Planeta Ideal.

No te respetas

Ruc.

Me puse de pie, lista para irme. Del restaurante, de su vida, de este país y de este planeta. Si Alaric había compartido con una humana lo que se supone que solo debía compartir conmigo, no tenía ningún sentido seguir luchando.

—¡Ruc, espera!

No hice caso. Ni siquiera me detuve cuando los guardias de seguridad intentaron bloquearme el paso; simplemente tomé una ruta alterna, caminé a paso firme hacia la salida del recinto y le hice la parada al primer taxi que vi pasar.

Le pedí al conductor que me llevara a la casa que Tali había rentado en la periferia. En la entrada ya me esperaban los dos únicos ramianos que parecían genuinamente comprometidos con mi felicidad.

—¿Cómo te fue? —preguntó Azela apenas puse un pie fuera del vehículo.

—Puedes decirle a Zuna que su deseo se cumplió —respondí, y mi propia voz me sonó extraña, desprovista de toda calidez—. Nos podemos ir de este planeta en el momento que ella decida.

—¿Pero qué pasó? —intervino Kos, dando un paso al frente.

Un pitido agudo y persistente comenzó a vibrar en la base de mi cráneo: la interfaz interna de mi sistema biológico advirtiendo una sobrecarga emocional en mi núcleo. Azela se liberó del agarre de su pareja y se acercó a mí rápidamente, colocándome una mano sobre el hombro mientras sus ojos se fijaban en el sutil parpadeo ámbar de mi muñeca.

—Ruc, tus biosensores están registrando anomalías críticas en tu ritmo cardíaco. ¿Ocurrió un accidente?

—Él... se apareó con una humana —solté.

La primera lágrima rodó por mi mejilla, caliente y pesada. Se supone que la biología ramiana está diseñada para la armonía y es inmune a la posesividad. Pero la teoría evolutiva de nuestro planeta se cae a pedazos cuando el dolor te quema el pecho. ¿Quién en la historia de nuestra especie ha tenido que ver a su eterno en brazos de un extraño? Nadie. Absolutamente nadie.

—Me dio la mayor prueba de deslealtad —añadí, sintiendo un nudo asfixiante que amenazaba con bloquear mis vías respiratorias—. Una cosa es darle a una humana el título de novia, o salir con ella a citas... pero otra muy distinta es entregarle su propio cuerpo. Algo sagrado que solo me pertenecía a mí.

Entre a la casa y cerré la puerta. Alaric ya estaba a unos metros de distancia. En cuanto llego grito mi nombre.

—¡Ruc! —Azela hizo el amago de abrir, pero la detuve en el acto.

—Si abres esa puerta, dejaré de considerarte mi mejor amiga. — Azela se congeló. Sabía perfectamente que los ramianos no somos capaces de hacer juramentos en vano; para nosotros, romper un lazo de amistad es poco común.

—Creo que, a pesar de todo, deberías hablar con él —sugirió Kos con cautela, rompiendo el silencio.

—No es necesario.

—¿Qué está pasando aquí? —La voz de Zuna interrumpió la tensión. Ella y el resto de la tripulación acababan de llegar al vestíbulo principal, atraídos por la alerta de mi sistema.

—Podemos irnos cuando lo deseen —declaré, barriendo al grupo con una mirada firme. —. Alaric y yo hemos terminado.

—¿Pero qué fue lo que...?

—A ninguno de ustedes le importa realmente —los corté antes de que empezaran los cuestionamientos—. Sé que, bajo su fachada de apoyo, todos se sentían inseguros sobre mi relación con un nativo. Para su tranquilidad, el vínculo se ha roto. Tenemos las muestras de la flora, los planos de los proyectos de ayuda y la tecnología necesaria. Podemos dejar el resto del trabajo de campo en manos de los científicos locales. Nuestra misión aquí está cumplida; podemos abandonar la Tierra de inmediato.

Casi todos celebraban la decisión; la atmósfera colectiva era de alivio, pero mis dos mejores amigos no encajaban en ese entusiasmo. En sus rostros solo había inquietud, y no dejaban de insistir en que debía confrontar a Alaric.
—¡Ruc! ¡Ruc, no voy a irme! ¡Escúchame, por favor! —El grito de Alaric atravesó el aire, cargado de desesperación—. ¡Ella no es nadie! ¡Ruc, yo...! ¡Yo te lo puedo explicar!
—Creo que el humano habla en serio —intervino Kos, ajustando la vista—. Sus sensores biométricos indican que no miente.
—¿De verdad vas a dejar que pase la noche a la intemperie? Es peligroso —añadió Azela, intentando derribar mi muro defensivo.
No me quedaban fuerzas para sostenerle la mirada.
—Tiene a sus guardaespaldas —sentencié antes de dar media vuelta y subir a la segunda planta. Nunca me había sentido tan agradecida por la privacidad de mi habitación; derrumbarme frente a los demás no era una opción, y me rehusaba a cargar los hombros de nadie con el peso de mis emociones.
..
Un poco más tarde, Azela volvió para avisarme que Alaric continuaba en la carretera, desafiando las órdenes de sus guardias de retirarse. Me acerqué al cristal y me asomé: la penumbra de la noche confirmaba sus palabras. Él seguía allí, inmóvil.
—Se acerca una tormenta, Ruc. ¿En serio vas a dejarlo ahí fuera?
La culpa me oprimió el pecho. Los humanos son frágiles, vulnerables a la exposición prolongada al frío y al agua.
Acomodé mis pupilentes, me limpié el rastro de las lágrimas y busqué en el espejo una compostura que no sentía antes de salir a enfrentarlo. En cuanto crucé el umbral, nuestras miradas se cruzaron. Pero no encontré al Alaric de siempre: la ternura habitual se había evaporado, reemplazada por un miedo casi visceral, y la devoción de sus ojos rayaba ahora en una fijación obsesiva. Era una visión perturbadora.
—Ruc... —balbuceó, dando un paso al frente mientras su expresión se suavizaba—. No tengo nada con ella. Te lo prometo.
—Dormiste con ella.
—Eso fue en el pasado.
—Eso no cambia que compartiste tu cuerpo con ella.
Él frunció el ceño, desconcertado:
—¿Tan importante es eso para ti?
—Lo es. Alaric, no te respetas a ti mismo. En mi planeta... —La palabra se me escapó antes de poder frenarla, e intenté corregirme al instante—... en mi cultura, las parejas comparten sus cuerpos solo después de la ceremonia. —Ese era el término más cercano para explicarlo—. Y solo lo hacen con quien aman. Si tú lo compartiste con ella... —Tragué saliva, sintiendo una punzada dura en la garganta—... es porque debes amarla profundamente.
—No... No es así, Ruc. Te juro que no.
—No me toques —ordené, dando un paso atrás al ver que estiraba la mano—. Por favor, vete. Me destroza verte aquí.
—Ruc...
—Que te quedes bajo la lluvia no va a cambiar lo que siento ni la decisión que tomé. No te hagas esto en vano. Vete.




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