PlatÓnico: Encrucijada

CAPÍTULO 16

Omer había trabajado por años la virtud de la paciencia. De su mente no se borraban las imágenes de su familia asesinada. Sus padres fueron excelentes personas, gente de trabajo duro y lucha constante. Su hermanita tenía 15 años y era el ser más inocente del mundo, encadenada a una enfermedad renal que le impedía llevar una vida normal. El mismo había sido un joven honesto lleno de sueños que no ambicionaba más que lo que pudiera lograr por mérito propio; su error fue dejarse enredar por esa mujer y le había costado caro. Ese chico murió junto con su familia dando paso a un hombre lleno de odio y resentimiento. No podía perdonar ni olvidar. El que Alejandro estuviera cuadripléjico no era suficiente castigo. Podría matarlos a él y a Efe en el momento que quisiera pero sólo les haría un favor, además no merecían que manchara sus manos de sangre. Tenía que vengarse, verlos suplicarle por un poco de clemencia, solo así su familia podría descansar en paz y él sería feliz al fin. El que se Efe se hubiera aprovechado de Nora le nublaba la razón. Debía hacer que ella lo detestara para que regresara con él. El bebé crecería como hijo suyo y despreciaría a su padre. Usaría todas sus armas.

 

 

–Señora, un hombre llamado Omer la busca.

Isabel estuvo a punto de derramar la copa de vino sobre el fino sillón de la sala cuando la mujer de servicio anunció al visitante.

–Condúcelo al estudio –ordenó.

Omer entró y puso seguro a la puerta. Sin decir palabra la besó apasionadamente. Isabel quiso detenerlo pero él no lo permitió.

–Estás más hermosa que nunca, te extrañé, te deseo como loco.

La despojó poco a poco de su ropa y ella se dejó llevar.

– ¿Por qué regresaste de improviso? –preguntó Isabel cuando terminaron y se vistieron.

–He estado al tanto de cada movimiento hecho por tu esposo. Sé que ya no hay peligro. Estoy aquí por ti, he padecido nuestra separación desde el día que me marché. Quizá para ti fue un juego pero yo me enamoré, nunca olvidé tus besos y caricias así como tu gran belleza.

Isabel se sintió halagada, no había tenido otro amante y con su esposo postrado en una cama se había olvidado de cómo era ser amada por alguien. Omer y ella no se habían comunicado en esos años. Sabía que la gente de Alejandro la vigilaba de cerca y seguiría cualquier pista para dar con él. Más adelante, cuando Efe tomó el caso en sus manos, tuvo temor de que se enterara que el problema lo había originado su amorío, no soportaría que su imagen cayera ante él. Luego se tranquilizó pensando que sólo lo sabían Alejandro, Omer y ella pues su esposo había guardado el secreto.

–Lamento lo que Alejandro hizo a tu familia y te pido perdón por ello, ojalá hubiera podido evitarlo. Él dio la orden antes de perder el conocimiento –dijo tocando su hombro y buscando sus ojos.

–Ni siquiera lo recordaba –respondió Omer–. Lo superé hace mucho. Todo lo que me importa eres tú.

–En ese caso podemos retomar nuestra relación, eso me haría muy feliz. –La mujer le dio un largo beso.

– ¿Puedo quedarme aquí cuando te visite? Desearía no marcharme jamás de tu lado pero tengo asuntos importantes en otra ciudad así que espero venir por lo menos dos días a la semana. Me he privado de tus besos por mucho tiempo así que ya no estoy dispuesto a vivir sin ellos.

Isabel aceptó encantada.

–Llévame a ver a Alejandro –pidió él.

Isabel lo condujo a una amplia habitación que parecía cuarto de hospital por la cantidad de aparatos que tenía.

–Déjanos solos –pidió a la enfermera en turno.

Alejandro estaba perfectamente consciente.

– ¿Quién es? –preguntó a Isabel al ver al hombre al lado de su cama.

Omer se acercó hasta estar cerca de su cara.

– ¿Tan rápido te olvidaste de mí? –Dijo de forma burlona–. Fui amante de Isabel por dos años y estoy aquí para tomar lo que me pertenece.

– ¡Llama a Efe! –exclamó Alejandro con angustia.

–Sabes bien que Efe se rebeló y no seguirá más tus órdenes –contestó ella. Omer besó y realizó caricias vulgares a Isabel frente a su esposo. Éste gritó con todas sus fuerzas pero nadie acudió a ayudarlo. Finalmente cerró los ojos cansado y se quedó callado mientras las lágrimas rodaban por su cara.

 

 

Omer tocó el timbre en la casita de Nora y ésta abrió con Sükri en brazos. Lo hizo pasar a la sala y él colocó en la mesa de centro unas bolsas de regalo.

–Ábrelas, les encantarán.   

Al ver que Nora permanecía sentada las abrió él mismo. Había varios juguetes de colores vivos para llamar la atención de cualquier bebé, además accesorios de belleza para Nora. Sin pedir permiso, el hombre tomó a Sükri de la carriola y puso frente a él un carrusel que tocaba una musiquita pegajosa; el nene sonrió contento. Luego envolvió a Nora en una conversación por casi una hora.

–Vamos, te invitó a dar una vuelta en auto para dormir al niño.

Ella aceptó porque se sentía comprometida por tantas atenciones.




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