Planeta Ideal.

Capitulo 25

Alaric.

Los amigos de Ruc concluyeron una presentación impecable. Sobre la mesa desplegaron exactamente la misma tecnología que ella me había confiado en secreto, pero añadiendo tecnicismos minuciosos sobre su secuencia de activación. Aún recordaba el roce de sus dedos contra mi piel cuando ella misma ejecutó el procedimiento en mi muñeca y, con paciencia infinita, me enseñó a liberarme de él.
Un silencio denso cayó sobre la sala. Los rostros de los magnates reflejaban una mezcla de escepticismo y codicia. Esos chicos no solo habían diseñado un dispositivo; habían forjado un escudo impenetrable para proteger a la sociedad. Especialmente a las mujeres.
—Suena fascinante —interrumpió la vicepresidenta. Su voz, afilada como un bisturí, cortó el aire—. Pero seamos realistas. ¿Qué ocurriría si cada ciudadano llevara uno puesto? ¿Cómo nos garantizan que esto no desencadenará un caos incontrolable?
—Porque no fue concebido para el caos, sino para blindar a los vulnerables —respondió Ruc. Su tono poseía una templanza que me desarmaba por completo, una seguridad magnética de la que me enamoraba un poco más cada segundo—. Fue programado para proteger a las personas de buen corazón.
—¿Pretendes que creamos que una simple pulsera posee el criterio moral para distinguir entre el bien y el mal?
En un instante, todas las miradas de la cúpula cayeron sobre ella como navajas. Un nudo de angustia se me apretó en la garganta; la necesidad física de ponerme de pie y protegerla me quemó el pecho. Hice el ademán de intervenir, pero mi padre clavó sus ojos en mí y negó con la cabeza, imperceptible pero tajante. Casi al mismo tiempo, el teléfono vibró en mi bolsillo. Sin necesidad de mirar la pantalla, supe qué leía el mensaje:
«Deja que se las arregle.»

—Si dudan de mi palabra, pongámoslo a prueba en el único terreno donde ustedes no pueden fingir —propuso Ruc. Adoraba el fuego sereno que salía de sus ojos—. Sé que en este país acostumbran encerrar a las personas peligrosas tras rejas y muros. Vayamos a una prisión. Quiero que presencien en tiempo real lo que le sucede a un agresor cuando intenta forzar el brazalete.
El desafío desconcertó a la junta, pero mi padre no perdió el tiempo en traslados. Con un gesto glacial a los guardias de la puerta, ordenó traer de inmediato a uno de los reclusos más peligrosos del complejo penitenciario.
—Demuestra de qué es capaz tu invento —ordenó mi padre cuando el hombre, arrastrando las cadenas, fue apostado en el centro del recinto.
—Espera —se me escapó la voz, ahogada por el pánico. Ver a Ruc a escasos pasos de ese criminal encendió todas mis alarmas—. Que otro a haga la prueba.
—Tranquilo, no me pasará nada —murmuró ella hacia mí, dedicándome una mirada fugaz que buscaba apaciguar mi tormenta interna.
Con paso firme, Ruc cruzó la distancia hacia el recluso. Aunque el hombre estaba fuertemente custodiado, el peligro en la habitación era palpable. Ella sostuvo uno de los prototipos y rozó la muñeca del prisionero. Al instante, el dispositivo destelló con una luz roja, violenta y parpadeante.
—Sujeto no apto —dictaminó una voz sintética, fría y carente de matices.
—Eso no prueba nada —bufó la vicepresidenta, acomodándose los anteojos con desdén.

