Planeta Ideal.

21

Alaric.

No, ella no podía privarme de su presencia. No podía pretender que la dejaría ir tan fácil. Había entrado en mi vida con la fuerza destructiva de un huracán, dejando todo mi mundo en ruinas a su paso.

—Adiós, Alaric.

—Por ahora, Ruc —murmuré.

Evitó mi mirada, pero casi podía sentir el dolor físico que emanaba de ella. Si tanto le afectaba, ¿por qué lo hacía? ¿Por qué no podía simplemente mandar a volar su cultura y escuchar a su corazón?

..

Dos días después, estaba sumido en una espiral de depresión y mal humor. No me soportaba ni yo mismo. Jamás me había afectado una ruptura, siempre me daba igual, pero ahora sentía un vacío insoportable, como si no fuera capaz de respirar sin ella.

La había buscado en el laboratorio y en su casa, pero se escondía de mí. Siempre salía alguno de sus amigos a decirme con voz plana que no estaba. No les creía una sola palabra.

—¿Problemas de amor? —interrumpió Nicolás.

Ciertamente, él era la última persona en la Tierra con la que pensaba hablar de mis sentimientos.

—Piérdete.

—Con gusto.

Siguió de largo, pero se detuvo en seco al divisar a Barty. Estaba tan idiotizado por ella que daba lástima.

—Hola —saludó él, intentando sonar casual.

Barty lo miró extrañada, como si de pronto le hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿Te hice algo malo? —preguntó.

—¿Cómo?

—Me enviaste flores decapitadas. ¿Por qué harías algo tan cruel?

—Yo... yo creí... Como te gustan tanto las plantas, pensé que te haría feliz.

—Las mataste —sentenció ella, frunciendo el ceño—. Y Kilio no ha podido revivirlas; al contrario, cada día están más marchitas.

—Oye, lo siento. Te lo compensaré, te juro que plantaré una hectárea entera para ti.

—No es necesario. Solo no vuelvas a decapitar flores, me pone triste. Y a Kilio no le gusta verme triste.

—Está bien. Prometido: nunca más decapitaré una flor.

—Gracias, humano. —A todos ellos se les dificultaba el inglés, siempre hablan cómo alienígenas. —. ¿Puedes venderme robles, manglares y pinos? Nos los llevaremos a nuestro plane... a nuestro país.

—¿Se van? —interrumpí, dando un paso al frente y cortando su conversación.

—Así es. Partimos en dos semanas.

—¿Y qué hay de la universidad? ¿Los proyectos? ¿Su vida aquí?

—Nosotros no tenemos una vida aquí. Solo nos quedamos porque Ruc quería estar contigo. Ahora que ya no quiere, podemos irnos. —Barty desvió la mirada, ignorándome por completo, y volvió a dirigirse a Nicolás—: Iré a tu invernadero mañana. ¿Puedes tener unos treinta árboles listos?

Nicolás se quedó pálido, incapaz de articular palabra.

—¿Estás bien? Parece que se te bajó el azúcar.

—Estoy bien —logró articular Nicolás, clavándome una mirada asesina—. Creo que tú y yo tenemos que hablar.

Esperamos en silencio a que Barty se alejara. En cuanto estuvimos solos, se giró hacia mí con fiereza.

—¿Qué demonios le hiciste a la alemana?

—No tengo por qué darte explicaciones.

—No te lo pregunto porque me importe tu patética vida, me importa porque quiero encontrar la manera de arreglarlo. Tienes que volver con ella.

—¿Desde cuándo te preocupa mi vida sentimental? —solté una risa sarcástica.

—Desde que tu desastre amoroso arruinó mis planes de cortejo.

—¿Quieres un consejo?

—No.

—Te lo daré de todos modos: deja de buscarla. Esa chica no está enamorada, está completamente perdida. Deberías notarlo.

—Deja de preocuparte por Barty y ocúpate de recuperar a Ruc.

—¿Y qué crees que he estado haciendo estos dos días?

—Perder el tiempo, obviamente.

—A ver, genio, ilumíname con tus brillantes ideas. ¿Qué se supone que deba hacer?

Ruc.

Día siete sin ver a Alaric. Me siento extrañamente vacía, como si el órgano encargado de bombear sangre a mis pulmones hubiera reducido sus pulsaciones a un ritmo agonizante. Mi cerebro se niega a entrar en reposo; proyecta, en un bucle incesante, cada una de nuestras citas. Esos breves instantes suspendidos en el tiempo, en especial el día en que cruzamos miradas por primera vez. La certeza absoluta que me infundió entonces: la promesa de que no volvería a vagar en soledad, la ilusión casi mística de haber encontrado a mi eterno.

Toda esa estructura lógica de felicidad se desmoronó por culpa de esa humana rubia.

—Ruc... ¿Puedo pasar? —Azela entreabre la puerta con cautela, escudriñando el penumbra de la habitación—. No estás bien. Deberías hablar con él.

—Ya hablamos —respondo, sintiendo un nudo ahogarme la voz—. La verdad es que nunca habría funcionado. Alaric jamás habría aceptado mi verdadera naturaleza; tal vez ni siquiera era capaz de amarme. Para los humanos, ese concepto es complejo. Sus afecciones son volubles; cambian de rumbo al menor estímulo y...

—Basta —interrumpe Azela con suavidad—. No te martirices más. Ven conmigo.

—¿A dónde?

—Solo confía.

Un vehículo nos aguarda en la entrada, con el motor emitiendo un zumbido constante. Por el bien de ambas, espero que este desplazamiento no guarde relación alguna con él.

—Si se trata de una cita con el humano, no pienso subir.

—No es una cita.

Los ramianos somos incapaces de formular una falsedad. Intentarlo provoca un disparo de adrenalina tan severo que cualquier congénere lo captaría al instante. Que los marcadores fisiológicos de Azela permanezcan alterados en un cero absoluto es la única garantía de verdad que necesito.




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