Los dos meses de trayecto por el vacío espacial se arrastraron con una lentitud sofocante, mucho más pesados que en nuestro primer viaje. Mientras Oslo lograba estabilizar la condición de Maro, el resto nos forzamos a construir una rutina autómata: medir las raciones de comida, turnarnos en la vigilancia y mantener la nave a flote. Mis compañeros actuaban como si estuvieran volviendo a la vida, convencidos de que nuestra estancia en la Tierra no había sido más que el capítulo oscuro de un mal libro.
Para mí, en cambio, la historia nos había marcado a fuego.
Cada segundo transcurrido en ese planeta dejó una cicatriz abierta en mi pecho. Me resulta imposible continuar: sin Alaric, la existencia perdió su eje. Mientras ellos celebraban estar a salvo, yo me hundía en un espiral de culpa, devorada por la pregunta de qué habría pasado si me hubiera quedado. Si Odlas no se hubiera obstinado en salvarme, hoy sería yo quien estuviera del otro lado: abandonada en un mundo hostil que nos aborrece por ser distintos, sometida a la codicia de un hombre que solo ve dinero en nuestra carne y cautiva de mi propio eterno.
Tener un futuro asegurado junto a él, aun en esas condiciones... ¿habría sido realmente tan desgarrador? ¿De verdad jamás habría encontrado un lugar allí?
Las respuestas se disuelven en la nada. La duda me acompañará siempre, porque sé que jamás podré regresar.
Al posar las naves en nuestro mundo, el aire se llenó de música y vítores: nos recibieron con un banquete, tal como exige la tradición. Qué amarga ironía celebrar el retorno cuando volvimos con las manos completamente vacías.
Apenas desembarcamos, la Administradora nos ordenó descender a su oficina subterránea. Los once caminamos en silencio por los pasillos de piedra hasta presentarnos ante ella para rendir cuentas. Escuchó el informe sin pestañear, incapaz de procesar por qué un Destructor habría arriesgado todo para auxiliarnos. Nadie tenía una respuesta certera, aunque en mi fuero interno estaba convencida de que solo buscaba ayuda para rescatar a los suyos del exterminio.
—Tenemos que devolver la nave —interrumpí, rompiendo el murmullo de la sala—. La necesita para escapar de la Tierra.
—Es imposible —sentenció la Administradora, con una frialdad que congeló el ambiente—. Si se trata de un Anipse, lo más sensato es que permanezca atrapado allí.
Tragué saliva, mirando con incredulidad a la ramiana que siempre había encarnado la máxima rectitud de nuestro pueblo. ¿Cómo podía dictar semejante condena sin pestañear?
—Él nos salvó la vida. Abandonarlo ahora sería...
—Lo mejor para el equilibrio del universo —sentenció ella, alzando una mano para cortar mis palabras—. Tengo entendido que ese ser atacó brutalmente a dos de los tuyos.
Maro y Kilio bajaron la mirada, asintiendo al unísono.
—Es la verdad, Ruc —murmuró Maro, con un hilo de voz—. Nos hizo daño.
— ¡Después los rescató a ambos! Los sacó del Área 51, nos guio al refugio, me protegió del Presidente y entregó su libertad tomando mi lugar para que pudiéramos despegar.
—Iba a dañarte a ti también, Ruc —intervino Zuna, clavando su mirada en la mía con severa preocupación—. Recuerda el momento en que se despojó del guante. Maro tuvo que interponerse para que no te tocara.
Apreté los puños y guardé silencio. Nadie entendía. Yo sentía, en lo más profundo de mi ser, que él solo buscaba amedrentarme, acorralarme para hacerse oír; jamás habría llegado a hacerme daño real.
—La nave queda bajo mi resguardo absoluto. —concluyó la Administradora, zanjando el tema con un gesto inequívoco de su cetro—. La discusión ha terminado. Salgan y pongan su mejor cara ante el pueblo; todos han venido a celebrar su regreso.
Yo no tenía espacio para la alegría. La culpa me carcomía por dentro y el dolor me estaba desintegrando. Ya había dejado atrás a mi eterno, condenándolo a la soledad... y si no encontraba la forma de actuar pronto, terminaría traicionando también a la única criatura que me libró de una existencia miserable.
...
Fui a buscar a mis amigos al día siguiente. Les pedí que nos reuniéramos en el centro de entrenamiento, al llegar me encontré a Maro ocupado, dando instrucciones a los más pequeños, se tomó un momento para escucharme.
—Necesito su ayuda para enviar la nave a la Tierra —solté sin rodeos, mirando a cada uno a los ojos.
Tali dio un paso al frente, negando suavemente con la cabeza.
—No podemos, Ruc. La administradora dejó claro que...
—¡Él nos salvó! —la interrumpí, sintiendo cómo se me apretaba la garganta.
Sabía perfectamente que Tali había sido nuestra líder en la Tierra y que gracias a su temple logramos infiltrarnos con éxito. Le debía respeto profesional, pero en este instante no buscaba a la militar ni a la compañera de misión: necesitaba a mi amiga.
—Por favor —supliqué, bajando la voz—. No puedo hacerlo sola.
—Ruc, te apoyamos con la relación, con la arriesgada infiltración en esa universidad y con los proyectos —intervino Kos, con un tono. —. Creo que fuimos buenos compañeros y estuvimos ahí para ti. No nos pidas ahora traicionar a nuestro propio planeta enviándole una nave al destructor.
El argumento de Kos cayó sobre mí con el peso de una losa. Tenía toda la razón y me resultaba imposible rebatirlo. Sin embargo, la razón no servía de nada contra la culpa que me abrasaba el pecho por dentro.
—Es que... —tragué saliva, incapaz de sostenerles la mirada—, me siento en deuda.
Azela se acercó y colocó una mano en mi hombro, intentando transmitirme firmeza.
—Te iba a lastimar. Piensa en eso cada vez que la culpa intente doblegarte.
En cualquier otro momento, el refugio de sus palabras me habría traído paz. Hoy, solo se sentían como un eco distante que no lograba apagar el incendio en mi interior
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Editado: 10.08.2026