Ruc.
Despierto en un lugar que no reconozco. El primer indicio no es la luz, sino el olor: aire cargado de sal, yodo y vegetación espesa. Me acerco al ventanal. Afuera, un paisaje teñido de un azul deslumbrante se despliega hasta el horizonte; las olas rompen contra la arena en un ritmo constante. Es hermoso, pero la densidad de la atmósfera en este punto del planeta hace que cada inhalación se sienta pesada en mis pulmones.
—Elegí bien. Te gusta —afirma una voz demasiado familiar a mis espaldas.
—¿Dónde estamos? —pregunto sin girarme del todo.
—En un lugar seguro.
A través del reflejo del cristal, ajusto mi visión para examinar el exterior. Noto la presencia de un sinfín de guardias distribuidos estratégicamente. No es una acogida; es un perímetro. Cerca de mí, Fuego descansa en su propia cama, con la respiración acompasada. Está demasiado tranquilo para el entorno en el que nos encontramos.
—¿Por qué me drogaste? —Me vuelvo hacia él. Siento aún la pesadez en el torrente sanguíneo, el calor anómalo que las toxinas humanas dejan en mi organismo para forzar el sueño.
—Solo te mediqué para que pudieras descansar.
—No puedes tenerme prisionera.
—Oye, no eres mi prisionera. Eres mi protegida.
—No necesito que me protejas.
—Yo creo que sí. Una criatura entró al Área 51, se llevó a tus amigos y...
—¿Criatura? —El pulso se me acelera, haciendo vibrar la sensibilidad bajo mi piel. Es Odlas. Odlas tiene a mis amigos—. ¿Se los llevó a todos?
—Sí. Y creo que un humano le ayudó; alguien que conoce el lugar a la perfección.
Una ola de alivio recorre mis terminaciones nerviosas. Cumplió su promesa. Salvó a mis amigos.
—¿Entiendes ahora por qué tuve que trasladarte? —insiste Alaric, dando un paso hacia mí—. Esa cosa anda suelta allá afuera y no sabemos qué quiere con ustedes.
Tengo que volver al refugio.
—¿Estamos muy lejos de Washington?
—Cruzamos el continente.
La cifra resuena en mi mente con frialdad. Me tomará horas regresar en uno de sus aviones y, sin los documentos que ellos exigen, no me dejarán abordar. ¿Cómo voy a salir de esta isla?
—Quiero volver a Washington. Tengo que buscarlos.
—¿No me escuchaste? Una criatura peligrosa se los llevó.
No puedo revelarle que conozco la verdadera naturaleza de esa criatura, y mucho menos que fui yo quien pidió su ayuda.
—¡Quiero irme! —Elevar la frecuencia de mi voz funcionó para imponer autoridad con el Destructor. La biología de un humano no debería ser tan inmune a esa vibración.
—Lo siento, Ruc. No puedo exponerte —su tono baja, intentando apaciguarme—. Mi padre los está buscando. Te prometo que, en cuanto los encuentre, podrás verlos.
—No confío en tu padre. Tampoco en ti.
—Ruc...
—Déjame sola.
—¿Todavía me amas? —El microajuste en los músculos de su rostro y la inestabilidad en la temperatura de su piel delatan su vulnerabilidad—. Responde. ¿Todavía me amas?
Lo miro fijamente..
—Para mi especie, el amor no es algo que se extinga. Amamos una sola vez, para siempre.
—Ahora que lo sé, te amo un poco más —murmura. Se acerca y presiona sus labios contra mi mejilla. El contacto con su calor corporal resulta abrasador. —. Tarde o temprano me vas a perdonar.
Permanezco inmóvil hasta que el eco de sus pasos se extingue al otro lado de la puerta. Solo entonces libero el aire acumulado. Miro a Fuego; el animal abre los ojos y me observa en silencio, transmitiéndome una alerta muda a través de la mirada.
—Tenemos que escapar —le susurro, ajustando mi postura. Él inclina la cabeza en un gesto claro de comprensión—. Esperemos a que caiga la noche. Será más fácil.
#1082 en Fantasía
#117 en Ciencia ficción
extraterrestres accion aventuras, extraterrestre humano amor
Editado: 10.08.2026