—Si una demostración no basta, hagamos la prueba con ustedes —desafió Ruc, dando un paso al frente. Un soplo de aire helado pareció recorrer la mesa de negociaciones—. El brazalete elige a quién proteger porque reconoce la intencionalidad. ¿Alguno se ofrece voluntario?
Nadie se movió. El silencio fue absoluto.
—¿A qué precio planean comercializarlo? —interrumpió uno de los consejeros, cambiando bruscamente de tema para escapar del juicio moral al que Ruc los estaba sometiendo.
—Veinte dólares.
—¿Veinte dólares? —La sala estalló en un murmullo caótico de indignación—. ¿Perdió el juicio? Nos tomó meses de negociaciones y millones de dólares en infraestructura. ¿Cómo pretende regalarlo a un costo tan ridículo?
—Técnicamente, el desarrollo y la ingeniería nos tomó meses a mis amigos y a mí —corrigió Ruc, impertérrita ante el alboroto—. La inversión de capital que ustedes aportaron les será reembolsada hasta el último centavo, con un margen de ganancia sumamente generoso.
—¿Y de qué forma pretendes lograr eso vendiendo cada unidad a veinte dólares?
—Hicimos la proyección matemática —explicó, cruzando los brazos con elegancia—. La población mundial bordea los 8.300 millones de personas. Si el 49,7% son mujeres, hablamos de 4.125 millones de usuarias potenciales. Una penetración básica a veinte dólares genera un ingreso de 82.500 millones de dólares. El costo operativo no superó los 30 millones. Las cifras se explican solas. ¿Sigue pareciéndoles insuficiente?

—Das por sentado que absolutamente todas las mujeres del planeta van a comprarlo.

—Dar por sentado no; sé que todas las mujeres desean la libertad de sentirse seguras.

—Eres una ingenua —espetó el presidente. —. Pasas por alto que un porcentaje masivo de esa cifra corresponde a niñas y recién nacidas.
—Contemplamos cada variable, señor presidente —respondió Ruc, sosteniéndole la mirada con una nobleza desarmante—. Adaptamos versiones antropométricas para niños, jóvenes y hombres. Este mundo es hostil, y quiero creer que todos en esta sala compartimos el deseo de proteger a los más vulnerables. Por eso el costo debe ser accesible para cualquiera. Si no lo aceptan, lanzaremos la tecnología de forma independiente, saldaremos la deuda con ustedes sin margen de ganancias y jamás volveremos a diseñar un solo prototipo para esta corporación.
—¿Te crees indispensable?
—No me creo indispensable; sé que el talento de mi equipo lo es. La inteligencia artificial que les diseñamos ya les genera ingresos astronómicos. Deberían conformarse con eso y obsequiar estos brazaletes, pero prefieren seguir amontonando riqueza que ni en tres vidas podrían gastar. —Me erguí en la silla, con el orgullo hinchándome el pecho mientras la escuchaba acorralarlos—. Usted preside un país. Su pueblo le otorgó su confianza en las urnas; demuestre que no se equivocaron.
Me giré levemente para observar a mi padre. Su rostro no reflejaba derrota; al contrario, sus ojos se entrecerraron con un cálculo macabro. El discurso idealista de Ruc no lo había vencido: le había entregado la clave para un juego mucho más retorcido.
—Tienes toda la razón —pronunció mi padre, poniéndose de pie con parsimonia. La sala entera enmudeció al instante—. He tomado una decisión. Adoptaremos el principio de equidad para este proyecto. —Hizo una pausa calculada, dejando que su voz resonara en las paredes—. El costo se estratificará según el nivel socioeconómico. A las élites financieras se les venderá en doscientos mil dólares; a la clase media alta, en cincuenta mil; a los trabajadores promedio, en doscientos cincuenta; y al estrato más bajo, en solo cinco dólares. Además, la corporación donará miles de unidades a los sectores desprotegidos, comenzando por orfanatos y refugios. ¿Qué opina, señorita Ruc? ¿Acepta este esquema de equidad?
Ruc guardó silencio unos segundos, escudriñando la trampa oculta tras la máscara de benevolencia de mi padre.
—El escalonamiento de precios me parece desproporcionado —concluyó ella finalmente—, pero si eso garantiza que los más necesitados reciban protección inmediata, acepto el trato.
—Excelente —dijo mi padre, esbozando una sonrisa fría mientras firmaba la sentencia de su nueva y multimillonaria maniobra.




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