¿ Podemos elegir otro papá ?

~13~

Finalmente Rebecca había hecho un cambio radical en su vida. O al menos así lo sentía ella, aunque, siendo honesta consigo misma, lo único verdaderamente radical era que ahora podía dormir más de cuatro horas seguidas. Había renunciado al bar, sí, y eso todavía le producía una mezcla extraña de alivio y culpa. Le había dado pena, claro. El bar había sido durante tres meses su salvavidas económico, pero también el principal culpable de su agotamiento crónico.

Al museo había regresado tres días más tarde, lo que significaba que esa semana solo trabajaría dos días. Su jefe, sorprendentemente empático, le había pedido que le avisara de inmediato si se sentía mal. Rebecca no sabía si aquello era genuina preocupación o si simplemente no quería que una guía se desmayara en medio de una explicación apasionada sobre arte renacentista frente a un grupo de turistas. En cualquier caso, agradecía la consideración. Definitivamente, una ambulancia en la puerta del museo no sería buena publicidad.

Sin embargo, el día pasó sin incidentes. Y eso, en su vida reciente, ya era una victoria. De hecho, fue el comienzo oficial de su nueva etapa: menos preocupaciones, menos carreras contra el reloj y más espacio para respirar.

Esa misma tarde había logrado coordinar el traslado de los pocos muebles que tenía desde su antiguo departamento hasta la casa de su padre. Verlos salir por la puerta fue extraño, como despedirse de una versión pasada de sí misma que había hecho lo que pudo con lo que tenía. Luego cargó cajas con ropa, vajilla y algunos libros en el auto de Samuel, quien parecía disfrutar excesivamente de su papel de chofer y supervisor general de mudanza. Y así, sin ceremonias, llegaron al nuevo departamento.

Para su sorpresa (y alivio) Harry no se lo tomó mal. De hecho, lo había aceptado con una naturalidad que la dejó descolocada. En su mente infantil, ella estaba pagando para vivir allí, no aceptando ayuda, y eso hacía toda la diferencia del mundo. Además, ya conocía el lugar. Había ido varias veces a visitar a Eleanor, así que no sentía que lo estuvieran arrancando de su territorio para lanzarlo a lo desconocido.

Después de una explicación detallada por parte de Samuel sobre el funcionamiento de la ducha (agua caliente a la izquierda, fría a la derecha) y un breve informe sobre los vecinos del piso, que al parecer eran todos “normales y simpáticos”, se marchó, dejándola instalarse. Se había ofrecido a ayudar, pero Rebecca rechazó la propuesta. Había algo extrañamente terapéutico en doblar ropa con música de fondo mientras los niños dormían una pequeña siesta. Venían de una mañana intensa en casa de Brooke, así que habían caído rendidos.

Para la noche, cuando casi toda la ropa estaba en su lugar, los platos guardados y los pocos adornos estratégicamente distribuidos para que el departamento pareciera habitado, bañó a Chloe, supervisó a Harry y luego los dejó sentados en la sala para darse una ducha rápida. No tardó más de cinco minutos. Aunque la casa era conocida, era más grande que la anterior y no escuchaba con claridad lo que hacían sus hijos. No quería tentar al destino. La experiencia le había enseñado que el silencio infantil prolongado era siempre sospechoso.

Cuando salió del baño, con el cabello húmedo y descalza, se encontró con una escena tranquilizadora. Harry, una vez más, demostraba ser un hermano mayor impecable. Chloe estaba sentada a su lado, concentrada, con un lápiz azul en la mano y una hoja frente a ella.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Rebecca.

—Le enseño a Chloe a pintar sin salirse de las líneas —explicó Harry con absoluta seriedad.

—¿Y cómo va? —preguntó ella, acercándose.

—Muy mal —respondió él, sereno, sin rastro de dramatismo.

—¡Mal! —repitió Chloe, encantada, levantando el lápiz y soltando una carcajada.

—Ya va a aprender —añadió Harry con paciencia—. Todavía está chiquita.

—Soy chiquita —repitió Chloe, inflando el pecho con orgullo.

Rebecca rio. De pronto, la idea de no tener que trabajar por la noche le resultó maravillosa. Sí, sería menos dinero, pero ya no pagaba alquiler y, a cambio, tenía tiempo. Tiempo para cenar con sus hijos, para ver películas sin mirar el reloj, para leer cuentos sin bostezar de agotamiento. El intercambio le parecía justo.

Hasta que recordó un pequeño detalle.

No tenía absolutamente nada para cocinar.

Revisó mentalmente las cajas que había traído: algunas tazas, platos, arroz, una lata de algo indefinido y poco más. Ir a la tienda a esa hora no era opción. Bueno, tocaría improvisar. La improvisación, después de todo, era una de sus habilidades más desarrolladas.

Justo entonces, el timbre sonó.

Rebecca tardó un segundo en procesar que ese era su nuevo timbre. Parpadeó, desconcertada, como si el sonido no le perteneciera todavía. Luego caminó hacia la entrada y levantó el teléfono del portero.

—¿Sí? —dijo con cautela.

—Buenas noches —dijo una voz masculina, tranquila y peligrosamente encantadora—. Pensé que te divertiría estrenar el nuevo hogar con comida deliciosa y un vino de los mejores.

Rebecca frunció el ceño, como si el gesto pudiera ayudarla a ordenar sus pensamientos.

—¿Frederick? —preguntó, sorprendida.




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