Planeta Ideal.

Capitulo 44

Ruc.

Lo que me pedía era sencillamente imposible. No podía elegir entre la vida de mi compañero o la de toda mi especie. ¿Qué clase de monstruo era para ponerme en una posición así?

—No me pidas algo como esto —supliqué con la voz quebrada.

—Ya lo pedí.

—No puedo... Lo amo —mis labios temblaron al dejar escapar la confesión, tragándome el amargo sabor del miedo—. No le hagas daño, por favor. Puedes hacerme lo que quieras, pero no toques a los que amo.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Bien. Después de todo, no necesito a todos los ramianos; solo a ti, mi damisela.

Odlas chasqueó los dedos y el destructor soltó a Alaric de inmediato. En cuanto la presión sobre mí cedió, me liberé del agarre de Odlas y corrí directo a los brazos de mi eterno.

—Morita... —las lágrimas desbordaron sus mejillas al sostenerme—. ¿Estoy soñando de nuevo?

—No. Soy yo, estoy aquí, soy real —dije antes de fundirnos en un beso ardiente, un beso que me arrebató hasta el último aliento—. Te extrañé... No tienes idea de cuánta falta me hiciste.

—No tanta como tú a mí.

Estábamos a punto de unir nuestros labios por segunda vez cuando el destructor lo jaló bruscamente hacia atrás.

—¡Suéltame! —gruñó Alaric.

—Calla, prisionero —espetó el guardia en un idioma ajeno. Alaric frunció el ceño, sin entender una sola palabra.

—Pide que te calmes, no te harán daño —traduje rápidamente para él, intentando transmitir una calma que yo tampoco sentía.

—Quiero estar contigo —insistió, luchando contra su agarre.

—Imposible —intervino Odlas, dando un paso al frente con absoluta frialdad—. A partir de hoy, Ruc me pertenece. Se convertirá en mi esposa. — Dijo la última palabra en inglés.

—¿Qué? —el pánico me nubló el juicio. Quizás había entendido mal.

—¿Dijo esposa? —susurró Alaric, buscando mis ojos en medio de la confusión—. ¿Quiere que seas su esposa?

— No. Entendiste mal.

—Esposa. Compañera, eterna, reina de Destroy, mi damisela... Puedes usar el título que más te agrade.

El aire se congeló en mis pulmones. Odlas debía de haber perdido por completo la cabeza. ¿Por qué querría casarse con una ramiana? Ni siquiera poseía poderes ni habilidades superiores de combate. ¿Cuál era el verdadero truco detrás de esto?

—Nunca. Ella no se casará contigo.

—¿Quieres ver cómo sí? —Odlas deslizó un anillo en mi dedo. En mi planeta no solíamos llevar esta clase de adornos; él solo estaba imitando la cultura humana.

—Ese es mi anillo —gritó Alaric, furioso.

Miré la joya con atención: un deslumbrante diamante violeta flanqueado por dos diamantes azules, unidos por un aro dorado incrustado con pequeños diamantes blancos cortados en triángulo.

—Le hice mejoras. Eso lo convierte en mío… igual que a ella. —Odlas me pegó bruscamente contra su pecho—. ¿Dónde deberíamos casarnos? ¿Aquí o en Destroy?

—No me casaré contigo.

—No me hagas perder la paciencia —amenazó con soberbia—. Fuiste muy clara: dijiste que podía hacer contigo lo que quisiera. Esto es lo que quiero. Quiero que seas mi esposa.

—¡Nunca!

Odlas se quitó los guantes. Al mismo tiempo, otro destructor avanzó para sujetar a Alaric y obligarlo a hincarse de rodillas.

—¡No lo toques! —Cubrí el cuerpo de Alaric con el mío.

La mano de Odlas se congeló en el aire; no llegó a rozarme. La mayor muestra de amor para un destructor es contenerse y no tocar a su pareja. Él… él de verdad cree que yo soy la suya.

Levanté la vista hacia Odlas. En sus ojos ya no había rabia, sino dolor, tristeza y decepción. Pensaba que lo estaba traicionando.

—Aléjate de él.

— Él es mi eterno. Tú no eres nada mío, no tengo por qué casarme contigo.

—Sí tienes. A menos que quieras que destruya tu planeta, vas a obedecer.

—Dije que no. —Me puse de pie y lo sostuve con la mirada, rehusándome a ceder en este duelo de voluntades.

Odlas volvió a colocarse el guante sin romper el contacto visual. Me sujetó la muñeca y, con aterradora tranquilidad, le sonrió a la Administradora.

—Me llevaré lo que me pertenece. Ustedes pueden seguir con sus vidas. Regresen al humano a la Tierra y borren su memoria.

—¡No! ¡No pueden hacerme esto! ¡Ruc! ¡No quiero olvidarte! ¡Diles que no lo hagan! —gritó Alaric, forcejeando.

—¡Suéltame! —le exigí a Odlas.

—¿Prefieres su memoria o su vida? — La amenaza terminó de romper mi estabilidad. — Quieras o no, vendrás conmigo. Elige sabiamente su destino.

Miré a la Administradora y asentí en silencio. Era lo mejor. Si mi vida ya estaba condenada al infierno, no iba a arrastrarlo conmigo.

—¡Te amo, Alaric! ¡Siempre te amaré!

—¡Yo también te amo! ¡Te encontraré, juro que nos volveremos a ver!

Fui arrastrada hacia la nave de los destructores. Desde la ventana, vi por segunda vez cómo el humano que amaba lloraba con desesperación. Me habían concedido apenas unos minutos a su lado, solo para volvérmelo a quitar sin piedad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.