Ruc.
No puedo aceptar que esa especie comparta nuestro mismo suelo. Aunque nuestra biología desconoce el odio, sí experimentamos miedo, empatía y dolor. Si llegan a utilizar nuestra nave para secuestrar humanas, la culpa pesará sobre nosotros por el resto de nuestra existencia.
—Tenemos que encontrarla —dije rompiedo el silencio.
—¿Cómo pretendes que rastreemos a un destructor? —intervino Zuna. —. Su tecnología es tan avanzada como la nuestra; no dejarán un rastro fácil.
—Debemos consultarlo con la administradora. Ella es la ramiana con mayor registro de datos sobre esa especie.
Le enviamos un mensaje de inmediato, ignorando cuánto tardará en responder. Mientras tanto, nos dispersamos para idear una solución; cada uno aporta teorías y esquemas. Todos comprendemos la arquitectura de la nave, así que cualquier propuesta, por mínima que sea, resulta indispensable.
...
Ha transcurrido una semana en penumbra, sin noticias. Los mensajes interestelares tardan días en cruzar el vacío, así que nos forzamos a mantener la calma y no entrar en pánico.
—Tali, ¿estás bien? —me acerqué al ver su postura rígida.
—No del todo.
—Esto no fue tu culpa.
—Soy la encargada directa del camuflaje; técnicamente, sí lo es —respondió, con la voz quebrada—. Debí ocultarla mejor. Ponerle un sensor para hacerla indetectable a su tecnología, o instalar una carga explosiva por si un extraño intentaba abordarla... No lo sé, debí prever cada variable.
—Estás haciendo todo lo posible por localizarla. Todos lo valoramos.
Una vibración sorda en la puerta interrumpió la conversación. Consulté el panel de seguridad desde la interfaz de mi muñeca: era Alaric. Le había dicho que estaría fuera un par de semanas y que debíamos cortar comunicación. Sin embargo, la alteración fisiológica que me provocó mentirle fue devastadora: mis sistemas colapsaron y tardé tres horas en recobrar el conocimiento. Si le abro la puerta y vuelvo a engañarlo, me arriesgo a sufrir una falla orgánica grave.
—Deberías salir a despejarte —sugirió Tali al notar mi duda—. Aquí nos apoyamos entre todos, pero te hará bien estar con alguien de afuera.
—Está bien.
Al abrir, me encontré con una mirada extraña. Sus pupilas y su respiración delataban que no estaba en pleno uso de sus facultades.
—¿Así funcionan las relaciones en tu cultura? —espetó antes de que pudiera saludarlo.
—No entiendo...
—Te dije que te amaba y me evitaste una semana entera. No contestas el teléfono, no me llamas, no te importa cómo estoy... ¿Así es como aman ustedes?
—Eso es... Oye, lo siento. Hemos tenido un exceso de trabajo.
—¡No mientas! —alzó la voz, dándose la vuelta con frustración—. Ni siquiera se han parado por el laboratorio. Ninguno de ustedes.
—Es porque estamos trabajando en algo distinto —respondí de inmediato. Revisé mis lecturas internas: la verdad mantuvo mis constantes vitales estables.
—No. Es porque ya no me quieres —dijo, fijando sus ojos en los míos con dolor—. Solo querías vengarte de mí.
—Eso no es verdad. Sería incapaz de hacerte daño, jamás podría. Puedes preguntarle a los demás: hemos estado trabajando sin descanso. De verdad.
Sus hombros se relajaron lentamente a medida que las dudas se disipaban de su rostro. Al ser completamente honesta, mi tono le devolvió la certeza. —Siempre te voy a necesitar, Alaric. — "Necesidad del otro" es la traducción más aproximada para el vínculo que definimos en mi planeta natal. —Siempre te voy a amar — le dije en voz alta, recurriendo a las palabras que en su idioma describen con mayor precisión lo que se canaliza en mi interior.
—Te he extrañado tanto, Ruc —murmuró al envolverme en sus brazos. Su fuerza física rozó el límite del dolor; me estrechó con un ímpetu que me hizo sentir frágil.
—Alaric... no me dejas respirar.
—Perdón —se disculpó de inmediato, reduciendo la presión.
—Yo también te extrañé —musité, rozando su mejilla con un beso—. Vamos a tomar algo. Yo invito.
— Okay.
...
A pocos minutos de la casa encontramos un Starbucks y decidimos hacer una parada para refugiarnos del calor con algo frío. Alaric se decidió por un caramel macchiato y yo por un frappuccino de caramelo. Dos joyas azucaradas, lo supe en cuanto intercambiamos sorbos para probar el del otro.
—Nunca había tomado algo tan dulce.
—¿Te cuidas mucho?
—No es eso. Es solo que no hay de estos en... Bueno, no había.
—Debió de ser difícil crecer en un orfanato. — En realidad, no quería tocar el tema; no poseo el talento casi quirúrgico de Tali para tejer mentiras al vuelo y mantener la compostura intacta cuando el ambiente se vuelve tenso.
—Este... ¿y si vamos al parque? Me gustaría balancearme en uno de esos.
—Lo que quieras, morita.
Nos acercamos y me acomodé sobre la vieja tabla de madera. Alaric se posicionó a mis espaldas y comenzó a empujarme con cuidado mientras yo sujetaba con fuerza las cadenas frías y herrumbrosas.
—¿De verdad nunca te habías sentado en un columpio?
—¿Tan obvio es?
—Un poco —admitío entre risas.
Al final, el aire fresco y las risas compartidas llenaron el espacio. Resultó ser inesperadamente liberador; ahora entendía perfecto por qué los niños nunca quieren bajarse de ellos.
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Editado: 10.08.2026