¿ Podemos elegir otro papá ?

~14~

Rebecca no había logrado quedarse en la sala relajándose. Aunque esa había sido la idea original, la realidad era que Chloe tenía una regla no escrita pero inquebrantable: si Frederick estaba en una habitación, ella también debía estarlo. Y, siendo completamente honesta consigo misma, descubrió que a ella le pasaba exactamente lo mismo.

Así que terminó apoyada en la encimera de la cocina, observándolo como si fuera un espectáculo privado. Frederick se movía con naturalidad entre los utensilios, como si no estuviera en una cocina ajena sino en la suya de toda la vida. Para empezar, había decidido hacer la masa desde cero, algo que a Rebecca le pareció casi una demostración innecesaria de talento.

Ella había bautizado el plato como mini tartas, porque no quería pasar vergüenza intentando pronunciar el nombre en portugués.

Luego vino la parte que realmente le apretó algo en el pecho: Frederick había ubicado a Harry a su lado y le había enseñado a desmenuzar el pollo. No con prisas, no con instrucciones secas, sino con paciencia. Le explicaba cómo hacerlo mejor, lo corregía con suavidad y celebraba cada avance como si fuera un logro monumental. Harry estaba radiante. Se le notaba en la postura, en la sonrisa, en ese brillo especial en los ojos que Rebecca conocía bien y que aparecía cuando su hijo se sentía importante.

Cuando terminaron el relleno, comenzaron a colocarlo dentro de la masa con concentración, hasta que estuvieron listas y Frederick pudo llevarlas al horno. Rebecca creyó que ahí acabaría su contribución, pero no. Como si todavía le quedara energía de sobra, lavó absolutamente todo lo que habían usado y dejó la cocina impecable.

—Bueno, ahora solo queda esperar —anunció con una sonrisa satisfecha.

—Hambre, papá —protestó Chloe desde su lugar en la encimera, frunciendo el ceño y tocándose la barriga con dramatismo.

—¿Tienes hambre, osito? —preguntó él, inclinándose hacia ella.

Chloe asintió con firmeza, como si aquello fuera un asunto de extrema gravedad.

—Quedó un poco de relleno. ¿Puedo dárselo? —consultó Frederick, mirando a Rebecca.

—Sí, claro —respondió ella sin dudar.

—Entonces vamos a la mesa. Le serviré un poco mientras esperamos.

Rebecca obedeció sin objetar. Por primera vez en mucho tiempo, estaba disfrutando de no hacer absolutamente nada. No tomar decisiones, no calcular tiempos, no pensar en lo que faltaba. Había alguien competente resolviéndolo todo sin generarle el más mínimo estrés, y eso le parecía casi milagroso.

Ya sentados los cuatro, Chloe decidió que las piernas de Rebecca eran su trono oficial. Sin embargo, comer con ayuda materna no entraba en sus planes. Ella quería que la alimentara Frederick, así que lo organizó todo a su manera hasta lograr que él se sentara frente a ellas. ¿Cómo era posible que una niña de dos años hiciera eso?

—Frederick —dijo Harry, tímido—, ¿te gustaría armar un rompecabezas conmigo mientras esperamos la comida?

—Claro que sí —respondió él con una sonrisa, sin dejar de concentrarse en darle de comer a Chloe.

Rebecca observó la escena con una sonrisa suave. ¿Cómo era posible que aquel hombre no hubiese salido corriendo al primer “papá” que había soltado Chloe? No solo no había huido, sino que parecía disfrutar genuinamente de estar ahí, rodeado de dos niños llenos de energía.

—Los rompecabezas están en una de las cajas sin ordenar —dijo Rebecca—. ¿Te ayudo?

—No, yo puedo —respondió Harry con calma.

Ella lo vio alejarse con un nudo inesperado en el pecho. ¿Cuándo había crecido tanto?

—¿Estás bien? —preguntó Frederick al notar su silencio.

—Sí —respondió ella—. Solo estaba pensando en qué momento Harry creció así, si parece que fue ayer cuando le enseñaba a caminar.

Frederick rio con ternura.

—Los niños crecen rápido. Lo veo con los hijos de mis amigos.

La pregunta se le escapó a Rebecca antes de poder detenerla.

—¿Te gustaría ser papá?

Él la miró un segundo, con una sonrisa traviesa, y luego volvió su atención a Chloe, que ya abría la boca reclamando más comida.

—¿Es una propuesta, Rebecca?

Ella soltó una carcajada que contagió a Chloe, aunque no entendiera nada y siguiera concentrada exclusivamente en el pollo.

—Hablo en serio —aclaró Rebecca.

—Yo también —respondió él, descarado—. Y sí, claro que me gustaría. Creo que se me daría bien.

—Yo también creo que se te daría bien —admitió ella y, bajando la voz, añadió—: ¿Sigue en pie lo del fin de semana?

—¿En Portugal?

—Sí.

—Por supuesto —dijo él, entusiasmado—. ¿Vas a aceptar?

—Eso quiero —sonrió Rebecca—, pero mañana necesito que Ian firme un permiso para… ya sabes, los niños y no quiero que debas planear todo de último momento.

—No importa —respondió Frederick sin perder la calma—. Mañana organizo todo. Tú arma la maleta y, si firma, nos vamos enseguida.




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