Planeta Ideal.

Capitulo 34

Ruc.
Estoy encerrada entre cuatro paredes de concreto. Llevo dos días sin ver a mis amigos y no tengo la menor idea de qué ha sido de ellos; la incomunicación con el exterior es absoluta.
—¡Déjenme salir! ¡Por favor! —mis gritos rebotan inútiles contra las paredes—. ¡Juro que no soy una amenaza! ¡Juro que jamás le haré daño a un humano!
La empleada de la casa entra a ciegas solo para dejarme la bandeja de comida. Por las noches, una sustancia amarga me quema las venas antes de sumirme en espirales de sombría distorsión. Cuando me despierto, la habitación ya no huele a mi desesperación, sino a desinfectante frío.
—¡Por favor, abran! ¡Solo díganme si mis amigos están bien! ¡No los lastimen!
Grito, lloro y pateo la madera dura hasta que me duelen las piernas, pero nadie responde. Termino enogiéndome en el fondo del armario, con las rodillas pegadas al pecho; prefiero la penumbra antes que volver a tragarme esas alucinaciones.
Unos pasos pesados y cautelosos retumban en la habitación. Al abrirse las puertas del armario, me encojo sintiéndome diminuta.
—Otra vez en peligro, pequeña damisela.
Reconozco esa voz. Levanto la mirada y sus ojos parpadean con una cadencia rápida, casi mecánica. Traga saliva con dificultad y su pecho se eleva a tirones, como si el aire le pesara.
—¿Cómo entraste?
—Por la puerta —señala lo obvio, extendiendo un brazo férreo—. Vámonos.
Su mano enguantada intenta sujetarme, pero me zafo de su agarre de inmediato.
—¿Qué quieres de mí?
—Ayudarte.
—¿Por qué un destructor ayudaría a una ramiana?
—Para que quedes en deuda conmigo.
—No sé tanto sobre tu civilización. Si lo que buscas es ayuda para fabricar una cura, pierdes tu tiempo: no puedo hacerla.
—Podemos hablar de mis intereses más adelante. No me hagas perder el tiempo y muévete.
Me jala con fuerza por los pasillos. A nuestro paso hay decenas de soldados tirados sobre el suelo frío. Odlas se apresura a cubrirme los ojos con la palma de su guante.
—No mires. Ellos no merecen tu compasión.
Camino a ciegas, confiando en el tacto de su armadura. Quizás estoy loca por seguirlo, pero estaría aún más loca si me quedara en una celda donde no puedo hacer nada.
Escapamos en una motocicleta que desafía la gravedad con un zumbido agudo. Nos adentramos en la espesura del bosque, cruzamos suspendidos sobre la corriente de un río y llegamos a una pequeña cabaña abandonada. Es solo una fachada: su interior revela una maravilla arquitectónica de metal pulido y luces tenues. La tecnología de los destructores está a la par de la nuestra.
—¿Vas a sacarme del planeta?
—Tengo una nave lista; podemos irnos ahora mismo.
—No puedo. Mis amigos…
—Ellos no importan.
—A mí sí me importan. Si vas a ayudarme, hazlo bien —no sé de dónde saco el valor para sostenerle la mirada.
—¿La damisela quiere un rescatista? Te equivocaste de especie, ramiana. Los destructores no rescatamos a nadie.
—Me has rescatado a mí.
—Eres una pieza necesaria.
—No soy la pieza de nadie. Si quieres mi ayuda, sácame de aquí, pero ayúdame a liberar a los míos de las bases donde los tienen cautivos.
—La respuesta es no.
—Seré tu pieza —prometo, tragándome el orgullo—. En lo que sea que necesites, seré lo que quieras si me ayudas a rescatarlos.
—Eres mi pieza desde hace mucho tiempo; que no lo supieras es otra cosa. Ve arriba, cámbiate y come. Alistaré todo para el viaje.
Abre una compuerta secreta en el suelo y se escabulle sin darme espacio a replicar. Bien, no me ayudes. Aprieto los puños. Soy una ramiana: la astucia corre por mis venas, la supervivencia es mi disciplina y tengo la voluntad suficiente para no rendirme. Repito el discurso como un mantra hasta que la adrenalina borra el miedo.
Tomo el manillar de la motocicleta. Gracias a nuestros antepasados, la tecnología es similar a las nuestras; basta con un par de instrucciones para reprogramar su ruta.
El vehículo me lleva de vuelta a la vieja cabaña donde construíamos la otra nave. El material disperso es más que suficiente para fabricar nuevos brazaletes, y con la tecnología que diseñamos tiempo atrás, logro ensamblar los primeros ejemplares en cuestión de horas.
Les hago mejoras decisivas; no pueden ser réplicas, tienen que ser superiores. Me coloco el primero en la muñeca y lo pruebo: responde al instante con un destello azul.
Tengo diez ramianos que rescatar. Y mientras más rápido lo haga, más rápido tomaremos el control de nuestro destino.




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