Planeta Ideal.

Capitulo 41

Ruc.
Las alarmas de la nave parpadeaban en un rojo violento, tiñendo las paredes metálicas con un pulso de histeria. Se suponía que Zuna y Thed habían dejado todo a punto, pero el tablero de mandos no dejaba de arrojar errores.
«Límite de masa excedido. Sobrecarga de especies», resonó la voz sintética de la nave, fría y desprovista de toda empatía. «Sugerencia: un mínimo de dos criaturas deben descender para permitir el despegue».
—No vamos a dejar a nadie atrás —sentenció Tali, aferrándose al respaldo del asiento.
—Podemos reconfigurar el motor de propulsión. Si combinamos fuerzas, equilibraremos el peso —propuso Kos, con las manos temblando sobre la consola.
—Eso nos quitaría un tiempo que no tenemos —interrumpió Odlas, tajante.
—Deshagámonos de la maquinaria —sugirió Azela. Nadie la respaldó.
—El viaje a su planeta no toma un par de días —repuso Kos, mirando las pantallas—. Esas máquinas son su único soporte vital: generan alimento, filtran la radiación mortal y nos protegen de los impactos en la ruta.
Antes de que alguien pudiera replicar, un impacto seco sacudió la estructura. El escudo protector saltó en mil pedazos traslúcidos. A través del monitor exterior, la imagen fue clara: soldados fuertemente armados, la figura erguida del presidente y... Alaric.
Un mareo súbito me nubló la vista. La sangre me zumbó en los oídos.
—¿Cómo lograron rastrearnos? —preguntó alguien, pero su voz sonaba distante, sumergida bajo el agua.
—La droga —murmuré apenas—. Debieron impregnarla con localizadores cuánticos.
Odlas ingresó comandos de emergencia a toda velocidad, solicitando un salto inmediato hacia las coordenadas de Oceanía. La nave rugió respondiendo a la orden, pero un objeto metálico se adhirió al fuselaje con un chasquido sordo. De golpe, los motores colapsaron y caímos de impacto contra el suelo.
—Nos tienen fijados con un generador magnético —advirtió Kos—. Con semejante fuerza de atracción, no despegaremos jamás.
—¡Sacrifiquen a uno por el bien común! —La voz del presidente tronó desde los altavoces exteriores, rasgada y dominante—. Nos basta con un genio. Saben perfectamente a quién queremos.
Todas las miradas dentro de la cabina recayeron sobre mí.
—No la van a tocar —dijo Odlas de inmediato. Me sujetó por la muñeca con su guante blindado, atrayéndome hacia su pecho—. Me importan un demonio los demás. Dejaré a quien sea, Ruc, solo dímelo.
—No puedo permitirlo —susurré.
—¡Ruc! —Su voz se quebró en una súplica desesperada—. No bajes. Por favor... Te juro por mi vida que te protegeré.
—No puedes confiar en él —intervino Tali, interponiéndose entre los dos. Ella, que siempre creyó en lo nuestro, ahora lo miraba con aborrecimiento—. Nos vendió.
Tenía razón. Habían sufrido demasiado por mi culpa. Nunca debí albergar esperanzas con un humano; vi su egoísmo, conocí su crueldad y, aun así, me ciegué pensando que podría cambiarlo. Lo único que logré fue arrastrar a mis amigos a una ejecución.
—No vas a poner un pie fuera, Ruc. No lo permitiremos —insistió Tali.
—¿Y qué otra salida nos queda? —Miré a Odlas a los ojos, sintiendo el peso de mi decisión—. Tengo que bajar.
—Tú no vas a ninguna parte —me cortó Odlas, erguido en toda su altura—. Tengo a once ramianos a bordo y, si la única forma de salvarte es llevármelos a todos a la fuerza, así lo haré.
—Es matemática pura —le grité, intentando zafarme de su agarre—. Salva a diez y sacrifica a uno.
—Soy un experto en sacrificios, pero hoy no me da la gana de hacer uno —respondió con una frialdad helada—. Tú y el resto se van de este planeta conmigo.
—¡Mira alrededor! Necesitan atención médica urgente, ¡van a morir si no despegamos ya!
—No vas a bajar de esta nave.
—No eres quién para impedírmelo.
—¿Quieres probarme? —Se interpuso en mi camino. Sus casi dos metros de masa muscular bloqueaban por completo la escotilla.
Intenté empujarlo, pero Odlas se despojó del guante con un movimiento veloz. Maro, intuyendo el peligro, me empujó a un lado para cubrirme. Su piel desnuda rozó la mano descubierta de Odlas. El contacto fue instantáneo: Maro lanzó un ahogado grito de dolor, se convulsionó y cayó fulminado. Lo atrapé antes de que su cabeza diera contra el suelo de metal.
—Si no quieres ver a nadie más colapsar, vuelve a tu asiento —amenazó Odlas, fijando sus ojos oscuros en mí—. No me iré de este planeta sin completar mi misión. Eleven entraron, eleven se van. ¿Queda claro?
Un silencio sepulcral dominó la nave. Nadie se atrevió a desafiarlo. Nadie olvida el peligro que representa la biología de una raza conquistadora: el simple roce con su piel puede ser fatal.
—¡Ruc! ¡Por favor, baja! ¡No puedo vivir sin ti! —El grito de Alaric se filtró desde el exterior. Me cubrí los oídos con desesperación, pero sus palabras me atravesaban igual—. ¡Lo supe anoche! Mi padre amenazó con volarle la cabeza a todo tu grupo si no le daba la frecuencia. ¡No tenía opción! ¡Tenía que salvarte!
Odlas acunó mi rostro entre sus manos enguantadas, obligándome a mirarlo.
—Te amo —murmuró, ignorando el caos exterior—. Sin importar la especie, sin importar el origen.
«Peligro. Amenaza de misil balístico detectada», advirtió la pantalla central.
—¡Detenlo, papá! ¡Prometiste que no le harías daño! —se escuchaba sollozar a Alaric a través de los sensores. Pero el presidente ni se inmutó; las armas y el poder científico valían infinitamente más que los sentimientos de su hijo.
Odlas se ajustó el guante con parsimonia, estrechó mis manos con firmeza y me miró con una calma sobrecogedora.
—Envía mi nave de combate en cuanto salgan de la atmósfera.
—No... No lo hagas. Van a acribillarte.
—Soy Odlas Anipse, líder de la vanguardia y heredero de las casas gobernantes de Destroy —dijo con una sonrisa arrogante dibujada en los labios—. Un par de proyectiles humanos no van a destruirme. Seré el príncipe en apuros esta vez. Recuerda enviar la nave.
Cruzó la compuerta y la escotilla se selló a sus espaldas. Fuego transformado en esa criatura letal lo siguio. Con la pérdida de su masa, los indicadores de la nave volvieron al verde, pero el imán aún nos mantenía encadenados a la superficie.
A través del cristal reforzado, vi cómo al menos mil rifles apuntaban directamente a su pecho. Odlas caminó hacia la máquina de tracción con la tranquilidad de quien da un paseo por un jardín. De un solo golpe imbuido en energía, destrozó el núcleo del imán.
La nave dio un sacudón y comenzó a elevarse velozmente. Azela y Kos tomaron los mandos para estabilizar la ruta mientras Tali intentaba reanimar a Maro.
Yo me pegué al cristal, viendo cómo la figura de Odlas se volvía cada vez más pequeña mientras combatía en solitario contra un ejército entero.




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