Alaric.
Hoy era un día normal. Bastante normal. Un sábado cualquiera que usaría para tener una cita con mi novia.
No quería llegar a su casa con las manos vacías, pero un ramo de flores no era opción; no tenía ganas de soportar los dramáticos sollozos de su amiga Barty. En su lugar, pasé a la joyería. El anillo que mandé a diseñar a medida ya debía de estar listo.
Pregunté al encargado y asintió. Al mostrármelo, sonreí: el diseño era exactamente como lo imaginé. Base de oro, un diamante violeta en el centro y dos zafiros azules flanqueándolo.
Definitivamente tendría que felicitar al joyero en persona.
Salí del local con la joya guardada en su caja. Ya quería ver la cara de Ruc. Siempre se ponía feliz cuando le llevaba un pastel, una dona o alguna bebida; no me podía ni imaginar la sonrisa que pondría al ver esto.
Entonces, un sujeto con la fuerza de un toro me embistió.
El impacto me quitó el aire. Caí de golpe contra el pavimento y la caja resbaló de mis manos. El hombre la recogió el anillo con una agilidad pasmosa. Sus ojos se dilataron por la sorpresa y me miró como si el criminal fuera yo.
—¿De dónde sacaste esto? —demandó con una voz profunda que retumbó en mi pecho.
—¿Y por qué respondería a tus preguntas? —contesté mientras me ponía de pie, sacudiéndome la ropa.
A ojo de buen cubero, parecía unos cinco años mayor que yo. Tenía la piel bronceada y unos ojos azul oscuro tan profundos que resultaban inquietantes. Supongo que las chicas lo encontrarían atractivo: era más alto, más corpulento y llevaba una camiseta ajustada que dejaba ver un abdomen y brazos marcados.
—Esto no te pertenece —dijo con firmeza.
—¿Así es como roban ahora los ladrones?
—¿A quién llamas ladrón?
—A ti, por supuesto —me reincorporé por completo—. Dame mi anillo.
—No es tuyo.
—Claro que lo es. Dámelo o llamo a la policía.
Dio un paso al frente y yo intenté acortar la distancia para quitárselo de las manos, pero antes de que pudiera tocarlo, un zumbido agudo vibró en mi muñeca y un escudo de energía transparente se desplegó a mi alrededor, bloqueándome el paso.
«Peligro. Piel venenosa», anunció la voz sintética de mi reloj.
Esta cosa definitivamente está defectuosa.
—Tecnología ramiana... — Se sorprendió el sujeto.
—Dame el anillo —exigí, apretando los dientes mientras la barrera me mantenía encerrado, emitiendo la misma advertencia ridícula una y otra vez.
—Deberías lanzarle una descarga eléctrica, me está robando —le recriminé al reloj.
El dispositivo obedeció y disparó un rayo de alto voltaje. La corriente golpeó de lleno al tipo... pero ni se inmutó. Vi con incredulidad cómo el chispazo azul se dibujó sobre sus venas antes de desaparecer bajo su piel bronceada, como si se hubiera bebido la electricidad. Tan solo soltó una risita sarcástica.
Vaya basura de tecnología. Subí la manga de mi camisa para revisar la interfaz del reloj y, al ver la marca en mi muñeca, el sujeto abrió los ojos como platos.
—¿Tú...? ¿Tú eres...?
La sirena de una patrulla resonó a lo lejos y el tipo rompió el contacto visual para echar a correr. Hijo de puta, se llevó mi anillo. Más les valía a los oficiales atraparlo y recuperar la joya; me había costado una fortuna y mi padre me mataría si se enteraba.
Un rato después, llegué a casa de Ruc con una tarrina de helado de caramelo, su favorito. Estúpido, me recriminé en silencio mientras camina a la puerta. Tenías una joya de millones y un imbécil te la quitó como si fuera una baratija de tres dólares.
— Hola Alaric. —dijo ella al verme y envolverme en un abrazo. Sus brazos siempre eran el lugar más seguro del mundo, pero enseguida se echó hacia atrás y me miró a los ojos—. Tus latidos están alterados... ¿Te pasó algo?
—Creo que el reloj está fallando.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Hoy intenté tocar a un sujeto y la interfaz dijo: "Peligro, piel venenosa" —intenté reírme para restarle importancia, pero las palabras se me congelaron en la garganta.
La calidez en la cara de Ruc desapareció al instante. Su agarre en mis brazos se volvió rígido y la tarrina de helado tembló ligeramente en su mano. Me miró como si le hubiera contado que los alienígenas invadieron la Tierra.
—¿Pasa algo? —pregunté.
—¿Ocurrió alguna otra cosa con el reloj? —quiso saber ella, ignorando mi pregunta por completo.
—La corriente paralizante no funcionó. El tipo pareció absorberla, quizás perdió potencia. ¿Podrías revisarlo?
—Sí... —susurró, sin quitarle la vista a mi muñeca—. Déjamelo por hoy.
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Editado: 10.08.2026