Tali.
No la estamos pasando nada bien. Llevamos tres días encerrados en esta celda oscura que despide un olor rancio a humedad y metal oxidado. El agua que nos lanzan apenas alcanza para mojarnos los labios, y Maro, junto con los demás, está al borde del colapso. Siento la cabeza pesada y los músculos adormecidos; estoy segura de que nos están drogando. Quieren experimentar con nosotros; escuché a un militar murmurarlo al otro lado de la reja.
De pronto, un destello blanco hiere la oscuridad. La puerta se abre de golpe y un militar se adentra para tomarme del brazo con fuerza desmedida. Maro intenta levantarse para protegerme, pero sus piernas ceden y cae de rodillas, demasiado débil para ser rival del humano uniformado.
—Estaré bien —le prometo, buscando su mirada.
Soy la única del equipo capacitada para mentir; me entrenaron para articular falsedades sin alterar mi pulso. Él lo sabe, y por eso la angustia no abandona sus ojos.
—Oye... volveremos a Ramhl. Ruc nos ayudará —añado en un susurro convicto. Confío en ella; sé que no nos dejaría a nuestra suerte.
El soldado me arrastra por el pasillo frío sin el menor cuidado. Me empuja al interior de una oficina amplia y bien iluminada, haciéndome tropezar antes de caer en una silla de metal.
—Sé delicado, es nuestra invitada —escucho la voz pausada del presidente. Porta una sonrisa estudiada que no logra disfrazar la frialdad de su mirada—. Hola, querida.
—¿Dónde está Ruc? —inquiero de inmediato para ganar tiempo. Sé perfectamente que me trajeron aquí para negociar.
—Ella está bien, mi hijo la tiene bajo custodia —responde con calma despectiva. Al menos uno de nosotros tiene posibilidades de escapar, pienso—. Te llamé para pactar: eres la encargada del equipo.
—¿Qué clase de trato?
—Los trasladaré a un lugar decente. Tendrán camas cómodas y comida caliente... siempre y cuando hagan lo que pido.
—¿Qué quiere?
—Quiero que fabriquen armas nucleares.
La propuesta se congela en el aire. Si digo que sí, sabrá que miento. Hay otro humano de pie junto al ventanal y lleva en la muñeca el brazalete detector de mentiras. Si me niego rotundamente, condenaré a mis amigos a las mesas de laboratorio. Puedo engañar a la percepción humana, pero no a una tecnología tan afinada. A menos que mida cada palabra con precisión quirúrgica...
—¿Cómo sé que cumplirá su palabra? ¿Qué garantías me da?
—La garantía de no abrirlos por la mitad —dice sin inmutarse—. Mis científicos mueren por experimentar con sus cuerpos, aunque considero que sería un desperdicio dado su intelecto.
—Los humanos son una aberración.
—¿Con quién te gustaría que empiece? —amenaza, inclinándose hacia adelante.
—No los toque. Ellos no son una amenaza, ninguno lo es.
—Lástima que la sociedad jamás los verá como pretendes vendérmelos.
Tomo aire, sintiendo la sequedad de mi garganta, y elijo la verdad exacta que me proteja:
—No podemos hacer lo que pide. Jamás nos enseñaron a fabricar ese tipo de armamento en nuestro planeta.
El silencio en la habitación se vuelve asfixiante. Fijo la vista de reojo en la muñeca del humano: la pantalla del brazalete permanece inerte, sin emitir la luz roja de advertencia. La verdad me ha servido de escudo, pero la calma dura un instante.
—Creo que necesitas un poco de motivación.
Un altavoz chirría y los gritos desgarradores de Barty y Zuna retumban en la sala. Las imágenes de las cámaras muestran cómo las arrastran a la fuerza y las atan a camillas metálicas. Estan demasiado débiles por las drogas para defenderse. Un médico humano se aproxima a ellas sosteniendo un bisturí deslumbrante.
—Por favor, no... Por favor —suplico, perdiendo la compostura—. Se lo ruego, no les haga daño. Las necesito; si el equipo está incompleto, no podremos trabajar.
