Planeta Ideal.

Capitulo 33

Ruc.
Entiendo la preocupación del presidente, pero no estamos dispuestos a crear armas. Espero que Alaric piense como yo y apoye mi propuesta.

—Morita —su voz me llega a unos metros de distancia. Estoy a punto de abordar el coche, pero me detengo. Les pido a los demás que se adelanten; necesito unos minutos a su lado.
—No quiero hablar sobre la reunión —murmuro en cuanto se acerca—. Solo quiero pasar el día contigo.
—Qué casualidad. —Sonríe y me roba un beso breve, tibio—. Yo quiero exactamente lo mismo. —Tomo su rostro entre mis manos, memorizando cada facción. La sola idea de que me diga que no me oprime el pecho; si se niega, no sé cómo voy a volver a respirar. —¿Te pasa algo, Morita? —pregunta, inclinando la cabeza con una ternura que me quema por dentro.
—Te amo.
—Yo también te amo.
—¿Te irías conmigo si te lo pidiera?
—Por supuesto.
—¿A cualquier lugar?
—A donde sea, mientras estés tú.
—¿Y si fuera a otro planeta? —Sostengo su mirada, buscando alguna rendija en su certeza—. ¿Dejarías atrás a tu padre, tus amigos, tu idioma, todo tu mundo? ¿Harías eso por mí?
Una sombra de desconcierto cruza sus ojos.
—¿Por qué me haces una pregunta tan rara?
—Responde. Sé sincero.
—No lo sé —admite, soltando una risa nerviosa—. No me gusta pensar en cosas sin sentido. Somos humanos; lo más lejos que podríamos ir es a otro país.

...
Es hoy. El último día en la Tierra.
Hoy tomaremos la nave y dejaremos este mundo atrás. Cité a Alaric a las 11:00 en el punto de encuentro; si la operación sale según lo previsto, aterrizaremos diez minutos antes de la hora fijada.
—Todo va a salir bien —me susurra Azela al oído, apretando mi hombro—. No hay forma de que te diga que no.
—Gracias, Azela. Gracias por no dejarme sola.
Trago saliva. Esta noche será el comienzo de la vida con la que siempre soñé... o el final absoluto de mi felicidad.
Infiltrarnos en las instalaciones es un juego de sombras. Somos invisibles al ojo humano gracias a los camufladores, pero de pronto un pitido agudo fractura el silencio: sensores térmicos. Thed se abalanza sobre la consola principal; sus dedos vuelan sobre el panel mientras el caos se desata a nuestro alrededor. Tarda cuarenta segundos eternos en desactivar las alarmas, mientras las botas de los guardias retumban contra el suelo de concreto.
Nos escurrimos entre ellos como espectros. Ante nosotros, la nave descansa custodiada por un ejército. Llevan meses intentando vulnerar su blindaje sin éxito, ignorando que solo nuestra sangre tiene la clave. Tali da un paso al frente y pronuncia la palabra de paso en nuestro idioma natal. El metal cede con un siseo neumático. Antes de que los humanos puedan reaccionar, Maro lanza las granadas de gas somnífero; en cuestión de segundos, los soldados caen desplomados como muñecos de trapo.
Abordamos de inmediato. Cada ramiano ocupa su estación, ingresa sus códigos de acceso y revive los motores del navío. La nave vibra, despertando de su letargo. Debemos llegar al campo de donde nos espera Alaric, lugar donde ya hemos reunido la flora y los materiales necesarios que nos llevaremos.
La huida es abrupta: atravesamos un muro de concreto en un estruendo de polvo y escombros. La navepenas sufre unos rasguños superficiales en el fuselaje.
Surcamos el cielo nocturno y tocamos tierra en el campo en menos de cinco minutos. Descendemos a toda prisa para terminar de cargar los contenedores. Faltan dos minutos para las 11:00. Un par de faros corta la penumbra y un auto se frena en seco. Alaric baja del vehículo. Su mirada viaja de la inmensa estructura metálica a nosotros, y la línea de su mandíbula se vuelve de piedra.
—¿Tú...?
Sin decir una palabra, me llevo los dedos a los ojos y me retiro los pupilentes. Las pupilas de mi verdadero origen quedan al descubierto.
—No soy humana. — Estoy temblando. — Vengo del planeta Ramhl —confieso, dando un paso hacia él con las manos abiertas—. Somos una civilización pacífica; jamás le haríamos daño a otro mundo. Vinimos para ayudar a tu gente. —Mi voz tiembla al recortar la distancia que nos separa—. En mi planeta, todos encuentran a su eterno al cumplir veintitrés años. Mis amigos encontraron a los suyos... pero yo te encontré a ti, aquí. Alaric, tú eres mi eterno. Ven conmigo. Te prometo que todos te tratarán bien; mis padres y mi hermano te acogerán como a un hijo, y mis amigos serán los tuyos.

—¿Por qué? —Se pasa las manos por el cabello, jalándolo con rabia—. ¿Por qué de todas las mujeres me tuve que enamorar de ti?
Una lágrima helada me resbala por la mejilla. Hay algo desgarrador en su mirada: parece odiarme, o peor aún, odiarse a sí mismo por lo que siente.
—¿Eso significa que no vendrás? —susurro.
—No puedo abandonar el mundo que conozco por un paraíso que solo existe en tus palabras. —Azela se sitúa a mi lado y me rodea con un brazo; los demás ramianos cierran filas a mi alrededor, intentando amortiguar el golpe de unas palabras que me laceran más que una herida física. Entonces, la mirada de Alaric cambia. — Pero tampoco puedo dejar que te vayas.
El sonido de docenas de botas irrumpe en el prado. En un parpadeo, un millar de soldados armados surge de la penumbra y nos rodea. Nuestros brazaletes no funcionan. De alguna manera los desactivaron. Encañonan a mi grupo. A mí, nadie me toca.
—No hay duda de que llevas mi sangre, hijo.
La voz madura y firme me congela la sangre. El presidente camina hacia nosotros con paso pausado.
—Te ves sorprendida, pequeña. ¿De verdad no te lo esperabas? —Se detiene a pocos metros, disfrutando del horror en mi rostro—. ¿Crees que podría gobernar una nación si fuera un ingenuo? ¿Pensaron que con su tecnología podían engañarme? —Se ríe, un sonido seco y amargo—. Lo supe desde el primer prototipo que construyeron: ningún humano posee semejante intelecto. Mantuve la farsa porque necesitaba explotar su buena voluntad... pero cuando supe que planeaban escapar y llevarse a mi único hijo, tuve que intervenir.
Presiona un dispositivo en su mano. Una explosión ensordecedora retumba a nuestras espaldas. La nave se envuelve en una bola de fuego, pero el campo de fuerza de emergencia contiene las llamas, sofocando el incendio en segundos. Cuando el humo se disipa, solo queda un armazón inservible. Nos han arrebatado las alas.
—Sin nave no hay viaje —sentencia el presidente con una sonrisa helada—. Y sin viaje, ustedes son mis propiedad.
— No somos una amenaza. — Explico pasiva. — Jamás le hemos hecho daño a nadie.




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