Odlas
Mi damisela duerme profundamente. Tuve que administrarle un sedante potente; de lo contrario, pasaría la noche buscando la forma de desarmar cualquier artefacto tecnológico del castillo.
Una leve sonrisa le dibuja los labios. ¿Con qué estará soñando? Sería ridículamente fácil conectar una interfaz a su cerebro y proyectar sus pensamientos en una pantalla, pero cuando murmura un «Alaric... no te vayas» cargado de una nostalgia desgarradora, prefiero no invadir su mente. Por el bien de mi propia cordura. Con la mirada fija en su rostro, confirmo el primer planeta que visitaremos en cuanto esto termine.
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Al amanecer, la puerta de la habitación se abre de par en par. Mi madre entra flanqueada por las sirvientas Yuker, las artesanas encargadas de vestir a la alta nobleza. Han venido a tomar las medidas para el atuendo de mi damisela. Ruc se incorpora lentamente, llevándose una mano a la sien; el letargo del fármaco aún le pesa en los párpados. Sin un solo atisbo de paciencia, mi madre le ordena ponerse en pie.
..
El anochecer tiñe la estancia cuando regreso. Ruc permanece sentada al borde del lecho, con la mirada perdida en el vestido violeta que lucirá. En Destroy, las tradiciones no son simples adornos: la novia viste del color exacto de sus ojos, mientras que el novio porta un traje negro acentuado con una camisa del mismo tono. A la medida de nuestro rito, yo llevo un reloj violeta y ella una pulsera azul, a juego con el lazo que le ciñe la cintura. Es el sello imponente de que me pertenece, la marca visual de que ningún súbdito —ni siquiera los otros príncipes— tiene permitido posar sus ojos en ella.
—Te ves inefable, damisela —admito, sintiendo cómo se me quema la garganta por el deseo reprimido de besarla y acunar su rostro entre mis manos—. Ojalá pudiera... —murmuro, apenas para mí.
—¿Qué cosa? —pregunta, alzando la vista.
—Tocarte sin hacerte daño.
Su silencio pesa más que la estancia entera mientras baja la mirada. Me ajusto lentamente los guantes de protección y le extiendo la mano. Es hora.
..
La ceremonia la encabeza mi padre, el monarca supremo de este planeta. Es un privilegio reservado exclusivamente a la realeza. Aunque resulte irónico, soy el primero de los príncipes en tener una ceremonia. La naturaleza letal de nuestra piel los ha llevado a rechazar la unión formal: conocen a sus parejas desde hace decadas, pero jamás las han tocado. Para nuestra estirpe, esa abstención impuesta es la mayor prueba de amor.
No siempre fuimos una maldición. Hubo una era milenaria en la que podíamos sentir el contacto piel con piel y engendrar vida sin temor. Mi padre es de los escasos Destructores que conserva la capacidad de tocar a su consorte sin lastimarla; otros han intentado robarse un solo segundo de contacto, y los experimentos concluyeron en tragedia. Esa memoria histórica me basta: jamás arriesgaré a Ruc.
—Por el poder que sostengo desde hace dos milenios, los declaro esposo. — Proclama la voz de mi padre, haciendo una pausa incómoda al notar que el ritual habitual no aplica aquí—. Puedes... tomarla de la mano.
Una sugerencia prudente para nuestra especie.
Ruc.
Las maletas están listas. Se tratan de dos pequeñas cajas tecnológicas que comprimen la ropa al cerrarlas; una maravilla que nos permite cargar toneladas de equipaje en un espacio mínimo.
Al abordar la nave, me encuentro con mi viejo amigo Fuego. Había vuelto a convertirse en la criatura enorme que vi por primera vez en la montaña, pero al verme, se transforma de inmediato en mi pequeño cachorro. Da un brinco emocionado y logro atraparlo en el aire.
—Hola, pequeño —digo mientras me regala unos suaves ladridos. Interpretaré eso como un «te extrañé».
...
La primera parada de la nave es un mundo helado. Llevo un par de abrigos encima y, aunque la gravedad aquí es aplastante, puedo caminar con normalidad gracias a unas botas de alta tecnología.
—Este es el planeta de los desesperados. — Me informa Odlas.
—¿Por qué se llama así?
—Primero hagamos el ritual, después te cuento la historia —dice tendiéndome la mano. La miro sin intención de tomarla—. Debemos recorrer todo el camino con las manos unidas; el ritual empieza así.
—¿Qué clase de ritual es?
—Una tradición de mi planeta. No te preocupes.
—Está bien.
Odlas me guía a través de un túnel. A medida que avanzamos, la temperatura se eleva de forma drástica: el sudor corre por mi frente, siento las mejillas ardientes y el cuerpo cada vez más pesado. Parece que la gravedad aquí adentro es aún más intensa que en la superficie.
Avanzamos unos metros más y la cueva se abre ante una cascada de lava que cae directamente sobre un lago helado. Jamás he presenciado algo tan hermoso. El lago es de hielo sólido y, a pesar de la lava que fluye en su interior, resiste la temperatura extrema sin derretirse. Es mágico.
—Increíble, ¿no?
—Maravilloso... Si tuviera mi comunicador, tomaría una fotografía.
Odlas me señala un pequeño dron que flota sobre nosotros, grabando cada segundo del viaje. Luego, busca en su mochila, saca un hilo rojo y ata un extremo alrededor de mi muñeca y el otro a la suya.
—Te elegiré en todas mis vidas —pronuncia antes de cortar el hilo.
—¿Qué... qué acabas de hacer? —El pecho se me oprime. Esto parece un...
—Acabo de sellar nuestro destino —responde con una sonrisa perversa.
—No entiendo.
—¿Sabes cuál es el sentimiento que nos hace perder la razón? ¿Aquel por el que somos capaces de hacer lo imperdonable?
—El amor —susurro. Odlas parece complacido de que lo entienda—. ¿Qué me hiciste? —Mi corazón late desbocado por la preocupación; el aire en la cueva se vuelve sofocante.
—Hice lo necesario para que tengas que elegirme —dice. Sus palabras caen sobre mí como un balde de agua helada, paralizándome por completo—. Nuestras almas están unidas para toda la eternidad. Me amarás tanto que te dolerá no tenerme a tu lado; el humano que ahora ocupa tu corazón será historia en cuestión de días.
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Editado: 17.08.2026