Ruc.
No puedo mirar a Odlas sin recordar que, hace apenas unos días, me jugó sucio al ejecutar un ritual que jamás aprobé. ¿Pero qué he aprobado yo en el último tiempo? Desde que me sacó de mi planeta dejé de ser autónoma; no tengo poder sobre nada. Y aunque me creo incapaz de odiar, el sentimiento que arde en mi pecho ahora mismo se le parece demasiado.
— Hoy también vas a privarme de tu mirada —dice él.
Las gafas de sol me impiden ver sus ojos. Hay ciertos rituales donde la magia o el vínculo dependen enteramente del contacto de la piel y de sostener la mirada. Como no sé absolutamente nada sobre lo que me hizo, estoy tomando precauciones: me rehúso a enamorarme de él. Sería un sufrimiento peor que estar alejada de Alaric, una verdadera tortura. Sentiría exactamente lo mismo que él siente: ese dolor colosal de tenerme cerca y no poder tocarme. Al menos, estar lejos de Alaric no requiere este esfuerzo descomunal de contención.
—Te pido que no me mires.
—¿Por qué? ¿Temes caer a mis pies? — Su sonrisa egocéntrica me saca de quicio.
— Sabes que estás atravesando una confusión emocional. Si tu verdadera pareja apareciera, todo esto terminaría.
— Mi verdadera pareja está justo frente a mí.
— Si yo fuera tu pareja, lo sentiría. Sería destructora y, más importante aún, te amaría.
— Quizás la del bloqueo eres tú.
El choque de ideas muere en el aire cuando la nave aterriza en nuestra segunda parada: el Planeta Gigante, un territorio colosal dominado por una fauna descomunal. Odlas me invita a domar a un caballo alado. En mi planeta también existen, pero los cuidamos como a uno más de los nuestros: con respeto y devoción.
—Definitivamente no.
—Es muy divertido —asegura.
Con un silbido ágil, uno de los animales se desvía de la parvada y se detiene a su lado. Es una criatura imponente de pelaje marrón y crin negra que destella bajo el sol. Con su mano enguantada me hace un ademán para subir, insiste en que no pasa nada y, antes de que pueda protestar, me levanta por la cintura. Me acomoda sobre el lomo del animal, pone a Fuego con cuidado entre mis brazos y después se sube él.
Siento el firme calor de su pecho clavándose contra mi espalda. Pasa una cuerda floja por el cuello del caballo, le da un par de palmadas afectuosas y el animal, sin dudarlo, se lanza directo al vacío.
Un grito desgarrador se me escapa de la garganta, tan violento que temo quedarme sin voz. Odlas me envuelve en un abrazo firme mientras yo estrecho a Fuego contra mi pecho.
—¡Quiero bajarme!
—Oye... estoy aquí. Jamás permitiría que te caigas —murmura muy cerca de mi oído.
Su voz, impregnada de una serenidad absoluta, me transmite un soplo involuntario de calma.
El caballo remonta el vuelo y estabiliza el planeo por encima de las nubes. El paisaje inferior se transforma en un espectáculo irreal de proporciones titánicas: mariposas del tamaño de casas, elefantes majestuosos y delfines voladores que cruzan el cielo. Puedo contemplarlo todo desde las alturas.
Sobre nosotros, un dron zumba en silencio mientras captura fotografías de cada momento. En medio del viento y la inmensidad, me doy cuenta de algo que jamás creí posible: estar en la cima del mundo sobre un caballo volador realmente es divertido.
El viento que desata el aterrizaje me arranca las gafas del rostro. Amago con bajarme de un salto para rescatarlas, pero él se me adelanta: el chasquido del plástico rompiéndose bajo su bota retumba en el aire. Cuando levanta la vista, me dedica una sonrisa demasiado amplia, repleta de dientes.
—¿Me ayudas a bajar?
No me queda alternativa. El lomo de la bestia está demasiado alto y saltar mientras sujeto a Fuego contra mi pecho sería una imprudencia.
Odlas extiende sus brazos. Con una soltura casi imponente, toma a Fuego y lo deposita en el suelo antes de volver a centrarse en mí. Apenas me deslizo por el costado del caballo, mi cuerpo choca contra el suyo. La calidez de su aliento me golpea el rostro. Sus ojos atrapan los míos y una tensión invisible, densa como una corriente eléctrica, nos envuelve: el rito ya está actuando entre los dos.
—Si tan solo pudiera... —su voz se quiebra en un murmullo mientras yemas de sus dedos rozan mi mejilla con una cautela casi devota—. Eres inefable.
Sus ojos se cristalizan de pronto. No necesito que hable para sentirlo: su dolor me atraviesa con la fuerza de un impacto. Es un abismo de desesperación, un odio contra su genética, contra su propia sangre que lo condena. —Te amo tanto. — Susurra.
Su abrazo me envuelve como una coraza de acero. Me aprieta contra su pecho, sepultando el rostro en mi cuello para aspirar mi aroma en un suspiro pesado y febril.
—Odlas... —logro articular, ahogada—. No puedo respirar.
El agarre se afloja al instante. Me desprendo de él con suavidad y le tiendo la mano.
—Tenemos que regresar a la nave.
Él sostiene mis dedos y, usando la otra mano como apoyo, se pone de pie. A su lado, la disparidad de nuestras estaturas roza lo ridículo.
—No quería perder el control —dice, y la sombra de la culpa ensombrece su mirada—. Te prometo que jamás voy a tocarte sin la protección necesaria.
—Te creo.
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Editado: 17.08.2026