Odlas.
El mero pensamiento me helaba la sangre. No quería perder esto. Tenía la opción cobarde y tentadora de irme ahora mismo, esconder mi verdadero cuerpo en las profundidades de la nave y regalarme una mentira. Unos cuantos días con ella. Unos días siendo amado bajo esta piel ajena, sin el miedo constante de destruirla con el más mínimo roce de mi forma real.
- Tengo que hacer algo. Vuelvo en unas horas. - Le dije, inclinándome para rozar sus labios con una suavidad calculada. - Te amo. Te amo muchísimo.
Su sonrisa brotó despacio, iluminándolo todo. Valió cada segundo de engaño. Solo serían unos días.
Acondicionar todo me tomó más de siete horas extenuantes. Cuando por fin regresé, los sirvientes humanos iban y venían apresurados, ultimando los detalles de un banquete ostentoso. Parecía que Alaric estaba desesperado por impresionar a mi esposa.
A lo lejos vi a Ruc. Vestía un traje confeccionado en la misma tonalidad exacta de los ojos de ella. ¿Acaso pretendía casarse con ella? Imbécil.
- Te ves in... increíble. - Solté, recurriendo a la palabra torpe que solían usar los humanos.
- Gracias. - Respondió ella, recorriéndome con la mirada. -Tú te ves... un poco sucio. ¿Dónde estabas?
- Por ahí. Haciendo cosas de... de humanos. Ja, ja, ja.
La risa me salió forzada, pero logró sacarle una pequeña sonrisa.
- Nunca te había escuchado reír así. - Murmuró, observándome con curiosidad. - Es graciosa.
La amo. La amo tanto que quema. Me acerqué para volver a besar sus labios, pero en cuanto el contacto se consolidó, percibí una vibración sutil: su cuerpo entero estaba temblando.
- ¿Te pasa algo? - Pregunté, deteniéndome.
- Tengo miedo. - Confesó, y la voz se le quebró en un hilo frágil.
- ¿Miedo de qué?
- Él me va a encontrar. Tiene recursos ilimitados y...
- Shh. Tranquila. - La interrumpí, ahogando su pánico con un tono de falsa seguridad. - Él no vendrá. Dejé a Nicolás vigilando cada uno de sus movimientos; lo va a desviar hacia Estados Unidos. Tenemos al menos siete días de tranquilidad. Después... después ya veremos qué hacer.
Antes de que pudiera añadir algo más, su calor me envolvió. Ella tomó la iniciativa y me abrazó con fuerza. Fue una sensación hermosa, pero devastadora.
- Te extrañaba mucho. - Susurró contra mi pecho, apretándose a mí. - Todos los días.
Aquellas palabras se clavaron como espinas. Dolió escucharlo. Dolió profundamente saber que el único causante de todo su sufrimiento era la misma criatura que ahora la sostenía en brazos.
- Ya estamos juntos. - Le respondí, aferrándome a ella como un náufrago. - Vamos a disfrutarlo.
..
Ruc.
Alaric es muy atento. Con delicadeza, me quitó los zapatos y luego deslizó el vestido por mis hombros. Sé que no debería sentir pudor ante mi eterno, pero la intensidad de su mirada me abrasó hasta las pestañas, haciéndome arder de la vergüenza.
Eligió para mí un camisón ridículamente corto y sin mangas. Jamás he llevado algo así frente a Odlas; él siempre ha preferido cubrir cada centímetro de mi piel. ¿Por qué tiene que colarse en mis pensamientos justamente ahora? Necesito arrancarlo de mi mente. Él no está aquí.
-¿Me... me queda bien? -pregunté rompiendo el aire.
En realidad, mi apariencia jamás ha sido una preocupación real para mí, ni tampoco lo es ahora. Era solo la desesperación por pronunciar algo, cualquier cosa que disipara los nervios que me atenazaban el pecho.
-Te ves inefable. - Susurró.
Esa palabra jamás saldría del vocabulario habitual de Alaric. Pertenece más bien a...
- La aprendí esta mañana. - Añadió suavemente. - Su definición describe exactamente lo que siento al mirarte.
- Gracias. - Murmuré, buscando un respiro.
¿En qué me estoy metiendo? Calma, respira. Fui la primera en meterme entre las sábanas. Alaric no tardó más que un segundo en acompañarme, deslizando su brazo por debajo de mi cabeza para acercarme a él. Con la yema de sus dedos acarició mis labios, haciendo un trazo lento antes de inclinar su rostro y presionar sus labios contra los míos. Un vuelco eléctrico de mariposas me sacudió el estómago. Me gusta esto. Me gusta la calidez de estar entre sus brazos, poderme dormir sobre su pecho y sentir el pulso constante de su corazón.
- Buenas noches, dami... ¿Morita?
- Buenas noches, Alaric -respondí entre sueños.
Pero justo antes de cerrar los ojos, una extraña punzada me erizó la nuca. Su perfume... olía diferente.
Alaric ya no parece Alaric. Aunque, claro... estuvimos separados siete años. Es probable que sus gustos, sus gestos e incluso su forma de besar hayan cambiado con el tiempo.
Aun así, esta noche todo en él se siente demasiado intenso. Me toca con una audacia y una urgencia que jamás había demostrado antes.
- ¿Podemos? -susurra cerca de mi piel.
- No lo sé...
- ¿Acaso no quieres hacerlo conmigo?
- Estoy casada. - Murmuro, buscando una ancla a la realidad.
- Pero no lo quieres a él.
- Lo siento, no puedo.
Una ola helada de culpa me golpea de lleno. Es verdad que no amo a mi esposo, pero esto no está bien. No puedo permitir que Alaric reclame mi cuerpo estando atada legal y espiritualmente a otro hombre.
- ¿Acaso lo quieres? - Insiste, con una presión que empieza a sofocarme.
- No. No es eso...
- ¿Y qué es entonces?
- ¡¿Qué haces en mi cama?!
La voz de Odlas retumba desde el marco de la puerta, cortando el aire como un látigo. Doy un salto fuera de la cama, con el corazón martilleándome el pecho.
- Esto no es... - Intento articular, buscando una excusa entre la confusión.
- ¿Cómo te atreves a quitarme mi cuerpo? - Ruge Odlas.
Mis ideas se congelan. No entiendo nada. Miro a Alaric buscando una explicación, pero él no parece sorprendido ni asustado. En su rostro solo hay una sonrisa soberbia, fría y manipuladora.
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Editado: 17.08.2026