Capítulo 3: La Decisión del Exilio
En ese momento de humillación, la silueta de su madre apareció en el umbral de la puerta.
—Hijo... ¿estás bien? ¿Qué está pasando aquí? —preguntó con una voz cargada de nerviosismo.
—Tu hijo es una marica que pinta cuadritos como una vieja —respondió el padre de inmediato, escupiendo las palabras con desdén.
Lían mantuvo la mirada baja, incapaz de ver el rostro de sus verdugos. Su madre se acercó y tomó su brazo herido, pero al ver la expresión severa de su esposo, lo soltó lentamente. Se levantó y pronunció las palabras que se clavarían en el pecho de Lían de forma permanente:
—¿Por qué no puedes ser como tu hermano?
Esas palabras dolieron más que cualquier golpe físico. Sintió un crujido interno, una ruptura definitiva en su pecho. La decepción en la mirada de su madre fue el detonante final; ya no quedaba nada para él en ese lugar.
Su padre se acercó una vez más, reforzando la sentencia:
—Eres un inútil, Lían. No sirves para nada.
El silencio volvió a llenar la habitación. Lían se levantó lentamente, ignorando el dolor del brazo herido y con el corazón completamente destrozado.
—Voy a salir... —dijo en un hilo de voz casi inaudible.
Su madre no respondió. Su padre solo soltó una risa amarga y burlona.
—No te preocupes... no te voy a extrañar.
Lían dio la vuelta y salió de la casa sin mirar atrás. Caminó durante horas sin rumbo fijo, con la mente nublada por pensamientos que era incapaz de ordenar. Sus pies, guiados por el instinto, lo llevaron finalmente al cerro donde siempre pintaba. Se sentó en el suelo y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que las lágrimas fluyeran sin restricciones. Lloró con desconsuelo hasta que el cielo comenzó a oscurecerse.
Cuando levantó la mirada, el atardecer estaba frente a él. Era tan hermoso como siempre, con colores tan cálidos que parecían abrazar su dolor. En ese instante, una certeza lo iluminó: tal vez había perdido su hogar y sus cuadros, pero aún tenía algo que nadie en el mundo podría quitarle jamás: su arte y su forma de ver el mundo.
Se quedó allí, estático, hasta que la noche cubrió por completo el cerro. Cansado y temblando de frío, caminó hacia el bosque cercano y se sentó bajo el cobijo de un gran árbol.