Ruc.
Tercera parada: el planeta de las sirenas. La tierra firme es apenas un espejismo que no cubre ni el uno por ciento del ecosistema. Aquí todo es un abismo líquido, así que la nave se repliega y se transforma en submarino. Las criaturas de torso humano y cola de pez dominan los arrecifes; poseen una belleza hipnotizante y sus cabelleras vibran en los mismos tonos que sus escamas: desde el azabache hasta el rosa pálido, pasando por destellos rubios, azules y blancos. Son esquivas y cautas; apenas perciben la sombra de la nave, se hunden en las profundidades a toda velocidad.
—¿Quieres que capture una?
—¿Por qué querría algo así?
—Para que te diviertas un poco.
—Eso no tiene nada de divertido.
—Lo mismo pensabas de montar a aquel caballo volador.
—A ese caballo solo lo montamos, no le hicimos daño. Si intentamos capturar a una sirena, podría atacarnos.
—Eso es mentira. Las sirenas son amigables con los machos de otras especies. Mira.
Odlas acciona una compuerta y emerge al agua helada, nadando al lado de la nave hasta atraer la atención del arrecife. En segundos, varias sirenas lo circundan en un baile curioso, pero ninguna se aproxima lo suficiente; parecen intuir el peligro que entraña la piel mortal de su especie. Vuelve a la nave tal como salió: cortando el agua a brazadas.
—¿Las viste?
—Bastante... —Las palabras se me atoran en la garganta. Está descalzo, sin camisa ni pantalón, vistiendo únicamente una prenda interior ajustada. La luz marina resbala por los músculos de su cuerpo empapado en agua salada—. Deberías ponerte algo de ropa.
—Tranquila, no me acercaré a ti estando así —responde con una sonrisa burlona.
Eso espero. Dando la vuelta, me refugio en el otro extremo del submarino. A través de los cristales, contemplo el paso veloz de los bancos de peces y cómo la flora abisal resplandece bajo el reflejo de la luna. Una flor en especial cautiva mi atención: un cáliz de un blanco celestial en cuyo centro titila un mineral similar a un diamante, iluminando la penumbra marina. Me quedo embobada.
—¿Cómo se llama esa...? —empiezo a preguntar, pero la presencia de su cuerpo a mi espalda me frena de golpe. No escuché sus pasos.
—Tengo un traje especial. Póntelo y vamos a verla juntos.
Me entrega una prenda térmica de piel sintética que aísla la humedad, acompañada de un casco acrílico de oxígeno. Una vez equipados, ambos nos sumergimos. El agua está helada, un frío casi metálico que me eriza la piel a pesar del traje; no me explico cómo él nadaba en este abismo como si fuera una fuente termal.
—¿Quieres llevarla con nosotros? —me pregunta, mientras el casco traduce los signos que traza con sus manos.
Niego en el acto. Arrancarla de su hábitat terminaría por marchitarla. Me limito a admirar su resplandor unos minutos más antes de pedirle que regresemos; el frío empieza a calarme los huesos.
—¿Te está gustando el viaje? —me dice en cuanto cruzamos la escotilla.
—Sí.
—¿A dónde te gustaría ir ahora?
Por un instante, la imagen de un mundo lejano cruza mi mente. No es el planeta lo que extraño, sino a la persona que dejé en él.
— No vamos a visitar la Tierra —sentencia Odlas, adivinando mi pensamiento y destruyendo mi fantasía—. Sabes que es peligroso. Odian a los alienígenas; además, allí vive ese humano.
—Puedes elegir tú. Si dependiera de mí, siempre elegiría la Tierra.
—O podríamos visitar a mis suegros.
—¿Dices que pondrás tu vida en peligro yendo a mi planeta solo?
—No voy solo. Voy contigo.
—Yo no sé pelear como tus guerreros, no puedo defenderte.
—Tienes algo más grande que el combate a tu favor.
—¿A ti? —inquiero, confundida. Él posee la fuerza, la técnica y esa piel letal.
—Mi amor por ti —presume con arrogancia—. Tenerte me hace más poderoso. Más valiente, más fuerte, más letal.
—¿Es una metáfora o es algo de tu ADN?
— ADN, damisela.
— ¿Esa es la razón por la que me quieres a tu lado? ¿es por eso que te gustó?
— En el planeta de los humanos escuché algo: si una persona te gusta por su cuerpo, es deseo; si te gusta por su inteligencia, es admiración; si te gusta porque te hace sentir especial, es escasez; si te gusta por lo que tiene, es interés; si te gusta porque es como tú, es el espejo de tu ego; si te gusta porque te llena, es dependencia emocional; si buscas razones para que te guste, es autosugestión... Pero si tienes claro que te gusta sin encontrar una sola razón, eso es amor. — Se acerca un poco más, clavando su mirada en la mía. —Tú me gustas desde el primer día. Desde que te vi en esa montaña, con esos pupilentes que ocultaban tus hermosos ojos violeta... Cuando actuabas como humana y disfrazabas tu miedo detrás de tus agradecimientos.
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Editado: 17.08.2026