Planeta Ideal.

Capitulo 30

Ruc.
El destructor avanzaba a paso firme, guiado por el olfato del animal. Llamar a esa criatura «perro deforme» me dejaba un mal sabor de boca. Ya era bastante imprudente no saber su especie como para arriesgarme a preguntar de nuevo, pero quizás conocer su nombre era un terreno más seguro.
—¿Cómo se llama?
—Soy Odlas —respondió el destructor, sin volverse.
—Preguntaba por el perro —aclaré, sintiendo un leve rubor de vergüenza en las mejillas.
—Ah. Él es Fuego.
—Es un buen nombre.
—¿Y el tuyo?
—Ruc. Soy Ruc.
—¿Sin apellido?
—Tampoco has compartido el tuyo.
—Anipse. Odlas Anipse.
¿Anipse? Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿No era esa una de las familias más influyentes y poderosas de su planeta? No, debía de estar confundido; en su idioma muchos nombres sonaban similares. ¿Qué haría un heredero Anipse vagando en soledad por este mundo? A los descendientes de los primeros destructores se los custodia como tesoros inaccesibles; jamás les permitirían cruzar la galaxia sin un séquito de protección.
—¿Y...? —intenté indagar, pero un ladrido agudo me cortó la palabra.
Fuego tiraba de su rastro. Corrimos tras él y, al bordear la maleza, el corazón me dio un vuelco.
Allí estaban.
Sucios, magullados y con la ropa desgarrada, pero el leve subir y bajar de sus pechos me devolvió el aliento: estaban vivos, eso era lo único que importaba. Sin embargo, la angustia me oprimía el pecho. ¿Qué clase de amenaza les había hecho semejante daño?
—¿Ruc? —murmuró Maro, entreabriendo los ojos con esfuerzo.
Arodillándome a su lado, le ofrecí agua y un trozo de fruta para devolverle las fuerzas.
—¿Quién... quién te acompaña? —susurró, intentando enfocar la vista más allá de mí.
—Tranquilo, no te asustes —dije apresuradamente—. Me cree humana, no tiene intenciones de dañarnos.
—¿Por qué habría de asustarme un perrito?
Me giré confundido. El destructor había desaparecido sin dejar rastro, evapórandose en el aire de la montaña. En su lugar, trotando torpemente sobre la hierba, solo quedaba un cachorro de pelaje canela y orejas café.
—¿De dónde lo sacaste? —insistió Maro.
—Yo... —Tragué saliva, sin cabeza ni energía para inventar una historia coherente—. Olvídalo. Hay que concentrarse en Kilio; le puse la pomada, pero sigue sin responder.
—Déjame ver. Pásame el agua.

El enigma del destructor me martilleaba la cabeza. Pasó de socorrenos con un compromiso casi devoto a esfumarse en un parpadeo. Quizás fuera lo mejor: mientras mis amigos no indagaran, no tendría que tejer mentiras sobre cómo los encontré.
Horas más tarde, el bullicio del aeropuerto quedó atrás cuando nos confirmaron que Alaric nos aguardaba en su jet privado. Ocultamos el material utilizando los aislantes para eludir los escáneres de seguridad y cruzamos los controles sin contratiempos.
Alaric esperaba al pie de la escalinata. Su postura rígida y sus cejas contraídas delataban una mezcla explosiva de alivio y severa molestia.
—¿Por qué te fuiste sin decir nada? —soltó apenas me tuvo cerca—. ¿Tienes idea de la angustia que pasé?
—Lo siento... Mis amigos no respondían y...
—Pude haber movilizado un equipo de búsqueda profesional —reclamó, alzando la voz con frustración—. ¡No tenías por qué arriesgar la vida!
—Estoy bien, de verdad. Solo subí a la montaña y llevaba el reloj conmigo.
—No quiero que pongas tu vida en manos de un artefacto; quiero que confíes en mí. ¿Entiendes la diferencia?
—Alaric, no te enojes...
—Me aterroricé, Ruc. No pegué el ojo en toda la noche; de camino aquí solo podía rezar para que no te encontrara muerta.
—Agradezco profundamente que rezaras por mí —musité, ablandándome al notar el desgaste en sus ojos—. Te prometo que no volverá a ocurrir.
—Más vale que sea verdad.
Rrompió la distancia y me envolvió con firmeza entre sus brazos. Refugiado contra su pecho, sintiendo su calor, comprendí que esa protección era exactamente lo que necesitaba. — ¿Ese perrito es tuyo? — En las escaleras el pequeño de la montaña nos miraba moviendo la cola. ¿Cómo paso la seguridad?

— Creo que el perrito quiere venir contigo. — Dijo Maro. Llame al pequeño y este subió las escaleras con ladridos felices. Creo que podemos llevarlo a casa.




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