Ruc.
Odlas está completamente fuera de control. La habitación que nos asignó Nicolás se ha convertido en un caos absoluto, pero soy incapaz de hacer que se detenga. No me escucha; ni siquiera me mira.
Apago la mente y simplemente huyo. Corro sin rumbo ni aliento, ignorando el dolor punzante en mis pies hasta que el chillido de un auto que casi me embiste me devuelve a la realidad. El asfalto me quema la piel; tengo la planta de los pies destrozada, al borde del sangrado.
- Ruc. - La voz de Alaric interrumpe el pánico. - Ruc, estás aquí. - Sus manos buscan mi rostro y me toca con una familiaridad que me paraliza. No tiene sentido. Él no debería saber quién soy. - Te recuerdo. - Añade. - Le aparto las manos de un golpe, confundida. - Lamento todo lo que hice en el pasado. -Continúa él, sin apartar la mirada.- Pero nada de eso volverá a repetirse. Ahora tengo el poder. Puedo protegerte... podemos estar juntos.
- No podemos, Alaric. Él proviene de un mundo devorador de planetas. Si me quedo a tu lado, destruirá todo lo que conoces.
- ¿Por qué esta obsesión contigo? ¿Por qué tú?
- Dice que soy su pareja. Y en siete años no ha cambiado de parecer.
- ¿Llevan siete años casados? -inquiere, con un deje de amargura.
- No es lo que piensas. - Aclaro de inmediato. - Ni siquiera puede tocarme; su piel es venenosa. Jamás hemos... No es posible.
- ¿Te ha besado?
- No.
- ¿Pero te abraza?
- Solo si llevo ropa encima.
- Lo odio. - Sentencia Alaric, apretando los puños. - Te apartó de mí durante siete años, pero no va a repetirse. Te llevaré a un lugar seguro.
- No puedo ir contigo.
- Tienes que hacerlo. Confía en mí, Ruc. Encontraré la forma de protegerte a ti y a este planeta.
Odlas.
A veces pienso que devolverla a su planeta es la única decisión piadosa. Pero ¿qué le espera allá? Una existencia solitaria, sofocada en un empleo rutinario que jamás llenará su espíritu. Conmigo, al menos, ha recorrido las estrellas; he visto su sonrisa cobrar vida, la he visto ser feliz... y, aun así, nada parece suficiente. Continúa atrapada en esa maldita confusión. No me aferro a ella por mera necedad, sino por la certeza visceral de que es mi otra mitad.
Mi pareja... la misma que me abandonó tras perder el juicio.
Llevo horas buscándola y Nicolás tampoco la ha visto. La desesperación está a punto de orillarme a una estupidez de escala universal.
Solo he recurrido a esta habilidad una vez en la vida, para evitar que me decapitaran, pero hoy la forzaré para dar con ella. Ruego porque la distancia no rompa el vínculo. Mantener el dominio de dos cuerpos simultáneamente es una tortura cognitiva. Tomar control sobre la mente de Ruc no es una alternativa: la pureza de una especie tan bondadosa repele mi conciencia como el agua al aceite. Alaric, en cambio, alberga la dosis exacta de malicia para permitir el acceso. La paradoja me carcome: si tomo su forma y la trato con crueldad, su desilusión será inevitable; tal vez llegue a odiarlo... aunque ella es incapaz de odiar. Odio con toda mi alma que ni siquiera pueda odiar.
Despliego mi percepción en busca de señales cercanas, pero la mente de ese imbécil no aparece. Amplío el rango unos kilómetros más hasta captar un leve pulso. Avanzo a ciegas unos metros y por fin lo localizo. Irrumpo en su cabeza.
Acomodo mi cuerpo original sobre una silla; que permanezca inerte mientras tomo el control.
-¿Oye? ¿Estás bien? -escucho a mi alrededor.
Ruc sostiene mis mejillas. ¡Sus manos están sobre mis mejillas!
El instinto me traiciona y la aparto con un empujón brusco. Su queja al impactar contra el suelo me devuelve a la realidad. Maldita sea. Olvidé por un segundo que habito el cuerpo de un humano y que este espécimen carece de piel tóxica.
-Lo siento. - Susurro, extendiéndole la mano para ayudarla a reincorporarse.
Al entrelazar los dedos, la revelación me sacude: nuestras pieles se rozan y no hay dolor, no hay veneno. Percibo su calor de forma directa; puedo tocarla sin destruirla. Un júbilo desconocido me inunda. - ¿Estás bien? - Le pregunto.
-Sí -murmura. Sus ojos me devuelven la mirada con esa tibieza que he anhelado durante años, envueltos en el mismo afecto que me quema por dentro.- ¿Aún te duelen las costillas?
- No. Fue una patada insignificante. -Si le hubiera aplicado la fuerza real de mi cuerpo, lo habría desintegrado.
- ¿Insignificante? Odlas es un monstruo impulsivo.
- No soy un... -Trago saliva justo a tiempo para no arruinar el espejismo. - No creo que sea tan salvaje. - Me entrego a la fascinación de moldear las facciones de su rostro con mis dedos; a la dicha de sostenerla cerca. Me inclino lentamente hasta que el aliento se frena y mis labios rozan los suyos. Sé perfectamente que utilizo la carne de otro, pero la voluptuosidad del beso me pertenece por entero. La devoro con la sed acumulada desde el primer día. - Jamás imaginé que besar fuera un deleite tan absoluto...
Un rubor encendido le cubre las mejillas. La reclamo por segunda vez, hundiéndome en una espiral donde pierdo la noción del tiempo y la cuenta de los besos. En cuestión de minutos le entrego todos los besos que la biología me negó durante siete años.
- Oye... me van a doler los labios.- Protesta con una sonrisa tímida.
- Lo siento, es que no quiero parar. - Admito, acariciando su contorno. - Me fascinas. No me imagino cómo vivire sin esto.
El tacto de su piel, el sabor dulzón de su boca... la tentación es absoluta. - Te amo tanto. - Confieso desde el fondo de mi alma.
- Yo también, Alaric.
La mención de ese nombre cae sobre mí como un hachazo. La ilusión se rompe en pedazos. No soy yo a quien ama; no soy más que un parásito atascado en la carcasa de un humano repugnante. Hago un esfuerzo por orientarme y calculo la trayectoria: mi verdadero cuerpo yace inerte, a una hora de distancia.
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Editado: 17.08.2026