Ruc.
Barty también está aquí; llegó tan solo un instante después de mí. Las tres nos encontramos al borde de un mirador en el que el auto nos dejó. Azela, con una sonrisa misteriosa, nos pide que nos acerquemos a la orilla. De pronto, Barty suelta un grito, esta vez de pura alegría, y me toma del brazo para que observe.
Al asomarme, el aliento se me congela en la garganta. Ante nosotras se extienden al menos dos hectáreas repletas de flores. La imagen roza lo surrealista: no solo por la inmensidad del campo, sino porque es un mar de un rojo vibrante, sembrado con tal precisión que dibuja con claridad las palabras I love you.
No sé qué clase de arquitecto concibió semejante obra; claramente fue un genio de la botánica, un hada de jardín o alguien capaz de mover montañas por amor. Es sencillamente deslumbrante.
—Eso es lo que él siente por ti, Ruc —susurra Azela, mientras el calor de las lágrimas me empaña la vista—. Nos pidió que te lo mostráramos y que, si estás de acuerdo, te lo diga él mismo.
Apenas logro asentir, ahogada por un nudo en la garganta. Minutos después, el murmullo de un motor anuncia su llegada. Del auto baja Alaric. Lleva una camisa azul, pantalón recto oscuro y una mirada tan intensa que disuelve toda mi templanza. Me pierdo de inmediato en sus ojos: ese verde profundo que evoca los bosques en primaveran
—Ruc —pronuncia mi nombre, convertida la voz en un ruego desesperado—. Por favor, no te vayas. No quiero que regreses a Alemania... no quiero perderte.
—Alaric, yo...
—Sé que no soy lo que mereces, que nuestras culturas son mundos opuestos. Pero, Ruc, cada vez que me miro en tus ojos, sueño con una vida entera a tu lado. Tienes una luz que eclipsa todo lo demás; me haces olvidar el ruido del mundo para concentrarme solo en ti. Mi vida cobra sentido con el simple eco de tu risa —da un paso firme hacia mí y envuelve mis manos entre las suyas—. Te amo, Ruc. Lo supe desde el instante en que caí sobre ti en aquel hotel, desde que nuestras miradas chocaron por primera vez. Eres la única persona a la que podría amar.
Su rostro se inclina hacia el mío. Sus labios rozan los míos en una caricia tibia que, en un pestañeo, se transforma en un beso profundo. Aunque jamás he besado a nadie, entregarme a él se siente tan natural como si lo hubiera hecho en mil vidas pasadas. Nuestros corazones martillean al mismo ritmo, las respiraciones se mezclan y nuestras lenguas se encuentran en un compás perfecto. Si así es como se siente besar a tu eterno, debo proclamar que es la maravilla más grande de este universo.
Alaric.
Esto no era un simple beso; era una promesa grabada a fuego: fidelidad, amor y una confianza ciega. Me desarmé por completo. Con Ruc la armadura no me hacía falta; era absurdamente fácil mostrarme tal cual soy. El pánico de confesarle lo que sentía terminó siendo una sombra insignificante comparado con el abismo de perderla.
Me alejé despacio, conteniendo el aliento para dejar que mis ojos hablaran por mí. La busqué en el silencio. Pero no reaccionó, y un frío repentino me oprimió el pecho. ¿Y si solo fue un beso de despedida? ¿Y si el rencor pesa más que esto?
—Ruc —la envolví en un abrazo, aferrándome a ella como si pudiera detener el tiempo—. ¿Te vas a quedar?
—Yo quiero...
—¡Ruc! —El grito de Maro cortó el aire mientras irrumpía a pasos agigantados—. Tenemos que irnos. Ahora.
—No te la puedes llevar —intervine. — Ruc no...
—Mira, humano —Maro me encaró, recortando la distancia con una mirada helada—: tengo prohibido golpearte a menos que la ocasión lo requiera. Suelta su mano ahora, o te juro que haré que se requiera.
El agarre de sus dedos se deslizó lentamente fuera del mío.
—Ruc...
—Espérame. Solo espérame.
Ruc.
