Ruc..
Alaric vino a darme las buenas noches. Traía consigo una taza humeante con una de mis bebidas favoritas, pero la dejé intacta sobre la mesa; el recuerdo del amargor leve de los sedantes que solían darme me erizó la piel. Necesitaba mantener los sentidos afilados. El helicóptero en la plataforma era mi única salida y, tras repasar mentalmente su panel de control, estaba segura de poder pilotarlo: era una tecnología arcaica y predecible comparada con las naves de mi hogar.
Eran las tres de la mañana. El silencio de la casa solo era interrumpido por el crujido del suelo bajo mis pasos cautelosos. Esquivé a un par de guardias adormilados y bajé la escalera manteniendo a Fuego apretado contra mi pecho, sintiendo el latido acelerado de su pequeño corazón.
Al llegar a la penumbra de la sala, el pulso se me disparó. Una figura aguardaba en la oscuridad, recortada contra la ventana con los brazos cruzados.
—¿A dónde vas? —la voz de Alaric rasgó la quietud.
—Fuego no puede dormir — La rigidez de mi garganta casi me delata. Aunque si lo analizaba no era una mentira. —. Pensé que le haría bien un poco de aire fresco.
—¿O intentabas escaparte de nuevo?
Apreté a la pequeña criatura contra mí.
—Fuego, defiéndeme —le susurré. Para mi desgracia, el cachorro solo agitó la cola y dejó escapar un gimoteo de afecto hacia él. Esperaba al menos un ladrido de advertencia.
—Ya entendí, pequeño —Alaric se puso de pie; sus pasos resonaron lentos y pesados en el suelo de madera—. Los acompaño.
—Puedo ir sola.
—De ninguna manera.
—Alaric, ¿a dónde podría ir a mitad de la noche? —protesté, forzando un tono neutro.
—No lo sé. Quién sabe qué tipo de tecnología avanzada tengas guardada bajo la manga.
—No tengo nada —el nudo en mi garganta apretó más. Fuego no era tecnología; es un ser desarrollado.
—Aun así, voy contigo.
El aire frío del exterior nos azotó de golpe al abrir la puerta. Olía a sal, humedad y algas marinas. Fuego alzó el hocico, olfateando la brisa con curiosidad mientras caminábamos hacia la playa.
—Ruc —la voz de Alaric se volvió suave, casi suplicante—. ¿Puedes, solo por un momento, olvidar todo lo que pasó y jugar conmigo?
Avanzó hacia la orilla. El agua oscura le cubría los tobillos. Me miró desde allí, extendiendo una mano. Hubo un choque violento dentro de mí: mi mente me ordenaba dar media vuelta y correr hacia el helipuerto, pero mi pecho ardía por responder a su llamada. Para los de mi especie, negarle algo a nuestro eterno es una tortura física.—Por favor —insistió—. Solo un momento.
Cedí. El agua helada del mar me golpeó las piernas al dar los primeros pasos. Alaric sonrió, una sonrisa frágil que no alcanzó a sus ojos. Se acercó despacio, tomó mis manos entre las suyas, y rozó sus labios contra el dorso de mis dedos.
—Gracias, morita.
—Alaric... —el aire se me escapó de los pulmones. Quise decirle que huyera, pero un ladrido seco de Fuego nos congeló.
Desde las sombras de las rocas emergió una silueta alta y rígida. La luz de la luna se reflejó en el metal de su traje. Odlas.
—No deberías estar en el agua a estas horas, te vas a enfermar —dijo la voz de Odlas, grave e inexpresiva.
Instintivamente, Alaric me empujó detrás de su espalda, ocultándome con su cuerpo.
—¿Quién eres? ¿Cómo llegaste aquí? —demandó Alaric, con la mandíbula apretada y la postura rígida.
Odlas caminó sin prisa sobre la arena mojada, ignorándolo por completo.
—Ruc, vámonos. Tus amigos nos esperan en el refugio.
—No te la vas a llevar —reprochó Alaric. Su mano aprisionó la mía con un agarre desesperado, casi doloroso.
—Tenemos las horas contadas, ramiana. Irme sin ti no es una opción —la amenaza en la voz de Odlas era palpable, dura como el acero.
—Ruc... —Alaric giró levemente la cabeza, buscándome con la mirada teñida de pánico.
—Tengo que irme —murmuré. Sentí cómo la culpa me desgarraba por dentro.
—No puedes dejarme —suplicó él en un susurro roto—. Soy tu eterno.
—Un título que no supiste valorar —intervino Odlas. De un movimiento rápido, su mano enguantada aprisionó mi otra muñeca, fría y firme—. Suéltala.
—Nunca.
—Podemos hacer esto de manera civilizada —continuó Odlas, dando un paso al frente—, o de la forma que a mí me gusta.
—¡No! —grité, interponiéndome antes de que avanzara. Conocía la brutalidad de su especie; destruían todo a su paso sin contemplaciones.
— Hicimos un trato. Salvé a esos parásitos, ahora cumple tu parte.
—¿Trato? ¿Qué clase de trato tienes con este sujeto? —la voz de Alaric tembló de rabia y confusión—. Responde, Ruc.
—Suéltame —tiré de mi mano con fuerza hasta liberarla del agarre de Alaric, sintiendo que rompía el último lazo que nos unía—. No puedo vivir siendo tu prisionera, Alaric. Por mucho que te necesite... aprenderé a vivir con el dolor de haberte perdido.
—No puedes dejarme —repitió, casi sin aliento.
—Humano patético —escupió Odlas con desprecio.
—¡Cállate! —le espetó Alaric, dando un paso hacia él con los puños cerrados—. No dejaré que te la lleves.
—Me voy porque yo quiero. Es lo mejor.
—¿Lo mejor para quién, Ruc?
—Para los dos. Tú podrás enamorarte de nuevo, y yo estaré con mi familia.
—Eso es imposible —contestó Alaric, y vi una lágrima resbalar por su mejilla antes de perderse en la oscuridad—. Nunca podré amar a nadie más.
—Déjame noquearlo de una vez —interrumpó Odlas, ajustándose el guante con impaciencia.
—No le harás ningún daño —lo amenacé, clavándole una mirada.
—No me mires así —refunfuñó Odlas, sin apartar la vista.
De repente, sentí que las fuerzas me abandonaban, pero sus reflejos reaccionaron al instante y me sujetó entre sus brazos antes de que tocara el suelo.
—Oye, no es un buen momento para jugar a la damisela en apuros —murmuró.
—Déjala —interrumpió Alaric.
Odlas lo fulminó con la mirada.
—No te metas, humano mediocre.
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Editado: 10.08.2026