Ruc.
Pasé los primeros minutos dentro de la tienda completamente inmóvil, apenas atreviéndome a respirar. Él seguía allá afuera. Veo su silueta recortada contra el tronco y es fácil deducir que mantiene la mirada fija en mi dirección.
Me desplomo sobre la colchoneta. La tienda de acampar ofrece un confort casi irónico para la situación en la que me encuentro, pero el sueño se negaba a llegar. No con un destructor a unos metros de distancia.
Tal vez, cuando amanezca, él caiga rendido y yo pueda dejarlo atrás.
Las primeras luces del sol comenzaron a teñir la montaña de un tono dorado: la oportunidad perfecta. Me levanto con sigilo, deslizo la cremallera sin hacer ruido y me asomo. Él está... ¿preparando café?
—Vaya, eres una humana madrugadora —dice, sin siquiera voltear. La falta de descanso no parece haber dejado mella en él; luce impecable—. Hice café. A la mayoría de ustedes les gusta.
—Gra... Gracias. —¿Y si le puso veneno? Contengo el impulso de probarlo.
—Creo que a ti no te gusta.
—Tengo que buscar a mis amigos. —Intento alcanzar mi mochila, pero sus largos dedos se adelantan y la sujetan primero.
—Cargaré esto.
—Yo puedo llevarla.
—Pesa más que tú. —Un toque de ironía en su voz me descoloca. No sabía que los destructores bromeaban—. Tranquila, no soy un ladrón. Solo intento ayudar a una damisela en peligro.
—No soy una damisela en peligro.
—Lo pareces. —Trago saliva y me resigno a su compañía. Por ahora. Ya encontraré la manera de escabullirme—. ¿Por qué estás aquí realmente?
—Ya lo dije: busco a mis amigos. —Evito tocar la interfaz de mi reloj. Usar mi tecnología frente a él es un riesgo que no puedo correr, y su presencia me está costando un tiempo valioso.
El camino se vuelve eterno bajo el sol creciente. Me termino la segunda botella de agua; por suerte me equipé con más de diez. En soledad habría avanzado el doble de distancia, pero con él marcándome el paso, apenas sé hacia dónde dirigir la marcha.
De pronto, un ladrido cavernoso rompe el silencio del bosque. Doy un brinco y miro en todas direcciones. De entre la maleza surge una criatura enorme, de al menos la mitad de mi estatura, enseñando una hilera de colmillos afilados. El instinto me domina y trepo a un árbol a toda velocidad.
Desde la copa, observo incrédula cómo el destructor se agacha a acariciar a la fiera mientras le murmura palabras en un idioma incomprensible.
—No tengas miedo, no muerde.
—¿Qué especie es esa? Jamás había visto algo así.
—Es un perro deforme. —La pantalla de mi reloj vibra suavemente en mi muñeca, detectando la mentira—. No te hará daño. —Esa afirmación no genera alertas, pero tampoco me calma.
—Baja de ahí, es mi amigo. Ven a saludarlo.
La criatura se sienta sobre sus patas traseras. A pesar de que parece más dócil, mi corazón sigue latiendo con fuerza.
—Si tuviste el valor de internarte sola en esta montaña, ¿por qué no tienes el valor de bajar a conocer a un nuevo amigo?
El "perro deforme", como decidió bautizarlo, empieza a batir la cola rítmicamente. Cuando al fin pongo un pie en tierra firme, el animal inclina la cabeza en una reverencia casi respetuosa.
—Creo que deberíamos seguir caminos separados. Ya me has retrasado demasiado.
—Mi amigo nos puede ayudar. Tiene un olfato súper desarrollado: dale alguna prenda de tus amigos y los rastreará.
Miro fijamente mi reloj. Sin advertencias. Dice la verdad. Resignada, le pido mi mochila, la desabrocho y saco una de las camisas que Barty me dio para Kilio. El animal acerca el hocico, olfatea la tela con fuerza y comienza a dar vueltas en círculos sobre la tierra.
Tres horas después, el sonido ensordecedor de una cascada nos recibe. El destructor me pregunta si quiero refrescarme, pero me niego con un gesto rápido. Él, en cambio, se despoja de la ropa y entra al agua sin dudarlo.
Aprovecho la oportunidad. Mientras se baña, me distancio a toda prisa y activo el escáner térmico de mi reloj. Las ondas rebotan en la vegetación y devuelven solo dos firmas de calor: un destructor y un animal. Nada más. Esto no me está llevando a ninguna parte.
La penumbra vuelve a apoderarse de la montaña y el agotamiento físico amenaza con derribarme. Con la mirada busco refugio en la copa de un roble robusto. Subo con dificultad, me sujeto firmemente al tronco con una correa y me fuerzo a cerrar los ojos.
Despierto al mismo tiempo que el bosque. Desciendo y activo el sensor térmico de nuevo. Cero lecturas. Recorro un par de kilómetros a ciegas.
Las botellas de agua se agotan rápidamente. Necesito encontrar un manantial. Lanzo un pulso de escaneo y la pantalla marca una fuente natural a pocos metros.
Acelero el paso por un sendero empedrado y resbaladizo. Mi pie pierde agarre y salgo despedida ladera abajo, rodando sin control mientras busco desesperadamente algo de qué agarrarme. Una roca sobresaliente frena mi caída de golpe con un dolor sordo.
Respiro hondo, cubierta de fango y hojas secas. Intento ponerme de pie, pero una punzada en la pierna me lo impide: estoy sangrando. Hurgando en mi mochila, saco una pomada regenerativa, pero la herida está demasiado sucia para aplicarla. Uso otra de mis botellas para limpiarme.
Estoy a punto de untar el gel cuando una sombra se proyecta sobre mí.
—Ahora sí eres una damisela en apuros.
—Estaré bien.
—¿Por qué huyes de mí? Solo intento ayudar.
Un destructor ayudando a una humana... ¿quién creería semejante locura? Se arrodilla a mi lado, examina el corte con frialdad y saca un recipiente de sus propias provisiones. Aplica un ungüento verdoso y, en cuestión de segundos, la piel rasgada se sella sin dejar cicatriz.
—No te sorprendas, es una pomada milagrosa. Se consigue en todos lados.
Detecto la mentira incluso antes de que el reloj emita su luz de advertencia.
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Editado: 10.08.2026