Planeta Ideal.

Capitulo 32

Alaric
Mi padre enloqueció. Pretende utilizar a mi novia para fabricar armas de destrucción masiva. Conozco a Ruc; sé que jamás se prestaría a algo así. Mi padre parece intuirlo también, porque ahora pretende que sea yo quien doblegue su voluntad.
Ni en otra vida.
—Alaric —me llamó desde la entrada. Venía flanqueada por sus amigos, su postura erguida contrastando con la pesada atmósfera del lugar. Todos caminaron hacia la mesa central, el escenario donde se desplegaría la carnada—. ¿está todo bien?
—Algo así. —Le ofrecí una sonrisa tensa mientras la guiaba a su asiento, justo a mi lado.
El presidente jamás me había permitido presenciar sus reuniones del alto consejo. Sin embargo, desde la llegada de Ruc, me volvió su sombra. Asegura que me he vuelto lo bastante maduro para dominar la mesa de negociaciones, pero la verdad es más burda: necesita un señuelo familiar.
—Sean bienvenidos —arrancó mi padre. Su voz desprendía una amabilidad calculada que no engañaba a nadie. Sus verdaderas intenciones eran transparentes—. Nos alegra profundamente el trabajo que han realizado. Confiamos en que continuaremos colaborando para blindar la seguridad de nuestro pueblo, ¿no es así?
—Por supuesto, señor presidente —respondió Tali con cortesía, secundada por las sonrisas medidas del resto—. ¿Hay algún requerimiento específico?

—En efecto —dijo él, apoyando los codos sobre la mesa con inquietante parsimonia—. Requerimos armamento de vanguardia. Sistemas capaces de borrar continentes enteros del mapa.
—¿Disculpe? —Ruc lo fijó con la mirada con la que se examina a un demente—. ¿Esto es una broma?
—En absoluto, querida. Tú, más que nadie, deberías velar por el futuro de esta nación; después de todo, serás la primera dama —añadió, bajando los ojos hacia las manos de Ruc. Buscaba el destello del anillo de compromiso... ese mismo anillo que nos arrebató el ladrón al que sus hombres aún no logran rastrear.
—Nos retiramos —sentenció Tali, poniéndose en pie de golpe. El equipo completo lo imitó como un solo bloque—. Jamás formaremos parte de semejante aberración.
—¿El resto comparte esa insubordinación?
—Tali expresa nuestra postura firmemente, señor presidente —intervino Ruc, encarándolo—. Colaboraremos en arquitectura, tecnología agrícola y desarrollo social. Pero jamás fabricaremos instrumentos de masacre. ¿Queda claro?
—Hablamos de sumas millonarias.
—El dinero no condiciona nuestros principios —zanjó ella—. Nuestro compromiso es con la vida, no con su exterminio. Con permiso.
—¡Esperen! —la voz de mi padre retumbó en la sala, deteniéndolos en seco—. Esto no es para librar guerras terrenales. Se trata de defensa planetaria.
Apretó un comando y la pantalla principal proyectó las imágenes clasificadas de la nave espacial bajo custodia militar.
—Aterrizaron hace meses. Ignoramos sus intenciones, pero son hostiles. Alienígenas.

—O quizás visitantes pacíficos —replicó Tali sin dejarse intimidar.
—Desde su avistamiento, miles de mujeres han desaparecido sin dejar rastro. ¿Consideran que es una coincidencia?
—Quizás sea el resultado de la impunidad en su propia población —atacó Ruc con frialdad—. La trata de personas en este país es un problema sistémico que ustedes no han querido erradicar.
—¡No entienden nada! —exclamó mi padre, cambiando la diapositiva—. No están cautivas. Están muertas.
Las imágenes siguientes estremecieron a los alemanes. La pantalla mostró cadáveres femeninos abandonados en terrenos baldíos, abiertos brutalmente con cortes similares a cesáreas quirúrgicas. La piel mostraba necrosis por toxinas desconocidas y los análisis genéticos en pantalla marcaban secuencias no humanas.
—Fueron ellos —sentenció él con dramatismo.
—Discutiremos esto en privado —interrumpió Tali, indicando al grupo que se retirara junto a Maro.
Mi padre esperó en silencio hasta que la puerta se cerró. Con una sola mirada despachó al resto de sus guardias y asesores. Quedamos solo los dos. El rey ajustando las piezas para acorralar a la reina enemiga.
—Convéncela —ordenó, sirviéndose un vaso de whisky.
—Imposible.
—Para un Cavendish no existe tal palabra. Demuestra de una vez qué sangre corre por tus venas.
—No tengo nada que demostrarte —respondí con amargura—. Para mi desgracia sé de quién soy hijo, pero no voy a manipular a mi novia para complacer tus delirios. Ella fijó sus límites.
—Vas a convencerla, Alaric —siseó, acercándose a mi rostro—. Hay seres de otro mundo entre nosotros. Tienen la capacidad de cruzar galaxias y armas que no alcanzamos a comprender. Es una guerra por la supervivencia.
—Que tus científicos se hagan cargo —dije sin dar un paso atrás—. Y ni se te ocurra usar mi relación como chantaje. Ruc ya no es la chica vulnerable que conociste: tiene recursos, poder y el respaldo popular. Si intentas mover una sola pieza en su contra, revelaré quién está realmente detrás de tus 'milagros tecnológicos'. Perderás el crédito, la reputación y el trono.




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