Planeta Ideal.

Capitulo 50

Siete años después.

Ruc.

Nuestra penúltima parada era un páramo desértico. Habíamos aterrizado allí por orden estricta de su padre, con la misión de recolectar arena de un oasis para uno de sus experimentos. Como el viaje de regreso a Destroy desde este punto tomaba siete meses, resultaba práctico recogerla antes de dar por concluido nuestro viaje de placer.

-Sigue en pie la idea de ir con tus padres.

- No me gustaría que te atacaran.

- Vaya... Ya te preocupas por mí.

- Siempre me he preocupado por ti. Es parte de mi naturaleza.

- Ah, claro. La famosa bondad ramiana.

- ¿Ya te fastidió mi bondad?

- Desde el mismísimo día en que salvaste a ese esclavo de ser vendido. Tienes que comportarte como una... -Las palabras se le atragantaron en la garganta.

-Dilo. No soy una destructora -sentencié, fijando la mirada en él-. Sabes perfectamente que no soy como ustedes y jamás lo seré.

-Al menos no me hagas pasar ridículos -protestó, endureciendo la voz-. Si te digo que no intervengas, no lo haces. Tienes que obedecerme.

-No voy a obedecerte. Si no te parece, puedes disolver nuestro lazo ahora mismo y enviarme sola de vuelta a mi planeta.

Odlas soltó un suspiro pesado, frustrado.

- Odio con toda mi alma amarte con todo mi corazón.

- Ustedes no tienen corazón.

- Por desgracia lo tenemos. Y, para mi desgracia, tú eres la dueña absoluta del mío.

- Si yo fuera la dueña, tú...

La frase quedó suspendida en el aire cuando la tierra retumbó bajo nuestras botas. El oasis crujió y, de sus profundidades, emergió una serpiente colosal, levantando una cortina de agua y lodo.

-Creo que deberíamos correr. -Alcanzó a decir Odlas.

Su mano envolvió la mía con fuerza, arrastrándome a su paso. Las mandíbulas del monstruo chasquearon a centímetros de nosotros, rozándonos con un aliento fétido. Llegamos a la nave con la bestia pisándonos los talones; abordamos de un salto y Odlas activó el escudo protector en el último segundo. Pero la serpiente no cedió: embestía el campo de fuerza una y otra vez mientras la nave ascendía torpemente hacia el cielo.

Justo cuando creímos haber ganado altura suficiente, el escudo colapsó con un chispazo ensordecedor. El impacto sacudió la estructura y casi frena nuestro ascenso. Logramos romper la atmósfera del planeta, pero con el panel de control parpadeando en rojo.

- ¿Estás bien? -preguntó Odlas de inmediato.

- Sí. ¿Y tú?

Me rodeó con un abrazo posesivo, pegándome a su pecho.

- Siempre estaré bien si tú lo estás -murmuró, hundiendo la mano en mi espalda-. Lo siento. Lamento lo que dije atrás... a veces hablo sin pensar. Amo tu bondad, Ruc. Amo absolutamente todo de ti; solo me aterroriza que te pase algo.

-Lo sé. - Suspiré, rodeando su torso para calmarlo.

Cada vez que mi vida corría peligro, Odlas colapsaba por dentro. El estrés lo dominaba a tal punto que pasaba las noches en vela, despertando a cada rato solo para poner una mano sobre mi pecho y revisar si seguía respirando.

"Advertencia: falla crítica en los motores. Se requiere aterrizaje de emergencia en el planeta habitable más cercano."

Odlas se lanzó sobre la consola para revisar el mapa estelar, pero no había mundos oxigenados cerca. Excepto uno.

- Busca otro planeta. - Exigió al sistema, apretando los puños.

"Imposible. El daño en los propulsores impide viajes prolongados. La Tierra se encuentra a una semana de distancia; las demás opciones, a más de un mes."

- Maldita sea. - Gruñó. Me miró por encima del hombro, derrotado. - Bien. Traza rumbo a la Tierra. - Aceptó a regañadientes. Al menos la Tierra era un planeta masivo, lo que significaba que no teníamos por qué aterrizar cerca de... De el. Una semana después, envueltos en vibraciones y alarmas, atravesamos la atmósfera terrestre. El sector más óptimo para un impacto controlado era la franja desértica entre México y Estados Unidos. Odlas intentó reparar la nave apenas tocamos suelo, pero carecíamos de los componentes básicos. - Tendremos que ir a México.

Desplegó el vehículo subterráneo y navegamos bajo la arena hasta emerger en una playa solitaria. Ocultamos la máquina bajo un escudo de camuflaje y salimos a buscar suministros, pero las materias primas del entorno eran demasiado primitivas para la nave. La única opción era adentrarnos a pie en la ciudad.

Odlas consiguió ropa local para pasar desapercibidos: un pantalón holgado y una camisa de lino para él, y un vestido liviano de playa para mí. Nos veíamos como cualquier par de turistas.

- Mis ojos. - Le recordé en voz baja. Sacó unos lentes de sol del bolsillo y me los entregó. Lo noté rígido; llevaba guantes en pleno calor tropical y sus manos debían estar sudando.

- Quítatelos.

- No puedo.

- Oye, con este calor sofocante no podemos ir tomados de la mano.

- Dije que no -zanjó, apretando mi agarre-. Deja de insistir.

..

Odlas busca una fábrica de materiales, pero saquearla a plena luz del día no es la opción más astuta; no nos queda más que esperar a que caiga la noche. Lo extraño es que este lugar no parece dormir jamás. Los puestos de comida envuelven la cuadra entera con un vapor denso y aromas especiados.

- ¿Estos humanos nunca descansan?

- Lo hacen de madrugada -responde él. - ¿Quieres comer algo?

- ¿Desde cuándo un príncipe destructor come en la calle?

- No se lo digas a mis padres -sugiere mientras tomamos asiento en una mesa metálica algo inestable.

- ¿No deberíamos ir a la caja a ordenar?

- Estamos en México. - Murmura Odlas. - Aquí la gente se desvive por servirte.

Apenas termina de hablar, una chica se nos acerca luciendo una sonrisa cálida y familiar.

- Buenas noches, bienvenidos. -Nos saluda al tiempo que desliza el menú sobre la mesa.

Aquel gesto de cortesía refinada solo lo había visto en los restaurantes de manteles largos a los que solía ir con Alaric, jamás en los puestos ambulantes donde comía con mis amigos.




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