Nos reunimos en un círculo tenso, con la mirada fija en el mismo punto: Maro.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—La nave espacial desapareció.
—¿Qué? —Nos miramos entre nosotros, incrédulos—. Pero Tali activó el escudo de invisibilidad. ¿Cómo es posible que...?
—Tampoco lo entendemos —nos cortó Maro, tajante—, pero este no es el lugar para discutirlo.
—¿Todo bien? —Una voz nos interrumpió. No había notado que Nicolás estaba tan cerca—. ¿Siguen en pie los planes de irse o qué?
—No hablaremos de eso contigo —sentenció Maro, dando un paso al frente con la postura defensiva—. Vámonos.
—Ruc —escuché a mis espaldas. Me giré y me topé con la mirada desorientada de Alaric. Su rostro era un poema de confusión.
—Ruc, vámonos ya —insistió Maro, jalándome sutilmente del brazo.
—Sólo quiero despedirme —murmuré. Rompí la distancia y caminé hacia Alaric.
—No te irás, ¿verdad? —preguntó él. Había una sombra de miedo en su voz.
—Por el momento, no —respondí. Mi respuesta no logró aliviar la tensión de sus hombros—. Yo también te amo.
Alaric me escaneó el rostro, buscando alguna mentira, hasta que el peso de sus ojos se suavizó. Deslizó sus manos alrededor de mi cintura, me atrajo hacia él y me besó con una mezcla de desesperación y alivio.
—¿Todavía eres mi novia? —susurró contra mis labios al separarnos.
—Sólo si prometes que seré la última y la única persona a la que dejarás tocarte a partir de ahora.
—Te lo prometo, morita.
—Ruc, no tenemos tiempo. Nos vamos —sentenció Maro desde atrás.
—¿Te veo mañana? —le pregunté a Alaric, soltándolo a regañadientes.
—Sí. Nos veremos.
...
En cuanto cruzamos la puerta de la casa, el caos nos recibió de golpe. Tali, Kos y Azela —los encargados directos de la nave— se amontonaban sobre las pantallas, rastreando desesperadamente cualquier señal. La pérdida de la nave nos ponía a todos una soga al cuello: si alguien encontraba rastros de nuestro ADN y lograba rastrear nuestro origen, el destino de nuestra especie estaría sellado. Ni siquiera quería imaginarlo.
—Es imposible que un humano normal la haya encontrado —aseguró Azela, golpeando la mesa con frustración. Tenía razón; su tecnología no daba para tanto.
—¿Y si no fue un humano? —lanzó Tali al aire.
La frase congeló la habitación.
—¿Crees que haya otros extraterrestres viviendo entre los humanos? —Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal. Sabía muy bien que no todas las civilizaciones intergalácticas compartían nuestras intenciones pacíficas.
—Es muy probable —continuó Tali, sin apartar la vista de los datos—. Hay miles de civilizaciones y cualquiera podría estar saqueando recursos en este sector. Este planeta tiene ecosistemas variados, flora con propiedades curativas únicas y, lo más alarmante, su especie es extremadamente fértil. Lo que significa que...
—No —la interrumpí de golpe, sintiendo cómo se me erizaba la piel—. Ellos no harían eso. Ni siquiera pueden tocar a sus propias parejas.
—Están desesperados por salvarse, yo sí los creo capaces —sentenció Tali con voz sombría.
Los Destructores. Su nombre no era una metáfora: eran una especie dedicada puramente a colonizar y devorar planetas. En los últimos seis siglos, sus guerras sangrientas habían diezmado a más de la mitad de su población, pero su verdadera maldición era biológica: la piel de los varones se había vuelto letal al contacto. En el pasado, según las antiguas investigaciones, sus parejas destinadas poseían una inmunidad natural que les permitía reproducirse. Hoy, esa inmunidad había desaparecido. Ni siquiera sus almas gemelas podían tolerar esa piel implacable, si no morían, recibían una descarga que las dejaba en un estado vegetativo. En este tiempo, para ellos la mayor muestra de amor era no tocar jamás a su amada.
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Editado: 10.08.2026