Alaric.
Son unos imbéciles. Unos imbéciles de primera. ¿Cómo se atreven a atentar contra ella?
—¿Quién dio las órdenes? —interrogué, apretando la mandíbula hasta que me dolió.
—El coronel Smith.
—¿Mi padre sabe de esto?
—Se le acaba de informar.
—¿Dónde está ella?
—No la hemos localizado. Ya no lleva el brazalete protector.
Maldita sea. La desesperación comenzó a carcomerme; si algo le pasa, voy a perder el juicio.
—No van a descansar hasta encontrarla. ¿Fui claro?
—Sí, señor.
..
Seguimos sus huellas a través del terreno hasta que desaparecen en la nada. La impotencia me quema por dentro. La última vez que la vi, todo era un caos. No le dije cuánto la amo. No le dije que no me importa a qué civilización pertenece, ni que, de haber tenido la oportunidad, habría dejado este planeta atrás solo para irme con ella. Nada en este mundo tiene valor para mí si no la tengo a mi lado.
Un ladrido agudo rompe el silencio. Es el cachorro de Ruc. El animal corre de un lado a otro, mirándome con insistencia antes de avanzar: quiere guiarme.
Lo sigo a paso apresurado durante varios metros hasta que la veo. Está tendida en el suelo, inconsciente. Se quitó el brazalete para evitar que la rastreáramos, pero fue una mordedura de serpiente lo que terminó por derribarla.
La tomo en brazos de inmediato, sintiendo su cuerpo frío, y le ordeno al médico del equipo que la intervenga. Logran extraer el veneno justo a tiempo.
Ruc abre los ojos lentamente, adormilada y débil.
—¿Alaric...?
—Sí, morita. Soy yo, aquí estoy.
—Salva a mis amigos... no somos un peligro —suplica con la voz rota—. Por favor, dile a tu padre que nos deje ir.
—El precio para mantenerte a salvo es que ellos sigan sus órdenes.
—No nos pueden tener como prisioneros. No les hicimos ningún daño.
—No llores, morita. Por favor, no llores —supliqué, limpiando sus lágrimas.
—Todo es mi culpa —susurra, dejando caer el peso de su mirada—. Nunca debí imaginar un futuro contigo. Nunca debí ilusionarme con un humano.
—No digas eso, morita. Te amo.
—Si fuera verdad, no me habrías traicionado. No habrías ocultado que sabías mi verdad.
—Me enteré esa misma noche. Te lo juro por mi vida.
—No te... no te creo —murmura, y sus párpados vuelven a cerrarse.
—¡Ruc! ¡Ruc, despierta! —Giro hacia el médico, sintiendo cómo el pánico me frena el aliento—. ¡Haga algo!
—Tranquilo, señor. Solo se ha quedado dormida por el agotamiento y el veneno. Ella está bien.
Le tomo la muñeca para revisar su pulso; su respiración es constante y regular.
—La llevaré conmigo.
—Su padre ordenó...
—Ruc es mía y él lo sabe.
La cargo en brazos hasta el vehículo. Mi escolta nos sigue a una distancia prudente. No puedo arriesgarme a llevarla a un hotel; lo único sensato es ir directo a una casa de seguridad.
..
El aire frío de la estancia me azota la cara cuando Ruc vuelve en sí. Se incorpora a tientas, sofocando un quejido entre dientes mientras busca orientación entre las sombras del recinto.
—¿Estás bien? —susurro, avanzando hacia ella con pasos pesados y midiendo cada milímetro para no alterarla más.
—¿Alaric? —Su voz suena frágil, velada por una niebla de confusión, como si el impacto le hubiera arrancado los últimos recuerdos—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde estamos?
—En un lugar seguro —miento a medias, intentando aplacar su respiración agitada.
—Mis amigos... ¿Dónde está Fuego?
—¿Fuego?
—Mi cachorro.
—Oh. Él está bien —apresuro a responder—. Los guardias se encargan de alimentarlo.
Intento buscar su mirada, pero encuentro una distancia impenetrable en sus ojos violetas. Ya no me observan con la calidez de antes; lucen apagados, sepultados bajo una tristeza abismal.
—Ruc...
—No me toques —suelta de golpe, arrastrándose sobre el suelo hasta pegar la espalda contra el rincón más oscuro de la habitación—. Déjame sola.
—Escúchame. Por favor, escúchame.
—Tomaste tu decisión esa noche —su tono, aunque bajo, corta el aire con la firmeza de un veredicto—. Por tu culpa, mis amigos y yo estamos prisioneros en un planeta que aborrece todo lo desconocido. No hay nada más que decir. Lo que existía entre nosotros murió en ese campo. Jamás, por mucha necesidad que sienta de ti, te daré mis latidos. Nunca más volveré a decir que te amo.
Un latigazo físico me atraviesa el tórax. Las punzadas se vuelven tan agudas que me falta el aire, como si el propio espacio se contrajera a mi alrededor.
—No me juzgues. Entiende que no tuve elección.
—Siempre hay opciones.
—Para mí no las había —insisto, sintiendo la desesperación atragantarme la garganta—. Él quería capturarlos y...
—¡Nos tiene cautivos! —estalla, y en su mirada el dolor se transforma en pura rabia.
—Tú no —intento dar un paso hacia ella—. Tú estás conmigo. Te juro que no permitiré que nadie te haga daño.
—Tu lógica está retorcida. Para mí, que ellos estén tras las rejas es exactamente lo mismo que estar cautiva yo.
—Estarán bien.
—No lo sabes.
—Lo sé. Mi padre jamás destruirá algo que le va a llenar los bolsillos.
—Tú y tu padre son exactamente iguales. Nada les importa.
—¡Tú me importas! —Perdido por el pánico de verla deslizarse entre mis manos, la sujeto de los hombros. Necesito desesperadamente que me mire, que recupere la memoria de lo que fuimos—. Ruc, mírame. Te amo. Te juro por mi vida que te amo.
No hay respuesta. Su rostro se vuelve una máscara impenetrable.
—No puedo cambiar nada ahora —suplico, con el pecho agitado—, pero en cuanto tenga el poder suficiente, te juro que los sacaré de esas celdas. Serás mi primera dama y...
—Yo jamás seré nada tuyo —sentencia, clavándome esos ojos violetas que alguna vez fueron mi refugio y hoy son mi condena—. No confío en ti. Nunca más volveré a hacerlo.
Con un empujón seco, me aparta de su lado y me devuelve a la fría realidad de su rechazo.
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Editado: 10.08.2026