Plasmando el arte

capitulo 2

Capítulo 2: Cenizas de un Sueño

—Solo quiero respirar tranquilo.

Ese era el único deseo de Lían. Cuando terminaba de pintar, guardaba con meticuloso cuidado cada uno de sus cuadros. Regresaba a casa antes de que anocheciera y escondía sus obras en la cochera, detrás de unas cajas viejas y polvorientas. Sabía que el arte era un pecado en su hogar y rezaba para que sus padres nunca las encontraran.

Sin embargo, cruzar el umbral de su casa significaba romper la magia. Casi siempre lo recibían los mismos sonidos desgarradores: los gritos furiosos de su padre y el silencio sumiso y cómplice de su madre. Lían se limitaba a observar en silencio. No era indiferencia; era el amargo conocimiento de que cualquier intervención de su parte solo empeoraría las cosas. Además, tenía que soportar el eco de las palabras que su padre le infligía a su hermano mayor:

—Lían es un inútil, igual que su madre. Nunca logrará nada como tú.

Su hermano se quedaba callado, aceptando el elogio envenenado. Lían bajaba la mirada y pensaba: "Quizás tiene razón... o tal vez...". Pero el miedo nunca le permitía terminar esa frase.

Semanas más tarde, el frágil escondite cedió. Su padre encontró los cuadros ocultos en la cochera. Lleno de una furia irracional, los tomó todos y subió a grandes zancadas las escaleras hacia la habitación de Lían.

—¿Qué es toda esta basura? —gritó, irrumpiendo violentamente.

Antes de que el chico pudiera articular una sola palabra de defensa, el hombre arrojó los lienzos al suelo y comenzó a pisotearlos con saña.

—¡Malditas porquerías! —decía mientras los rompía con las manos—. Yo no crié a un hijo para que pinte cuadritos como si fuera una marica.

El crujido de la madera y el desgarro de la tela llenaron la habitación. Para Lían, cada fibra rota era un pedazo de su propia alma. Apretó los puños con fuerza, sintiendo cómo una mezcla tóxica de rabia y profunda tristeza lo inundaba. De pronto, su padre lo tomó de la nuca con brusquedad y lo empujó contra el suelo, justo sobre los restos de sus cuadros destrozados.

Lían cayó mal, raspándose el brazo contra la madera astillada. El ardor físico de la herida comenzó a sangrar, pero dolió mucho menos que el desprecio.

—Ni se te ocurra llorar —sentenció su padre con una frialdad cortante—, o demostrarás que sí lo eres.



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En el texto hay: superacion, aventura

Editado: 02.06.2026

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