Planeta Ideal.

Capitulo 43

Odlas.

Los días en la Tierra terminaron por convertirse en meses, difusos y monótonos. Sacando cuentas de memoria, ellos debieron tocar suelo en su planeta natal hace al menos ciento veinte días; a estas alturas, mi nave ya debería estar de vuelta.

Pero el horizonte seguía vacío.

Confié en la damisela. Qué ingenuo. Al final, parece que eligió la traición. Ella, que se jactaba de ser incapaz de romper una sola regla, me abandonó a mi suerte sin pestañear. Supongo que la moralidad siempre encuentra atajos fascinantes cuando la excusa es proteger a la propia especie.

Observé el transmisor entre mis manos, sintiendo el frío del metal contra la piel. No quería llegar a esto, pero la Tierra me aburrió hace ya demasiados amaneceres.

Con un suspiro cansado, presioné el conmutador y envié la señal. El destello de luz confirmó que el mensaje navegaba ya por el vacío del espacio. Mis padres estarán eufóricos de volver a verme tras varias décadas de ausencia.

Es hora de volver a casa y, al fin, sentar cabeza.

Ruc.

Mi especie ha entrado en resguardo absoluto. Tenemos visitantes inesperados en el cielo.

La Administradora ordenó el confinamiento inmediato mientras los Protectores intentan contener la amenaza. Me comuniqué con Tali; su holograma parpadeó frente a mí, proyectando un rostro desencajado por la angustia.

—¿Qué está pasando? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

—Es información clasificada.

—Por favor, Tali, somos amigas. Puedes confiar en mí.

—Confío en ti, pero esto nos supera a todos.

—¿Quién nos invade?

Tali tragó saliva antes de responder, y la luz azul de su proyección tembló.

—Son ellos. Los destructores.

En ese instante, las piezas encajaron en mi cabeza. El encierro repentino, los trajes aislantes que nos distribuyeron... Todo era para evitar que termináramos envenenados por su simple proximidad.

—Están destruyendo el escudo protector —añadió Tali con un hilo de voz.

No lo pensé dos veces. Tomé el transportador de mis padres y, desafiando las alertas de emergencia, volé directamente a la oficina de la Administradora. Al irrumpir en la sala, me recibió un reproche helado y la orden inmediata de volver a mi refugio.

—Déjalos pasar —le rogué, dando un paso al frente.

—¿Qué dices? —me miró, incrédula.

—Ramhl es un planeta pacifista —insistí—. Si los recibimos como invitados, actuarán como tal.

—Y después nos envenenarán con su piel —sentenció ella.

—Por favor... Confíe en mí.

Sostuve su mirada con desesperación. Mis ojos debieron de ablandar su rigidez, porque tras un agonizante silencio, dio la orden. El escudo defensivo se abrió lentamente y la nave enemiga atravesó la atmósfera sin un solo rasguño, aterrizando a unos kilómetros del pueblo.

No tuvimos tiempo ni de asimilarlo. Llegaron al centro de la ciudad en menos de cinco minutos; su transporte era infinitamente más rápido que el nuestro. Una comitiva envuelta en armaduras oscuras avanzó entre las sombras. Todos venían cubiertos de pies a cabeza, pero el más alto caminaba al frente con una autoridad aplastante. Se detuvo ante mí, se quitó el casco y me regaló una sonrisa de dientes blancos que me heló la sangre.

—Hola, damisela.

El aire se me escapó de los pulmones. Intenté mantener una fachada indiferente, pero su sonrisa no se disipó. —¿Qué pasa? ¿Has olvidado mi idioma? —Se acercó despacio, recortando la distancia sin que yo me atreviera a retroceder. Su mano, recubierta por un guante pesado, rozó la piel de mi rostro. Luego inclinó la cabeza, buscando mi cuello hasta casi rozar mi piel con su nariz—. ¿Pensaste en mí?

—Todo el tiempo —admití con la voz temblorosa—. Lamento no haber cumplido mi palabra. Puedes castigarme a mí, pero deja a mi planeta fuera de esto. La culpa es únicamente mía.

Él soltó una leve risa cargada de ironía.

—¿Dónde está mi nave?

—Resguardada.

—¿No la tienes tú?

—No.

—Eso significa que no fue tu culpa —concluyó, cambiando su tono a uno mucho más sombrío—. Es culpa de tu planeta.

Chasqueó los dedos. Uno de sus hombres regresó de inmediato a la nave y, cuando volvió, el mundo se me vino abajo. Todo mi cuerpo se congeló al ver a quién traía arrastrando.

—¡Alaric! —Grité fuera de mí e intenté correr hacia él, pero el brazo de Odlas se cruzó como un barrote de hierro, aprisionando mi cintura contra su cuerpo—. ¡No le hagas daño! ¡Por favor... por favor!

—Que le haga daño o no depende enteramente de ti —murmuró Odlas cerca de mi oído, sujetándome de los hombros para obligarme a mirarlo a los ojos—. Vas a elegir.

—¿Qué... qué debo elegir?

—¿A él... o a todo tu planeta?




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