De golpe, las luces de la oficina se apagan. Un estruendo ensordecedor sacude la estructura y el gran ventanal de vidrio se rompe en mil pedazos sobre el suelo.
Entre la sombra y el polvo emerge una silueta enorme: un destructor. Me recorre con una mirada fría y calculadora. Viene acompañado de Nicolás, el humano, quien sostiene a mis amigas debilitadas para evitar que colapsen.
—¿Dónde está el resto? —exige el destructor con voz cavernícola—. No tengo tiempo para tonterías. Dime dónde están los demás o los dejamos atrás.
Niego enérgicamente con la cabeza y los guío a toda prisa por el pasillo en penumbras, recordando vagamente la ruta hacia la celda.
Al llegar, varios soldados armados retienen a mis compañeros. El destructor se desplaza a una velocidad aterradora, casi imperceptible para la vista ramiana. Es un ráfaga de fuerza bruta que derriba a los guardias en cuestión de segundos.
—¿Falta alguien? —pregunta limpiándose las manos.
—Ruc —murmura Azela, ajustándose la vista—. Pero no está aquí, no sabemos dónde la tienen.
—Estamos los que estamos —sentencia él sin empatía—. Dáselas.
Nicolás da un paso al frente y nos extiende un puñado de pastillas extrañas.
—No esperen que les sirva un banquete —gruñe el destructor.
—¿Qué es esto? —pregunta el grupo, retrocediendo con desconfianza.
—Tranquilos, son seguras —interviene Barty, tomando una sin dudar y tragándola.
Seguimos su ejemplo. Al cabo de unos segundos, un chispazo de adrenalina pura recorre mis venas; la debilidad de las drogas desaparece y los músculos responden con vigor renovado.
En el exterior, el complejo está rodeado de patrullas y soldados fuertemente armados.
—Yo los distraeré mientras el humano los saca de aquí —ordena el destructor.
—¡No nos iremos con un humano! —protesta Zuna.
—No soy una amenaza para ustedes. A mi padre lo despidieron por oponerse a estos experimentos —explica Nicolás rápidamente—. Hay humanos en los que se puede confiar, Zuna.
—No estás haciendo esto por bondad. Estás aquí por Barty, porque te gusta.
Nicolás baja la mirada un segundo:
—Es verdad, me importa Barty... pero sé que ella y Kilio están juntos. Me dejó muy claro que no tengo oportunidad.
—¡Dejen de perder el tiempo en dramas estúpidos! —ruge el destructor desencadenando un ataque hacia los guardias—. Lárguense al refugio, Ruc los espera allá.
—¿Ruc está a salvo?
—¡Lévatelos ya! —grita el destructor sin volverse.
Nicolás nos guía hasta un vehículo sumergible de arena, una tecnología fascinante que en nuestro planeta apenas está en fase teórica. Nos acomodamos en los asientos y nos abrochamos los cinturones. El motor ruge suavemente y el vehículo se hunde en el terreno, avanzando a gran velocidad por un túnel subterráneo predeterminado.
Tras varias horas de trayecto en la penumbra, emergemos a la superficie junto a una cabaña aislada.
—¿De dónde sacaron esta nave? —pregunto mientras descendemos.
—Es del destructor —responde Nicolás ajustándose la chaqueta.
—¿Y cómo es que ustedes dos trabajan juntos?
—Nos cruzamos mientras yo intentaba infiltrarme en el complejo. Dijo que compartíamos objetivos y que le venía bien tener una carnada para distraer a la seguridad.
—¿Te prestas voluntariamente para ser una carnada?
—Solo quería sacar a Barty de ese infierno —admite con una sonrisa honesta. Luego añade con timidez—: Y... bueno, también me preocupaba el resto de ustedes.
—Está bien, no te justifiques —dejo escapar una pequeña risa, sintiendo cómo el cansancio vuelve gradualmente—. Te estoy muy agradecida.
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Editado: 10.08.2026