Ruc.
—¿Dormir? Yo no puedo dormir en la misma habitación que él.
Su piel venenosa había quedado completamente expuesta ante mí, tan hermosa como mortífera. Un vuelco de pánico me oprimió el estómago.
—Oye, no me malinterpretes —murmuró, notando mi rigidez—. Siempre dormiré cubierto, no vas a correr ningún peligro.
—¿Es necesario dormir juntos?
—¿Qué clase de esposo seré si no duermo contigo?
—Considerando el hecho de que puedes matarme con solo rozarme, yo creo que serías un excelente esposo a la distancia.
—Puedo tocarte... Mientras haya tela de por medio, puedo hacerlo.
—En este preciso momento no hay tela —le recordé, conteniendo la respiración.
Odlas dejó escapar una baja risotada antes de deslizar sobre su torso la camisa de lana pesada.
El padre de Odlas llegó antes del anochecer. Recibió a su hijo con un abrazo firme para, un milisegundo después, asestarle un puñetazo brutal en el rostro que resonó en toda la estancia. La madre soltó un ahogado grito de horror.
—¡Salvaje! ¿Cómo te atreves a pegarle a mi bebé?
—Tu bebé abandonó el planeta hace cinco décadas —escupió el padre, limpiándose el dorso de la mano—. Sabrán nuestros ancestros qué clase de deshonra estuvo haciendo todo este tiempo.
—Intentaba curarme.
—¡No estás enfermo! —rugió el viejo destructor—. Ninguno de nosotros lo está. Nuestra piel es una bendición que nos protege. Acéptalo de una vez.
—Lo que tú llamas bendición me impide tocar a la ramiana que amo. —Espetó Odlas, dando un paso al frente.
—¿Ramiana? ¿Te enamoraste de una ramiana?
—Técnicamente, el universo me empujó a ello. Es obra del destino y la naturaleza.
—No juegues conmigo. Jamás aceptaré a una débil ramiana como parte de esta familia. Eres un destructor, tu deber es unirte a una destructora.
— Es lo mismo que le he dicho yo —intervino la madre, cruzándose
de brazos.
—Bien —dijo Odlas, con una frialdad que congelaba la sangre
— Si no aceptan a mi pareja, tampoco me tienen a mí. Me largaré otra vez.
—¡No puedes hacernos esto! ¿Qué hay de mis nietos?
—¿Nietos? —El corazón me dio un vuelco. Los miré desorbitada. ¿Cómo pretendía que tuviéramos hijos si ni siquiera podía tocar mi piel? ¿Acaso se reproducen de manera distinta?
—Tú y papá se niegan a aceptar a mi damisela.
—Tu piel es capaz de derretir la carne de las destructoras más feroces del planeta —vociferó el padre, señalándolo—. ¿Cómo demonios piensas tocar a una ramiana? Es otra especie, no va a resistir ni un segundo.
Las palabras me congelaron. Recordé a Maro, desplomándose en el suelo tras un simple roce de Odlas. Y yo era infinitamente más frágil.
—No la tocaré jamás.
—¡¿Y para qué carajos la quieres aquí?!
—¡Porque la necesito! —bramó Odlas, y la habitación pareció vibrar con su voz—. ¡No puedo respirar si no está cerca, no puedo dormir, no puedo comer! ¡Me siento completamente perdido sin ella!
El silencio cayó de golpe. Sus padres giraron sus miradas hacia mí, escudriñándome como a un espécimen extraño.
—¿Estás aquí por tu propia voluntad?
—Me amenazó con destruir mi planeta o matar a mi eterno si no venía —confesé con la voz temblorosa.
Esperaba indignación, pero en lugar de reprenderlo, los rostros de ambos se iluminaron con un retorcido orgullo.
—Bueno... Al menos hay prueba de que no has perdido tu lado despiadado.
—¿Eso se supone que es una cualidad para ustedes? —pregunté, retrocediendo un paso.
—Nuestro planeta no funciona como el tuyo, ramianita —dijo el padre, avanzándose con superioridad—. Aquí no manda el más bondadoso, manda el más poderoso. ¿Comprendes? Si pretendes ser parte de mi linaje, tendrás que convertirte en...
—Nada de eso —interrumpió Odlas, interponiéndose entre su padre y yo—. Ruc es de naturaleza pacifista y van a respetar sus costumbres.
—Será tu pareja; tiene que aprender a cuidarte las espaldas en la batalla.
—Sí, claro... Así como mamá te las cuida a ti.
—Tu madre es mi reina.
—Y Ruc es mi damisela.
Un silencio tenso se apoderó de los dos hombres. La piel del padre comenzó a cambiar a un matiz rojo oscuro, hirviendo en furia.
—¿Te atreviste a otorgarle ese título?
Tragué saliva. Para mí, la palabra damisela no evocaba más que un cliché indefenso. ¿Por qué reaccionaba con semejante violencia?
— Le corresponde —mantuvo Odlas, firme.
Definitivamente, iba a tener que investigar muy bien qué significaba ese título antes de que nos mataran a todos.
—Como quieras —cedió el padre, soltando un resoplido pesado—. Organizaremos una ceremonia digna de los Anipse, siempre y cuando no vuelvas a poner un pie fuera del planeta en al menos cien años.
—¿Y el viaje de placer?
¿Viaje de placer? ¿Qué era eso?
—Bien. Te concederé un lustro de vacaciones, ni un solo día más.
—¿Un lustro? Eso no me alcanzará para enseñarle ni la mitad del universo. Exijo una década.
— Un octenio. Y no pidas más.
— Bien.
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Editado: 17.08.2026