¿ Podemos elegir otro papá ?

~11~

Frederick se acomodó en la silla junto a la cama de Rebecca una vez que la enfermera se marchó. El cuarto quedó en silencio.

Todavía no lograba entender en qué momento había pasado de estar a punto de darle el primer mordisco a su hamburguesa a una habitación de hospital.

Cuando los gritos atravesaron el bar con la frase fuerte, clara y absolutamente aterradora: “¡Una ambulancia, Rebecca está mal!”. Frederick había estado a medio segundo de atragantarse.

Por suerte, había sido otro susto. Aunque uno ligeramente más grave que el anterior, porque en la caída se había golpeado la cabeza. Por eso estaban esperando los resultados del estudio.

—Quiero irme —dijo Rebecca, con un tono que no admitía réplicas… salvo que él sí iba a replicar.

Frederick le sonrió con paciencia. Con mucha paciencia.

—Creo que entiendes bien que lo que pasó fue peligroso.

—Estoy bien.

—Te golpeaste la cabeza.

—Apenas me duele.

—Probablemente porque tu compañera amortiguó bastante la caída —le recordó—, pero eso no quita que te hayas golpeado la cabeza.

—Frederick…

—Mira —la interrumpió con suavidad—, me pediste que guardara tu secreto y lo haré. Siempre y cuando hagas todos tus chequeos. La salud no es un juego.

Rebecca rodó los ojos.

—Bien, actúa como adolescente —agregó Frederick, cruzándose de brazos.

—No actúo como adolescente. Actúo como una mamá que tiene que ir a buscar a sus hijos.

—Llama a tu padre —sugirió—. Avísale que estás bien, que fue solo un ligero malestar y que irás apenas terminen de revisarte.

—Se va a preocupar —negó ella de inmediato—. No puedo preocuparlo. Hace un año su salud no estaba muy bien.

Frederick alzó los brazos, incapaz de evitarlo.

—Rebecca, tu salud no está bien ahora. ¿No te das cuenta de que si sigues acumulando estrés vas a explotar?

—No puedo permitirme explotar. Tengo dos hijos.

—Sí —respondió, bajando un poco la voz—, y aunque eres una mamá increíble, eso no te vuelve inmune a enfermarte. Los proteges cuidando tu salud, no agotándote hasta colapsar. Porque dime, ¿crees que el idiota de su padre hará algo por ellos si te mueres?

Las palabras fueron demasiado directas. Frederick lo supo apenas las dijo.

Rebecca tragó en seco. Sus labios se fruncieron, no para manipularlo ni para pedirle nada, sino para contener el llanto. Frederick se sintió inmediatamente como un bruto sin tacto, así que se levantó de la silla y se sentó a un costado de la cama. Con cuidado, le secó las lágrimas que empezaron a escapársele.

—Lo siento —dijo en voz baja—. Perdón.

Rebecca sorbió por la nariz.

—Tienes razón.

—Sí, lo sé —respondió rápido, buscando aliviar el momento—. Generalmente la tengo.

Ella soltó una risa breve, y Frederick lo agradeció internamente.

—Pero fui un bruto —añadió—. Y lo siento. De verdad. Me duele que estés pasando por esto.

Rebecca suspiró, mirando al techo.

—¿Crees en el karma? No recuerdo haber hecho algo excesivamente malo, pero quizá el universo sumó lo pequeñito.

Frederick sonrió.

—¿Tú? ¿Haciendo algo malo? No lo creo.

—Cuando tenía nueve años, una niña me rompió mis lápices de colores —confesó—. Entonces le di una paliza.

Frederick abrió la boca, sorprendido. La imagen mental de una mini Rebecca vengativa no encajaba en absoluto.

—No estoy orgullosa —se apresuró a aclarar—, pero no iban a poder comprarme lápices nuevos. Y mamá estaba enferma…

—Rebecca —negó él—, me niego a creer que el universo esté castigándote por defenderte de una abusiva.

Ella sonrió apenas.

—¿Qué pasó en el baño? —preguntó—. ¿Te sentiste mal de repente o el padre del año hizo una aparición?

—La segunda opción —resopló—. Ian me llamó.

Frederick apretó la mandíbula.

—Te juro que iba a decirle unas cuantas cosas, pero me colgó —continuó—. Siempre hace lo mismo. Después llega un mensaje del estilo “cuando estés más tranquila hablamos” o “cuando se te pase el mal humor, continuamos la charla”.

—¿Y qué te dijo esta vez?

—Su madre nos vio esta mañana —explicó—. Ahora cree que manipulé a Harry para que no quiera verlo y así pasar más tiempo contigo. Porque, al parecer, soy una mujer terrible que te estaba coqueteando.

Frederick arqueó una ceja.

—¿Me estabas coqueteando? ¿En qué momento?

—No lo sé. Habría que preguntarle a su madre —gruñó.

—Vieja arpía —murmuró Frederick—. ¿No hay nadie decente en esa familia?

—No lo creo —admitió ella, con un suspiro—. Cuando Harry nació, su hermana le preguntó a Ian si estaba seguro de que era suyo. Obviamente delante de mí. Yo todavía estaba en la cama del hospital… acababa de dar a luz.




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