi mano—. Cosas de mi padre. Te juro que intenté perderlos.
—No te preocupes —sonreí—. No quiero que te expongas. Hasta que no diseñe un campo de fuerza portátil para protegerte, tendrás que tolerar su presencia.
—¡Alaric! —un chillido agudo casi satura mis receptores auditivos—. ¡Alaric, al fin te dejas ver!
Una humana de facciones simétricas, ojos azules y una cabellera rubia que parecía irradiar luz solar se acercó y le plantó un beso en la mejilla. Vestía prendas con logotipos de alta costura y gemas de alta pureza.
—¿Y ella es...? —preguntó, barriéndome con la mirada.
—Hola, soy Ruc —la saludé con mi mejor sonrisa. Si era cercana a Alaric, debía ser una excelente persona—. ¿Tú eres...?
—Soy Gina. Su...
—Es un placer, Gina. Eres realmente hermosa. Tu ropa es fascinante y tu cabello parece haber capturado la luz de una estrella joven.
La humana se quedó desconcertada por un segundo y sus mejillas se tiñeron de rosa.
—Gracias... —balbuceó—. Tú también eres linda. No al nivel de mi estética, por supuesto, pero tienes lo tuyo.
—Te lo agradezco —respondí con sinceridad.
Al sentarse con nosotros, el aire se saturó de una fragancia idéntica a la mía: vainilla y frutos rojos. El mismo aroma que llevaba puesto yo, y el mismo que Alaric desprendía el día que nos conocimos. Mi procesador mental empezó a conectar variables.
—Estoy muy enfadada contigo, Alaric. ¿Por qué no has respondido mis llamadas?
—Gina, por favor. Estoy con mi novia.
—¿Ella es tu novia? —me señaló, con un matiz de desprecio en la voz.
—Sí.
—No me lo puedo creer —me lanzó una mirada gélida antes de volverse hacia él—. ¿Me reemplazaste por esto?
—Gina, tú y yo nunca tuvimos una relación formal.
—¡Claro que sí! Dijiste que me querías. Nos acostamos.
Parpadeé, confundida por la terminología terrestre.
—¿Ustedes durmieron juntos? —pregunté, tratando de entender la logística de compartir un ciclo de recarga de energía—. ¿En la misma cama?
— ¿Dormir? —Gina soltó una carcajada amarga—. No, cariño. Precisamente dormir fue lo que menos hicimos.
—No entiendo.
—Follamos.
Le pregunté discretamente a mi reloj qué significaba esa palabra. La definición que parpadeó en la pantalla fue como un golpe directo al estómago. En mi planeta ya tenía la edad suficiente para conocer esos procesos, pero al no tener un eterno asignado, jamás me permitieron asistir a las clases pertinentes. Saber lo que hacían a mis espaldas me dejó una sensación de vacío insoportable.
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Editado: 10.08.2026