Alaric.
Cruzó el umbral y el hedor a cobre y pólvora me golpeó de lleno. Cadáveres. Decenas de ellos tendidos en el vestíbulo. Subí las escaleras de tres en tres, con el corazón martilleándome las costillas, pero al abrir de golpe la puerta de su habitación, solo encontré un silencio sepulcral y la cama vacía.
Corrí al centro de control. Las pantallas solo mostraban estática gris: alguien había desactivado el sistema con precisión militar.
—¿Dónde está mi padre? —exigí, acorralando al único escolta que quedaba en pie.
—En la Casa Blanca, señor —balbuceó.
—Llévenme. Ahora.
..
Al encontrarlo olvide las formalidades.
—¿DÓNDE LA TIENES? —irrumpí en su despacho, estrellando las manos contra su escritorio de caoba. Si no fuera el hombre que me dio la vida, lo habría molido a golpes ahí mismo—. Me prometiste que no le harías daño. Me juraste que ella estaría a salvo si te entregaba al resto.
Él ni siquiera se inmutó; ajustó los gemelos de su camisa antes de mirarme.
—¿De qué diablos estás hablando? No le he hecho nada a tu noviecita.
—No está en la casa. Todos los guardias están muertos. ¿A dónde la llevaste?
—Yo no la trasladé a ninguna parte.
—Te juro que si algo le pasa…
—¿Qué? —me interrumpió, dando un paso al frente con voz helada—. ¿Qué va a hacer mi valiente hijo?
—Voy a destruirte. —La amenaza flotó en el aire, pesada y real—. No es una advertencia, señor presidente: o me la devuelves, o le contaré al mundo entero lo que tienes cautivo en el Área 51.
Su rostro se endureció en un segundo.
—No te atreverías.
—Ponme a prueba.
Sostuvimos la mirada hasta que él cedió un milímetro y se giró hacia sus hombres.
—Busquen a su novia —ordenó con frialdad—. Desplieguen su foto en los noticieros, pongan anuncios, ofrezcan recompensas. Solo tráiganla de vuelta.
Mentiroso. No le creí ni una sola palabra; mi padre era demasiado astuto para dejar que le arrebaten una pieza tan valiosa del tablero.
Tenía que encontrarla antes que él. De pronto, un destello de luz sobre mi muñeca me devolvió la idea.
—¿Sabes dónde está Ruc? —murmuré activando la interfaz táctica.
—No puedo darte esa información —respondió la voz sintética y desprovista de emoción.
—Quiero sus coordenadas. Podría estar en peligro.
—Ruc es una ramiana con habilidades superiores en todos los campos —recitó el sistema—. Puede sobrevivir a la intemperie, crear tecnología desde cero, luchar cuerpo a cuerpo y jamás rendirse. Difícilmente estaría en peligro.
—¿Lo sabes todo sobre ella?
—Solo la información registrada en mi memoria.
—Entonces registra esto: amo a esa ramiana.
Un microsegundo de pausa.
—Registrado.
—Ahora dame sus coordenadas.
—Imposible calcular coordenadas exactas. Se desplaza a una velocidad anómala.
Una sonrisa amarga se me dibujó en los labios. Conociendo su velocidad y su instinto, ya sabía exactamente en qué punto del mapa interceptarla.
Cargué las armas, aseguré el chaleco y convoqué a mi escolta personal. Esto no iba a ser un rescate pacífico; iba a necesitar hasta el último de mis hombres.
...
Ruc
El Área 51 para la gente común es solo un mito militar, pero para nosotros es un cementerio de anomalías.
Caminaba sobre la tierra árida mientras el aire denso resonaba con el zumbido metálico de las cámaras y los sensores de movimiento ocultos. En mi muñeca, el brazalete vibraba contra mi piel, proyectando un destello rojo cada sesenta segundos: la alarma de peligro latente.
—Siempre haces lo que te da la gana —resonó una voz a mis espaldas.
Un nudo se me formó en la garganta. Al darme la vuelta lo vi: Tenía la postura rígida de siempre, el ceño fruncido en su habitual cara de amargura, pero sus ojos traicionaban su frialdad con una grieta de pura preocupación.
—¿Por qué te escapas? —inquirió, dando un paso hacia mí.
—No sé qué plan malvado tienes conmigo, pero no seré parte de él —retruqué, dando un paso atrás.
—Quiero llevarte a tu planeta.
—Claro... —solté una risa amarga—. Llevas a una ramiana y automáticamente la barrera orbital te deja entrar. No me vas a usar como llave de paso.
—Deja de hacerte historias en la cabeza y entiende de una vez que este planeta es mortal para ti. Quiero ayudarte.
—No quiero tu ayuda si mis amigos no están incluidos en el trato —sentencié, cruzándome de brazos.
—Está bien.
—¿Qué está bien?
—Sacaré a tus amigos. Pero tú vuelves al refugio ahora mismo.
—No —negué con firmeza—. Yo voy contigo.
—Escúchame bien, ramiana. —Se acercó lo suficiente para que sintiera la amenaza en su postura. Sus ojos intentaron doblegarme, pero le sostuve la mirada sin parpadear—. Vuelves al refugio. Pones tu físico a salvo y esperas. ¿Me has entendido?
—Escúchame tú a mí: iré contigo, sacaré a mis amigos y nos iremos juntos. ¿Fui clara?
—Entiende que si estás ahí no podré concentrarme.
—¿Y por qué no?
—¡Porque me distraes! —exclamó, acortando la distancia—. Estaré ocupado protegiéndote y la misión será un fracaso. Quédate en el refugio. Te prometo que traeré a todos tus amigos de una sola pieza.
Eché una mirada rápida a mi muñeca. La luz del brazalete no parpadeó; no estaba mintiendo.
—¿Lo prometes? —insistí, bajando la guardia solo un poco.
—Sí. Te lo prometo.
Exhalé una larga bocanada de aire.
—Tú ganas. Iré al refugio —cedí—. Por cierto, ¿cómo me encontraste tan rápido?
—Dejaste la moto a unos metros. — De hecho fue a varios kilómetros. Llevo horas caminando. — No fue gran cosa. —De pronto, las ramas de un matorral cercano crepitaron. Una figura emergió lentamente y se acercó a mi pierna, rozándome con un calor reconfortante. —Aunque quizás alguien me dio un empujón —añadió, mientras yo me inclinaba para acariciar la cabeza de la criatura—. Llévalo contigo. Te protegerá.
—¿Qué hay de ti?
—Estaré bien. — Odlas le lanzó una mirada severa al animal. En un parpadeo, la masa se redujo y tomó la forma de un cachorro peludo. Mi perrito.
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Editado: 10.08.2026