Planeta Ideal.

Capitulo 40

Ruc.

El peso del sueño se disipa despacio, reemplazado por la vibración tenue de una cabina en movimiento. Apoyo la mejilla contra una superficie tibia y, al concentrarme, escucho el latido constante de un corazón que no es el mío. Levanto la cabeza con lentitud. Ahí está él, observándome con esos ojos azules tan profundos que me estudian como si fuera la criatura más frágil que jamás ha sostenido.

—¿Cómo te sientes? —pregunta suavemente.

—Alaric... ¿Él está bien?

—Lo está —murmura. Hay un matiz de fastidio en su voz, pero el alivio me recorre de golpe; era lo único que necesitaba saber—. ¿Y tú cómo estás?

—Débil.

—¿Te drogaron?

—Hoy no. No probé nada de lo que me dieron.

—Debe ser eso. Tu cuerpo resintió la falta de alimento. —Sostiene mi mirada y el tiempo parece detenerse por un instante. Luego, ladea la cabeza con una leve sonrisa que finalmente le ilumina los ojos. —Toma. Ésto te dará energía.

Desliza en mi mano un pequeño empaque. Chocolate. La duda me carcome por dentro.

—¿Por qué eres tan amable conmigo? Tu naturaleza no es así.

—La naturaleza se modifica según la criatura con la que convivas.

—¿Dices que eres bueno porque yo lo soy?

—Quizás.

—No te creo. Mis amigos también son buenos y los heriste en la montaña.

—¿Cuál es tu conclusión, damisela?

—Creo que... quizás quieres ayuda para salvar a tu especie.

—¿Y me ayudarías?

—No lo sé. Es un dilema moral y emocional —confieso, sintiendo el peso de mis propias palabras—. Nosotros siempre nos preocupamos por el prójimo; sin embargo, ayudarlos a ustedes significaría acabar con otras especies. Es un debate que ya se discutió una vez.

—¿Y qué pasa si solo matamos a las especies malvadas? ¿Eso nos haría buenos?

—Creo que ninguna especie es totalmente buena o totalmente mala. Siempre hay esperanza para todos.

—¿La hay para mí?

—Quizás. He visto bondad en tu corazón.

En ese momento caigo en la cuenta de nuestra posición: sigo envuelta en sus brazos, sintiendo su calor.

—¿Quién está conduciendo esto?

—Es automático. No te preocupes.

Lo miro de nuevo, buscando descifrar la calma en sus facciones.

—¿Pasa algo? —inquiere.

—¿Por qué sigo en tus brazos? Ustedes odian el contacto físico... en especial con otras especies.

—Hay seres que merecen ser abrazados.

—¿Y no lo odias?

—No. ¿Tu si?

—Yo no odio nada. Mi naturaleza me lo impide.

—Es cierto.

Abro la envoltura y llevo un trozo de chocolate a mi boca. El sabor dulce contrasta con la tensión del ambiente; lo mastico despacio, disfrutándolo.

—Gracias. Me gusta el chocolate.

—Lo sé —responde con una serenidad que me eriza la piel.

¿Cómo lo sabe?

“Estamos llegando al destino. Favor de abrochar sus cinturones de seguridad”, interrumpe la voz metálica y neutra del sistema de la nave.
..
El refugio guarda un silencio tenso. Ver a mis amigos a salvo y sonrientes al verme me da un instante de alivio, pero la prisa de la huida se impone de inmediato.
—La nave está lista —anuncia Zuna—. Tenemos que abordar ahora.
Un asentimiento general cierra el trato. A mi alrededor, las parejas de compañeros se buscan para avanzar juntos.
Antes de marchar, Nicolás le pide un minuto a Barty. Ella se acerca y le ofrece un abrazo cálido, sellándolo con un beso suave en la mejilla.
—Siempre te llevaré conmigo —promete ella..— Le pondré tu nombre a mi primer hijo... O al segundo, según el orden en que lleguen.
—¿Acaso pueden elegir el género de sus hijos?

—Nacen en proporciones iguales, ramianos y ramianas, pero no sabemos qué será hasta el día del parto. Nos gusta mantener la sorpresa hasta el último minuto.

—Es fascinante. Tu naturaleza, tu cultura... Me habría encantado nacer en un planeta así.

—En el mío no existen flores como las de tu invernadero.

—Lamento que no te lleves nada de ellas —responde Nicolás, envolviéndola en un último abrazo—. Si alguna vez regresas, ya sabes dónde encontrarme.

—Llevo la ubicación grabada en el corazón.
Se dicen adiós con la complicidad de quienes aprendieron a quererse en medio del caos. Los observo en silencio, consciente de que yo ni siquiera pude abrazar a...
—Despierta, damisela. Hay que abordar.
La voz desgarrada de Odlas rompe el trance y me arrastra de golpe a la realidad. Es momento de dejar atrás este planeta.




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