Planeta Ideal.

Capitulo 45

Ruc.

El trayecto hacia Destroy fue un infierno de náuseas. El espacio que rodeaba a aquel planeta se sentía hostil, denso, completamente ajeno a todo lo que conocía. Ni siquiera quería imaginar cómo sería la superficie, una voz me advertía que no sobreviviría allí ni una semana.

Luché contra el cansancio, obligándome a mantener los ojos abiertos, pero los párpados me pesaban como el plomo. Llevaba más de dos días despierta, resistiendo al colapso. Odlas insistía una y otra vez en llevarme a descansar, pero la desconfianza me dominaba y lo apartaba con las pocas fuerzas que me quedaban.

Al tercer día, mi cuerpo simplemente cedió. La negrura me tragó y caí rendida sobre el suelo frío de la nave.

Cuando volví en mí, estaba hundida en una cama blanda y acogedora. Me dolía todo el cuerpo, sentía la cabeza a punto de estallar y cada inhalación me costaba un esfuerzo tenso.

—¿Cómo estás? —escuché su voz cerca.

—No te acerques —murmuré, intentando retroceder.

—Damisela... —dijo, estirando la mano hasta rosar mi mejilla con su dedo enguantado—. Por mucho que quiera, me resulta imposible tocarte.

—No soy tu pareja —protesté, desviando el rostro—. Ustedes solo se emparentan entre los suyos. Yo soy ramiana. Ninguno de los tuyos aceptaría jamás a una...

—Mi dulce Damisela —interrumpió con una sonrisa pausada—. Te quise desde el primer segundo en que tus pupilentes marrones me miraron. Te quise cuando te creí humana, te quise al descubrirte ramiana, y te quiero ahora, a pesar de que jamás serás una destructora. Así es como amamos nosotros.

—Te equivocas, no soy tu pareja —protesté, dando un paso atrás—. Me estás confundiendo.

—Lo que siento es inconfundible —afirmó. Su mirada se fijó en la mía con una intensidad pesada, casi asfixiante.

—Aunque lo fuera, no puedes tocarme. ¿Para qué me quieres?

—Para viajar contigo por todo el universo; para cuidarte, amarte, adorarte, consentirte...

Sus palabras me provocaron un escalofrío helado. Voy a morir. Sentí una arcada violenta retorciéndome el estómago, pero ni siquiera tenía algo que expulsar; llevaba horas sin probar bocado.

—¡Fet! —bramó él, rompiendo el aire.

Un destructor atravesó el umbral al instante, rígido como una estatua.

—Preparen comida ramiana.

—Ya está todo listo, mi señor —respondió la criatura con voz sumisa.

—¿Y qué esperas para traerlo?

— Discúlpeme. La traeré en diez segundos.

Cumplió su palabra. Diez segundos después, depositó sobre la mesa una pesada tabla de madera repleta de platillos ramianos que despedían un vapor desconocido.

—Come, damisela —ordenó él, inclinándose hacia mí con una sonrisa helada—. Te aseguro que mataré a mi cocinero si algo no es de tu agrado.

Quise convencerme de que era solo un chiste macabro, pero en sus ojos no había ni un solo rastro de burla.

La pesadez en el estómago no se me fue del todo, pero mi instinto pudo más que el miedo.

—Come conmigo —le dije, señalando el banquete, a los ramianos no nos gusta comer solos.

Odlas se congeló un segundo. Una chispa de auténtico asombro cruzó su rostro antes de asentir con una lentitud casi devota. Se acomodó en la cama y jamás apartó la mirada de mí, la intensidad de sus ojos me envolvió de una forma extrañamente cálida, no me sentí perseguida ni prisionera, sino profundamente adorada.

El silencio entre los dos se volvió un diálogo cómodo de miradas, interrumpido de golpe por la voz metálica del altavoz de la nave:

"Atención. Hemos entrado en la órbita de Destroy. Preparando secuencia de aterrizaje."

Odlas se puso de pie al instante y me ofreció su mano enguantada con una cortesía impecable. La acepté, dejando que me guiara con cuidado a través de las compuertas hasta la rampa de desembarque.

Al abrirse la compuerta, el frío hostil que me había imaginado jamás llegó. En su lugar, el aire fresco de Destroy me recibió con un soplo limpio. El paisaje no era el infierno desolado que esperaba, sino un mundo deslumbrante: valles infinitos bajo un cielo suave, vegetación de tonos plateados y un horizonte sereno que me recordaba la naturaleza de la Tierra.

En el centro de la ciudad se alzaban edificios colosales y varios castillos, cada uno más imponente que el anterior.

—Bienvenida a tu planeta —dijo él, envolviendo mi mano con la suya, aún enguantada.

Un vehículo nos condujo hacia la entrada principal. Las estructuras a nuestro alrededor albergaban una tecnología similar a la de la Tierra: ascensores, complejos de departamentos y personal de mantenimiento, aunque todo lucía infinitamente más avanzado.

Cruzamos la urbe hasta llegar a un gran puente que la separaba del sector de los Palacios. En cuanto lo atravesamos, la estructura se elevó a nuestras espaldas, erigiendo una barrera infranqueable entre ambos mundos.

Las calles aquí eran completamente distintas. Por un momento creí que habíamos llegado a nuestro destino, pero me equivocaba: tras dejar atrás el cerco de castillos, nos topamos con un segundo puente. Al otro lado se erigía una fortaleza solemne que fusionaba dos eras: la antigüedad y la tecnología. Por fuera, la fachada lucía remota, de piedra gruesa y apariencia ancestral; por dentro, sin embargo, las puertas se abrían mediante códigos táctiles, las escaleras habían sido sustituidas por plataformas levitantes y los muebles se reconfiguraban al menor mandato vocal. Autómatas de limpieza patrullaban los pasillos y los ventanales alternaban entre la transparencia y la opacidad según la temperatura exterior. Era una auténtica vorágine tecnológica.

—Hijo —saludó una destructora alta, de piel bronceada, ojos deslumbrantes y labios rosados, mientras estrechaba a Odlas en un abrazo. Vestía un traje ceñido que le cubría el cuerpo entero y llevaba guantes a juego. —Bienvenido a casa. — Su mirada se desvio hacia mí durante un segundo que se sintió eterno.—Trajiste una prisionera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.