Planeta Ideal.

Capitulo 28

Ruc.
Alaric vio a uno. Tuvo a un Destructor justo frente a él y ni siquiera se dio cuenta. Ya no es una simple teoría: están en la Tierra. Están buscando algo y me temo que ese "algo" es... lo más horrendo que podríamos imaginar.
No quiero ni pensar en lo que sucederá si logran su cometido. Sería el inicio de desastres, muertes y guerras a escala universal.
—¿Estás bien?
El susto me hace saltar de la silla, haciendo chirriar las patas contra el suelo. Tali me observa con una preocupación palpitante desde un lado; Azela y Zuna la flanquean con rostros sombríos.
—¿Qué pasa? —insiste Tali.
—Están aquí. Los Destructores están en la Tierra. Alaric se cruzó con uno.
En este instante me lamento profundamente no haber instalado cámaras en su reloj. No quería invadir su privacidad, pero la realidad nos acaba de acorralar. Programaré el sistema para que solo grabe cuando detecte un peligro inminente; además de la descarga eléctrica más potente, la vigilancia se ha vuelto vital.
—Zuna, ¿me ayudas con esto? —le pido.
Ella asiente sin dudar. Podemos tener diferencias de opinión en muchos temas, pero el siempre nos preocupamos por la otra.

Llevo despierta desde las cinco de la mañana de ayer y ya son más de las cinco de la tarde. El aire en la habitación se siente pesado, cargado del olor a metal caliente y circuitos cargados. Es domingo, el día en que planeaba salir con Alaric, pero la urgencia lo consumió todo.
Nicolás vino a casa y se llevó a Barty a dar un paseo. La pobre sigue deprimida, extraña mucho a Kilio. Tali tampoco la está pasando bien; la entereza que mostró el primer día se ha desvanecido por completo, reemplazada por un silencio tenso.
Mientras tanto, Zuna y yo intentamos ponernos en contacto con los chicos, pero solo obtenemos estática. Ninguno responde. Es absurdo: nuestra tecnología está diseñada para atravesar las interferencias de los rincones más remotos del planeta.
—Me estoy preocupando.
—Creo que deberíamos ir a buscarlos —sugiere Zuna.
—Iré yo.
—¿Sola?
—Estaré bien. Tengo el brazalete protector y soy buena en campo abierto.
—No puedo dejarte ir sola —protesta—. Deberías llevarte al humano.
—No. Estaré bien, me mantendré comunicada durante todo el viaje.
Preparo una mochila a toda prisa y me dirijo al aeropuerto. Mientras intento abordar, una mujer me observa con fijeza y me detiene por el brazo.
—Tú eres la que inventó esto, ¿verdad? —pregunta, señalando la banda metálica en su muñeca.
Si lleva un brazalete, asumo que debe ser una buena persona. Sin embargo, un frío eléctrico me recorre la espalda: se supone que mi identidad es información clasificada.
—Sí... pero tengo mucha prisa.
—¿A dónde vas?
Le menciono mi destino y, para mi sorpresa, asegura que se dirige al mismo país. Se ofrece a llevarme en su jet privado, garantizando que ganaremos horas respecto a un vuelo comercial. Consulto disimuladamente mi reloj: el sensor no detecta variaciones en su pulso ni microexpresiones de engaño. Acepto.
Durante el viaje, el zumbido de los motores acompaña sus infinitos agradecimientos. Resulta ser una famosa cantante que vivía aterrorizada de salir a la calle; los guardaespaldas solo atraían más miradas. Ahora, con el brazalete, camina sin miedo.
—¿De verdad no sabías quién era? Soy muy famosa —comenta con una sonrisa ligera.
—Lo siento, no suelo escuchar música a menudo.
—¿Y a qué se debe tu viaje ?
—Prefiero no hablar de eso —respondo, cortando el tema con suavidad.
Su rostro se entristece. Me duele hacer sentir mal a una humana, pero revelar la verdad crearía una ola de preguntas.
Horas después, el frío de la montaña me recibe como un golpe helado en la cara. Ubico las coordenadas exactas, compro provisiones a toda prisa y comienzo el ascenso.
El terreno es empinado y traicionero. Las hojas secas crujen bajo mis botas mientras escaneo la primera sección de la montaña; nada. Cambio el algoritmo para rastrear calor corporal y, de pronto, el reloj emite un chasquido sordo: una lectura viva.
Apuro el paso con el corazón en la garganta, convencida de que he dado con mis amigos. Pero al apartar unas ramas, me congelo.
Frente a mí hay una figura de ojos azul oscuro, piel bronceada y una musculatura impresionante, capaz de destrozar al protector más fuerte de mi planeta. Un Destructor.
La adrenalina se me dispara en un torrente hirviente.
—¿Estás perdida? —Su voz es lisa, suave, modulada con una calidez calculada para imitar a los humanos.
En ese instante, una vibración sorda recorre mi muñeca. La pantalla del reloj parpadea en un rojo tenue: "Peligro: piel venenosa."
—¿No hablas inglés? —insiste, dando un paso casi imperceptible hacia mí.
Él no sabe que soy ramiana; los pupilentes marrones ocultan mi origen.
—Estoy... buscando a mis amigos.
—¿Quieres que te ayude?
—No. Muchas gracias.
Doy media vuelta y salgo disparada de allí. El sudor frío me cubre el cuello. Sé que se ha estado llevando humanas y, si descubre que estoy sola, no dudará en cazarme.
Me refugio en un sector distante. El aire se vuelve cada vez más gélido a medida que la noche cae sobre la cordillera. Intento usar el reloj otra vez, rogando no volver a cruzarme con el. Su pasividad es solo una táctica de invasión: las crónicas de mi planeta cuentan cómo llegaban a otros mundos en son de paz, ganándose sonrisas antes de clavar el puñal.
Desorientada y con las piernas temblando por el esfuerzo, me detengo a revisar la mochila. Entre la prisa, no compré una tienda de acampar, solo llevo una manta delgada.
—Parece que no encontraste a tus amigos.
La voz brota desde la penumbra, cortándome el oxígeno de golpe.
Me giro despacio, sintiendo la vibración del terror en mis dientes. Esta vez lleva una chaqueta negra y guantes de cuero.
—Ellos... estarán conmigo pronto.— Eso deseo.




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